Crescencio Cobo: más de 60 años de la propaganda política al arte mural – Brigada Ramona Parra.

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Por Daniel Aguirre.

Desde su casa en Calera de Tango, Crescencio Cobo repasa más de medio siglo de historia muralista y militancia política. Su relato no parte en el arte como disciplina estética, sino en la propaganda callejera de los años 60, cuando las brigadas juveniles salían de noche a pintar consignas en los muros en medio de un clima de alta confrontación política, señala en exclusiva a elmaipo.cl

Antes incluso de la creación formal de la Brigada Ramona Parra (BRP), Cobo ya organizaba brigadas de propaganda en el sector oriente de Santiago. El objetivo era claro: disputar el espacio público a través de la pintura, en una época donde —según recuerda— los grandes medios estaban alineados con la derecha y el muro era el único canal directo con la ciudadanía.

La BRP nacería oficialmente bajo el alero de las Juventudes Comunistas, tomando el nombre de una joven militante asesinada en una manifestación. Desde entonces, se expandió rápidamente por todo el país, convirtiéndose en un fenómeno político y cultural que marcó la campaña de Salvador Allende y el periodo de la Unidad Popular.

Más política que arte

Para Cobo, hay una definición que no admite ambigüedades: la Brigada Ramona Parra es, ante todo, un movimiento político.

“Siempre ha sido un movimiento político, porque pertenece a un partido político y expresa la voz del pueblo”, afirma.

En su visión, el mural no es decoración ni búsqueda individual de reconocimiento, sino una herramienta de organización social. El rostro del trabajador, la casa, la salud, la justicia social: cada figura responde a una necesidad concreta.

Con el tiempo, la técnica evolucionó. Lo que comenzó como rayados rápidos —realizados en apenas cinco o diez minutos— fue incorporando colores planos intensos y el característico filete negro que delimita las figuras, influencia que el propio Cobo vincula con el muralismo latinoamericano, particularmente con David Alfaro Siqueiros.

Mural Crescencio Cobo.

Aun así, insiste en que el sello de la brigada es colectivo. “Aquí no hay fundadores individuales”, recalca. El reconocimiento —dice— pertenece a los cientos de jóvenes que pintaron de noche, que fueron detenidos, golpeados o perseguidos, y que hicieron del muro un espacio de disputa política.

Dictadura, resistencia y nuevos desafíos

Durante la dictadura, el trabajo muralista se volvió clandestino. Muchos murales fueron borrados, otros sobrevivieron. Las brigadas continuaron, aunque con menor visibilidad, adaptándose a un contexto de represión.

Con el paso de las décadas, el escenario cambió nuevamente. Las nuevas tecnologías permiten proyectar imágenes o imprimir diseños, pero Cobo mantiene el trabajo a mano alzada. Para él, cada trazador tiene una “huella digital” reconocible en la forma de sus letras.

Sin embargo, advierte que el mayor desafío actual no es técnico, sino político. A su juicio, los partidos se han distanciado de las bases sociales y las leyes han restringido la propaganda en espacios públicos. Además, observa que la comunicación digital ha generado mayor individualismo y menor organización territorial.

“El muro convoca”, sostiene. Recuerda experiencias en hospitales, poblaciones y en los Hornos de Lonquén, donde la comunidad participó activamente en la pintura y la memoria histórica.

El mensaje a las nuevas generaciones

Más que muralistas, Cobo habla de “brigadistas”. Su llamado final apunta a que las nuevas generaciones asuman la tarea de representar las necesidades del pueblo y organizarse desde los territorios.

“El arte va a estar siempre representando al pueblo y luchando por más justicia social”, concluye.

Para Crescencio Cobo, la historia de la Brigada Ramona Parra no es un capítulo cerrado. Es un proceso en movimiento, cuya memoria —asegura— aún tiene mucho por escribirse.

El Maipo.

Audiovisual: Carlos Palma.

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