(Londres) Expertos de todo el mundo centran sus exámenes económicos en los derivados de la caña de azúcar, en momentos de desafíos climáticos y logísticos.
Mientras el mundo debate el futuro de los alimentos y los combustibles, una industria centenaria sigue marcando el pulso del comercio agroindustrial: la de la caña de azúcar.
Con una producción anual que supera las mil 900 millones de toneladas, este cultivo tropical no solo endulza nuestras vidas, sino que se convierte en un pilar estratégico para decenas de países en desarrollo y economías emergentes.
Brasil e India continúan siendo los gigantes indiscutibles del sector. El primero consolida su liderazgo en la producción de etanol de caña, impulsado por la creciente demanda mundial de biocombustibles ante la transición energética.
En 2026, el país sudamericano exportará más de 30 millones de metros cúbicos de etanol, principalmente hacia China y la Unión Europea (UE).
India, por su parte, lucha por equilibrar su consumo interno de azúcar -el más alto del mundo- con subsidios a la exportación que generan tensiones en la Organización Mundial del Comercio (OMT).
Pero el abanico de derivados va mucho más allá del azúcar blanco y el etanol. El bagazo de caña se utiliza cada vez más para generar electricidad limpia en países como Tailandia y Colombia.
Además, el auge de los bioplásticos dispara la demanda de etanol para producir polietileno verde, una alternativa renovable al plástico fósil. Empresas como Braskem ya comercializan este material en Europa y Japón, con una proyección de crecimiento anual del 12 por ciento hasta 2030.
Sin embargo, el sector enfrenta vientos en contra. Fenómenos climáticos extremos -sequías prolongadas en el centro-sur de Brasil e inundaciones en el norte de la India- afectaron la zafra 2025-2026, reduciendo las previsiones de cosecha en cuatro por ciento a nivel mundial.
A esto se suma la crisis logística en el Canal de Panamá y el Mar Rojo, que encarece los fletes del azúcar crudo hacia los mercados de África y Medio Oriente.
Expertos señalan que, pese a los obstáculos, la diversificación de la caña de azúcar la hace menos vulnerable que en décadas pasadas.
Antes dependíamos casi exclusivamente del azúcar de mesa. Hoy, el bioetanol, la bioelectricidad y los bioplásticos ofrecen un colchón, explicó Marcela Ortíz, analista de la Organización Internacional del Azúcar (OIA).
A nivel comercial, los precios del azúcar blanco se mantienen estables en 0,22 dólares por libra, mientras que los futuros del etanol suben ocho por ciento en lo que va del año.
Países como Pakistán, México y Australia buscan ganar cuota de mercado mediante acuerdos bilaterales con naciones del Sudeste Asiático, donde el consumo de alimentos procesados crece sin freno.
En resumen, la caña de azúcar demuestra que su capacidad de reinventarse -del dulce al combustible, del plástico verde a la electricidad- la mantiene como un cultivo estratégico en un mundo que busca endulzar su desarrollo sin depender exclusivamente de los combustibles fósiles.
El próximo desafío: reducir la huella hídrica del cultivo y garantizar condiciones laborales justas en las plantaciones, sentencian los analistas.
El Maipo/PL




