Por Ana Cristina Alvarado
Desde marzo de 2026, Chile enfrenta un nuevo brote de influenza aviar de alta patogenicidad causado por el virus H5N1. Nueve regiones concentran los focos, detectados especialmente en el centro del país. Más de 700 000 aves domésticas y al menos 739 aves silvestres de ocho especies han muerto por esta agresiva y contagiosa enfermedad, de acuerdo con información oficial. A los especialistas les preocupa, principalmente, el impacto en el cisne coscoroba (Coscoroba coscoroba) y el cisne de cuello negro (Cygnus melanocorypha).
El hallazgo más grave hasta inicios de mayo ocurrió en el Lago Budi, en La Araucanía, donde se encontraron 128 cisnes de cuello negro muertos. “Si se producen más mortalidades, esto puede impactar en su conservación”, advierte Claudio Azat, director del Instituto One Health de la Universidad Andrés Bello.
También se han registrado mortalidades de cisnes en el Humedal de Río Cruces, en Valdivia, y en el Santuario de la Naturaleza Carlos Anwandter, cercano a esa misma ciudad, en la región de Los Ríos.

El Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) decretó emergencia sanitaria nacional por influenza aviar y a medida que ocurren los hallazgos declara zonas bajo control sanitario, de acuerdo con Carlos Orellana, jefe de la División de Protección Pecuaria del SAG.
La situación es distinta al brote que llegó a Chile a finales de 2022, explica Azat. Esa fue la primera vez que el virus, conocido desde 1996, arribó a Sudamérica.
Aves playeras que realizan migraciones de largas distancias desde el hemisferio norte podrían haber participado en el ingreso inicial del virus, de acuerdo con Yanina Poblete, directora del Centro de Modelamiento y Perspectiva One Health de la Universidad de las Américas. Entre estas están el zarapito (Numenius phaeopus) o especies de playeros como el Calidris alba y el Calidris canutus.

Se estima que entre 2022 y 2023, más de 100 000 aves y unos 20 000 mamíferos marinos murieron en el país. Esta vez, el escenario es diferente: varias especies de aves silvestres podrían contar con inmunidad y el brote no se produce durante el fenómeno de El Niño, un factor que causó mayor estrés en las aves marinas por una disminución del alimento en el océano. Sin embargo, modelos climáticos apuntan a la posible llegada de un evento intenso del el niño en 2026, un escenario de mayor riesgo para las aves.
El brote ahora sucede en un contexto de mayor preparación. Desde 2023, el SAG cuenta con un panel de influenza aviar disponible en línea para todo el público. La información se actualiza a diario e incluye datos de las regiones, especies y número de ejemplares afectados. La ciudadanía puede acceder a la información en tiempo real, tomar precauciones y notificar a las autoridades en caso de identificar mortandad de aves domésticas o silvestres.
La cepa y su comportamiento son distintos

Mientras en Chile hubo un silencio epidémico entre finales de 2023 e inicios de 2026, en Brasil, Argentina y Uruguay sí se dieron brotes en aves silvestres, dice Pedro Jiménez, docente de la Universidad Católica de Chile e investigador de la gripe aviar. “El virus se ha estado moviendo silenciosamente entre aves silvestres”, dice. Un cisne coscoroba pudo introducir una nueva cepa a Chile.
No es el mismo virus que llegó por primera vez a Sudamérica, pues, al igual que la influenza estacional humana, este virus muta con facilidad, dice Azat. La cepa que está circulando, hasta ahora es menos letal que la de 2023. No obstante, no deja de ser preocupante, dado que desde el primer registro en marzo se dispersó con rapidez.
El SAG hizo un secuenciamiento del genoma del virus y encontró, de manera preliminar, que se trata de una cepa diferente a la de 2022 y 2023. “Es un reordenamiento de cepas de alta patogenicidad que llegaron de Asia y de baja patogenicidad de origen sudamericano”, detalla Jiménez.

Además, tiene un comportamiento distinto. En 2022 y 2023, el brote fue en diciembre, en pleno verano, mientras que ahora se presentó en otoño. “Creemos que está asociado a ciertos factores climáticos que han propiciado la interacción de los tres segmentos de aves: silvestres, de traspatio y comerciales”, dice Orellana.
En el evento anterior, el caso cero fue en Arica, en la frontera con Perú. Desde el norte de Chile, el virus se diseminó hacia el sur. Ahora, se registraron casos entre Valparaíso y Aysén, con más focos concentrados en el centro del país y uno solo en aves domésticas en Magallanes, en el sur, de acuerdo con información del panel.
Otra particularidad es que en el primer brote, el virus se presentó principalmente en la costa y ahora se está distribuyendo sobre todo en el valle interior.
Mayor impacto en las especies de agua dulce

En este brote hay ocho especies silvestres afectadas, incluyendo las dos especies de cisnes. Las otras seis son el águila mora (Geranoaetus melanoleucus), el caiquén (Chloephaga picta), el ganso asilvestrado, la garza chica (Egretta thula), el piuquén (Oressochen melanopterus) y el quetru (Tachayeres pteneres).
Mientras que en el pasado aves de los ecosistemas marinocosteros registraron más mortalidad, como los pelícanos y los pingüinos de Humboldt, ahora hay mayor impacto en las especies de agua dulce, señala Jiménez.
De hecho, detalla que la primera especie que dio positivo fue el cisne coscoroba, en el humedal del río Yani, en la zona central de Chile. Estos cisnes se mueven entre la costa pacífica y la costa atlántica y así es como pudieron llegar con la nueva cepa al país.

El cisne de cuello negro, una de las especies más afectadas en el brote actual, está considerado En Peligro de extinción en las regiones de Biobio a Los Lagos, las mismas donde se han registrado ejemplares de esta especie positivos al virus, de acuerdo con el panel del SAG.
Esto preocupa porque se suma a las amenazas que ya sufre la especie, como la reducción o contaminación del hábitat. Jiménez explica que los cisnes de cuello negro tienen dietas restringidas a algas específicas y son sensibles a las perturbaciones que puede haber en los ecosistemas.
El trabajo intersectorial es clave

Para detener la enfermedad, el SAG aplica mecanismos de control del contagio y desde hace poco fortaleció alianzas con la academia para generar información y evidencia científica. También involucró a la Corporación Nacional Forestal (CONAF) porque los guardaparques son los primeros en dar alerta en caso de observar situaciones anómalas o mortalidad de aves.
Una de las claves de la contención de la enfermedad es que el SAG levanta las aves muertas, dice Orellana. Este es un trabajo que exige gran esfuerzo de los equipos técnicos y que ha demandado, incluso, la compra de un bote zodiac para recorrer los lagos.

Esto no sucede en otros países, asegura, donde se permite que los carroñeros cumplan con el ciclo natural, pero que representa un riesgo pues podrían seguir diseminando el virus. “Nuestra directriz técnica ha sido que es importante cortar el ciclo de transmisión y bajar la carga viral”, dice.
La División Pecuaria y la División de Recursos Naturales del SAG coordinan el rescate de especies y la bioseguridad en centros de rescate. El SAG también procesa muestras de pingüinos y mamíferos marinos para el Servicio Nacional de Pesca y Acuicultura (SERNAPESCA), organismo que no cuenta con laboratorio propio para ese análisis.
Los aportes de la academia

Una de las alianzas más importantes es con la academia, con el objetivo de generar información y evidencia científica.
Poblete lidera un proyecto del Fondo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico de Chile, en el que se está realizando un monitoreo mensual y sistemático de aves en el Santuario de la Naturaleza Carlos Anwandter. También participan investigadores del Laboratorio de Ecología de Aves de la Universidad Austral de Chile y del Laboratorio de Enfermedades Infecciosas de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
Se busca detectar aves infectadas sin sintomatología visible antes de que aparezcan mortalidades para contener con mayor rapidez la dispersión del virus, explica Yanina Poblete.

“Nos interesa que el cisne de cuello negro se transforme en una especie centinela para el monitoreo de enfermedades zoonóticas como la influenza aviar”, dice la investigadora. Esta ave es muy sensible al virus y circula por diferentes humedales del país.
El equipo monitorea influenza en cisnes, gaviotas y paseriformes, tanto en el borde de los humedales como en el bosque. Una hipótesis que buscan confirmar es si las aves más generalistas del borde del pajonal pueden ser vectores silenciosos del virus. El proyecto partió del hallazgo de que en 2023, el SAG diagnosticó 240 paseriformes de distintas especies sin vigilancia sistemática y encontró que el 47 % estaba infectado con el virus.
El monitoreo comenzó en noviembre de 2025, pero una interrupción por falta de articulación institucional lo frenó cuando comenzó el brote. Ahora se retoma con una alianza intersectorial que incluye al SAG, la CONAF, el Centro de Humedales Río Cruces y a los investigadores. «Con esta mirada de investigación, no solo de contención y vigilancia, creo que vamos bien encaminados», concluye Poblete.
*Imagen principal: cisnes de cuello negro en un humedal del Río Cruces. Foto: cortesía CEHUM
El Maipo/Mongabay




