Capital, trabajo y la disputa por la riqueza. Por Luis Mesina

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En la sociedad capitalista existen dos fuerzas cuyos intereses son contrapuestos. Por un lado, los capitalistas o dueños de las empresas, que buscan obtener año tras año utilidades que les permitan mantener sus prerrogativas. Por el otro, un sector inmensamente superior en número al empresariado, que busca permanentemente mejorar sus condiciones de vida. Esto último pasa, en primer lugar, por tener empleos de calidad; es decir, empleos con salarios suficientes que permitan a los y las trabajadoras atender sus necesidades más elementales.

Al ser esto así, se genera un conflicto permanente: mientras los empresarios persiguen mantener y elevar sus riquezas, los trabajadores buscan mejorar sus condiciones de vida.

La disputa por la torta

¿Cuál es el problema? La torta es una sola. La riqueza que se genera en una determinada empresa al año es de un monto “X”, y ese monto hay que distribuirlo. El empresario querrá quedarse con la tajada más grande, mientras que los trabajadores intentarán capturar también una fracción de ella, evitando que se reduzca la parte que se les reparte.

Esta disputa ha existido siempre y negarse a mirar esa realidad es de una miopía vergonzosa. Especialmente cuando observamos que uno de los grandes problemas que enfrenta la sociedad es justamente la distribución del ingreso. Si en Chile el 1% más rico captura el 49,8% de la riqueza, es evidencia irrefutable de que algo no está bien.

Pues si la mayoría debe contentarse con repartirse el otro 50% de la torta entre miles de personas, por supuesto que la fracción será insuficiente para resolver los temas de fondo. A contraposición de los ricos que capturan un porcentaje muy alto del ingreso, los trabajadores, al disminuir su participación, se harán mucho más pobres.

La vigencia de la lucha de clases

No es Marx el problema; no fue él quien inventó la lucha de clases. La lucha social existe de forma independiente a la ideología de quien observe con sentido crítico y analítico la realidad laboral. No es un dogma de fe constatar que en la sociedad capitalista hay contradicciones insalvables entre un sector social y otro.

¿Cómo se resuelve esto? No es sencillo. Una respuesta obvia sería distribuyendo mejor la riqueza generada en una empresa. Es cierto, pero la pregunta central sigue sin resolverse: ¿cómo? Desde mediados del siglo XIX en adelante, los trabajadores buscaron respuestas a esta interrogante. Muchas de ellas fueron respuestas orgánicas, acompañadas siempre -o en la mayoría de los casos-, de una acción activa del mundo del trabajo; vale decir, de la movilización expresada a través de una herramienta propia de la clase trabajadora: la huelga.

En estos tiempos, donde acecha contra los y las trabajadoras el fantasma de un capitalismo que quiere arrasar con todos los derechos y prerrogativas alcanzadas tras años de lucha, adquiere relevancia reflexionar sobre este aspecto de la historia del movimiento sindical.

Sindicatos y autonomía obrera

Los trabajadores crearon los sindicatos no para que estos se convirtieran en aparatos burocráticos llamados a detener las aspiraciones legítimas del mundo del trabajo. Tampoco los formaron para que sus dirigentes se transformaran en correas transmisoras de los intereses de los partidos en los que militan. Los sindicatos nacieron para representar los intereses de una clase social postergada, explotada y marginada de la participación en la riqueza que genera con su propia humanidad. Así, por ejemplo, nacieron como conquista de la clase trabajadora y de la lucha sindical las gratificaciones, que son una forma directa de participación en la riqueza generada.

Desgraciadamente, el Plan Laboral de la dictadura en 1979 cercenó materias relevantes que hacían posible participar de una fracción mayor del ingreso, limitando otra herramienta esencial del sindicalismo: la negociación colectiva.

Frente a la amenaza actual

Hoy acecha una amenaza: el gobierno pretende conculcar los pocos derechos que le quedan al mundo del trabajo. ¿Cuál es, entonces, la respuesta? Recoger la historia, caminar con plena independencia política y autonomía -como proponían Recabarren y Clotario-, atenerse única y exclusivamente a representar genuinamente a los trabajadores, y preparar a todos y todas quienes viven de su fuerza de trabajo para contener la ofensiva patronal. Una ofensiva que hoy se viste con el ropaje de José Antonio Kast, reivindicando una de las herramientas más eficaces que, llegado el momento, habrá no solo que declarar, sino que concretar: la huelga general.

Luis Mesina Marín: Profesor de Historia y Geografía, activista chileno vocero de la Coordinadora No Más AFP.​ Magíster en Educación y diplomado en Economía de la Universidad de Chile.​

El Maipo/Le Monde Diplomatique

Nota: El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de sus autores, y no refleja necesariamente la línea editorial El Maipo.

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