Lunes, Abril 6, 2026

Adiós al Partido Radical, algunas anécdotas. Por Álvaro Vogel Vallespir

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Antecedentes

Es más que evidente para los historiadores que el proceso de Independencia de nuestro país estuvo influenciado por las ideas políticas, sociales, filosóficas y culturales de la Revolución Francesa. La revolución en cuestión marcó un hito, junto con la eclosión de la Ilustración y sus pensadores, en la conformación política de las nuevas naciones americanas, conforme asentaban sus emancipaciones y lograban interiorizar la nueva corriente filosófica ilustrada de Europa occidental.

En Chile, el proceso de emancipación fue mucho más complejo que en otras latitudes, ya que las micro guerras civiles ponían de manifiesto el excesivo centralismo de Santiago (nada nuevo en todo caso). Este protagonismo de la capital molestó a las aristocracias regionales, sobre todo a la de Concepción, quedando patente en las rivalidades iniciales (Santiago–Concepción, encarnadas en Carrera y O’Higgins) y en algunas actitudes timoratas y poco claras a favor del rey español depuesto por Napoleón en 1808. Lo claro es que en el génesis de nuestra patria no había un orden estatal ni, menos aún, una identidad propia –aunque se esforzaban por lograrla-. Los españoles se dieron cuenta de inmediato, usando esta desventaja para estructurar una dramática Reconquista.

La dirección suprema de O’Higgins no fue sencilla; su exilio es la prueba más concreta de que las aguas no estaban aquietadas y que, a la postre, los grupos políticos se irían perfilando para que, en la segunda mitad del siglo XIX, se fueran creando los primeros partidos con tímidas bases filosóficas iniciales —entre ellos el Radical— que nos compete en este artículo.

Empero, antes de la creación del Partido Radical, existió un periodo anárquico con tres propuestas constitucionales que no fueron del agrado de los grupos políticos de antaño. Este momento decantó en una guerra civil entre conservadores y liberales; de tal manera, el bando vencedor —los pelucones— se harían con el poder durante las tres décadas siguientes, logrando el primer contrato social duradero: la carta Portaliana del 33.

No obstante, los roces de la clase dirigente culminaron en dos revoluciones durante el mandato del presidente Manuel Montt, siendo la revuelta del cincuenta y nueve cuando germinará el origen de este partido que, en la actualidad, va a pasar a los anales de la historia con cuatro presidentes: Juan Esteban Montero, Pedro Aguirre Cerda, Juan Antonio Ríos y Gabriel González Videla. Además, de destacar por logros significativos en educación, en asistencialismo social y con un compromiso keynesiano a través de la CORFO y el Estado de bienestar. De forma inédita, nunca en Chile un partido de centro fue capaz de armar, dentro del Frente Popular, tres magistraturas seguidas, pasando a ser en esa época el conglomerado más importante y tradicional de la historia de Chile.

Los inicios del partido

El corazón de este partido tiene su origen en los grupos pipiolos. A medida que las almas liberales mostraban su descontento con los conservadores, fueron siendo exiliados a otros países durante la época de los decenios. En aquellas salidas forzadas, fueron impregnándose de ideas liberales y filosóficas. Los gobiernos conservadores tenían una serie de vicios cuestionables que los eternizaban en el poder, siendo los más notorios la abierta intervención electoral y la compatibilidad de cargos de los distintos poderes del Estado. Por lo demás, los futuros radicales no veían con agrado el poder de la Iglesia sobre la educación y sus cánones éticos; por lo tanto, lucharán jurídicamente durante todo el siglo por separarla del Estado. Aun cuando no lograron su escisión en el siglo XIX, fueron fundamentales para secularizar y establecer las bases de un Estado laico.

En definitiva, los liberales, aburridos del conservadurismo, del intervencionismo electoral y de las anomalías del sistema, formaron en 1863 un conglomerado que aglutinó a quienes buscaban reformar las instituciones y anhelaban cambios sociales significativos como, por ejemplo, hacer profundas reformas a la carta de 1833. Buscaron, además, dar un giro en la educación que ya será analizado. En síntesis, si bien los radicales eran parte de la élite, tenían dos grandes caballos de batalla: separar la Iglesia del Estado y monopolizar el sistema educativo público. Ciertamente, los partidos restantes —que no tenían grandes bases filosóficas— catalogaron a los nuevos radicales como anticlericales y anticatólicos.

Aportes de los radicales en educación

Aunque parezca lejano, debemos partir por Francisco Bilbao. Los preceptos de este gran personaje radical en el seno de la Sociedad de la Igualdad eran para la época contestatarios y audaces, pero no menos justos: eliminar la influencia de la Iglesia en la educación y establecer un sistema laico gratuito, auspiciado por el Estado, de carácter filosófico y amparado en la Constitución nacional. Para Bilbao, la falta de educación era un “pecado mortal”. En síntesis, proponía una educación filosófica sustentada en la razón y amparada en una tríada: educación moral, intelectual y física.

“Gobernar es educar”…

cuántas generaciones han creído que la célebre frase es atribuida al expresidente Pedro Aguirre Cerda; pero no, fue parte de un discurso frente al presidente Balmaceda pronunciado por el radical Valentín Letelier. El espíritu nacional y la grandeza del pueblo van de la mano con la educación pública, expresó al expresidente el ya mencionado Letelier.

Para nadie es un misterio que, durante el siglo XIX, el motor para civilizar a los chilenos era la escuela como agente formador. Esta idea, según las fuentes oficiales, era propiciada por los conservadores que administraban el Estado, lo que se conoce en historiografía como “libertad de enseñanza” (particular-católica). Sin embargo, la idea radical —y por la cual lucharon— era una educación laica que se conoce como “Estado docente”. A partir de 1870, con los liberales en el poder, se implementaron una serie de reformas tendientes a ampliar las libertades sociales que allanarían, a largo plazo, la educación pública laica y la secularización del Estado. Un paso importante para abrir colegios laicos fue la Ley de Libertad de Cultos (1865). Los católicos le tenían un temor enorme a la influencia masónica en la educación; de ahí surge la escuela atea Blas Cuevas (1872), que fue muy resistida por la Iglesia.

La base de una educación radical, en comparación con una religiosa, radicaba en que la escuela reemplazaría la enseñanza de la religión católica por lecciones de moral, las cuales permitirían el desarrollo en los alumnos de virtudes y deberes en relación con la familia, la patria, la humanidad y el deber del ciudadano (Cortés, 2018). Pese a todo, las tasas de analfabetismo fueron preocupantes: en 1891 bordeaba el 60 %. El empuje radical logró crear más colegios y bajar las tasas hasta menos de un 34 %. El tema de fondo era que se avanzaba, pero las reformas finas de planes y programas estaban más bien estancadas.

Antes de Pedro Aguirre Cerda, el aporte radical fue: el principio del Estado docente con una amplitud de escuelas laicas gratuitas en el sector primario y la supervisión de la Universidad de Chile en la educación secundaria. La Ley de Educación Primaria Obligatoria reforzó un avance en la materia. Empero, el gran drama y talón de Aquiles fue la deserción escolar: los pocos años de escolarización y, lo más traumático para la población, el hecho de que un porcentaje ínfimo avanzaba a la educación secundaria y escasamente a la universitaria. Los motivos de no perseverar no eran académicos, sino mayoritariamente económicos, ya que Chile era un país pobre y la inmensa mayoría de los niños del sector popular trabajaban desde temprana edad.

La ley de enseñanza primaria ya mencionada, tristemente, fue discutida algo más de diez años en el Congreso. Se puede entrever el poco interés de la oligarquía por tener a un pueblo educado; los radicales dieron una dura batalla para revertir este panorama y se consolidaron como el baluarte de la mesocracia. Las críticas se centraban en una educación “libresca” y poco útil; por ende, se buscaba algo más pragmático para la vida, con un nuevo enfoque más técnico y, por lo tanto, menos anticuado. Esto último se reforzó en los congresos educativos de las primeras décadas del siglo XX. Uno de los congresos de mayor influencia laica fue el de 1912, donde se confrontaron las posturas del historiador Francisco Antonio Encina y el educador Darío Salas.

Se buscó una educación social humanista amparada en las ideas del teórico John Dewey; su máxima representante fue la profesora Irma Salas. Aparte de mejorar la educación, se enfocaron en preparar a los profesores, involucrar a los padres e innovar con un centro de investigación científica en el Instituto Pedagógico.

Los radicales llegan al poder: Los aportes de “Don Tinto”

El Partido Radical supo evolucionar y asentarse en la clase media; sin embargo, para llegar al poder necesitaba de una robusta alianza, pues por sí solos les era imposible dirigir los designios del país, por la sencilla razón de que en aquella época —y hoy también— la masa electoral se dividía en tercios. Por consiguiente, la clave era ser un partido de centro capaz de leer el panorama electoral. El Frente Popular fue, en definitiva, el pacto que catapultó a los tres presidentes radicales seguidos.

Un profesor de castellano —y abogado— de baja estatura, cercano al pueblo y con un discurso sencillo que cautivaba a la sociedad, fue el primero de los tres magistrados radicales en una época de profundos cambios políticos, sociales y económicos. En este último ámbito, debieron implementar una economía mixta de sustitución de importaciones a través de la CORFO. Si bien el gasto social fue enorme, con un nivel de endeudamiento vía préstamos, las preocupaciones por mejorar las condiciones de vida fueron evidentes: se mejoró la educación, salud, vivienda, jubilaciones y asistencialismo.

“Don Tinto” —apodado así por sus viñas— se preocupó no solamente de la educación, sino de que la enseñanza fuera de mejor calidad. Por cierto, pensó en que los ratos libres fueran bien empleados por los obreros mediante un sistema de vacaciones pagadas y colonias de verano para quienes no conocían el mar, la cordillera o no tenían los medios para recrearse. Aguirre Cerda logró levantar 1400 escuelas. De forma lamentable, este íntimo amigo de Gabriela Mistral falleció de tuberculosis en el más completo silencio.

Juan Antonio Ríos

Este expresidente fue expulsado del Partido Radical por ser cercano a la dictadura de Ibáñez. Juan Antonio tuvo una vida desafiante entre la pobreza y la orfandad, pero con una superación personal e intelecto brillante llegó a la primera magistratura y, al igual que Pedro Aguirre Cerda, murió en pleno mandato. Estudió en el sistema público que los radicales tanto se esforzaron por mejorar, creando con esto un paradigma en cuanto a cómo el esfuerzo del Estado puede dar frutos en las clases pobres. Logró inicialmente un respaldo de la derecha más dura e incluso de las empresas, haciendo carne el “Estado de compromiso” para poder ejecutar la ISI (Industrialización por Sustitución de Importaciones). Este prominente abogado fue cónsul de Chile en Panamá, diputado y luego senador; empero, su senaduría fue en el cuestionado Congreso Termal, sin margen para la democracia, dando pie a un vicio del siglo XIX: el voto censitario. Aun así, este fue disuelto con la República de los 12 días de Marmaduke Grove, en uno de los tiempos más convulsos de la primera mitad del siglo XX, donde se sucedieron siete presidentes sin orden ni programas estables. Uno de esos siete magistrados fue Juan Esteban Montero, de la tienda radical.

Suceder y hacer andar al país luego de la muerte de “Don Tinto” no fue tarea sencilla, ya que la cercanía con la gente y el impacto de sus funerales de Estado dejaron en la retina un trato de piel que Juan Antonio no tenía, pero que compensó con un pragmatismo ingenieril y tecnócrata. “Gobernar es producir”, pregonaba. Se dio maña para concitar apoyos en la mayoría de los sectores. Sin embargo, los cambios solo fueron al principio; promediando su mandato, todo estuvo cuesta arriba en diversos ámbitos. Murió de un cáncer que lo comenzó a afectar en plena gira latinoamericana, de la cual nunca se repuso.

“El pueblo te llama, Gabriel”

Serenense hasta la médula, fue el último presidente de la tienda radical. La polémica más grande fue la implementación de la “Ley Maldita”; a la par, continuó con el programa de desarrollo industrial. Es decir, los tres presidentes radicales estuvieron unidos por un hilo conductor: buscar el desarrollo del país en una economía mixta y generar asistencialismo a la clase media y popular. Videla no contó con mayoría absoluta; no obstante, fue ratificado por el Congreso Pleno. Sus primeros gabinetes incluían militantes transversales e incluso del Partido Comunista. El contexto de inicio de la Guerra Fría, más una serie de problemas internos, fue agudizando un panorama de desgaste natural de tres gobiernos de coalición. En 1948, los problemas sociales fueron insostenibles y decretó la Ley de Defensa Permanente de la Democracia.

Famosa será la persecución a Pablo Neruda y más novelesca aún la escapada del poeta por el sur de Chile con la ayuda de los arrieros de Curarrehue. Un punto álgido en su mandato fue soportar un complot en su contra, “Las patitas de chancho”, orquestado por parte del Ejército, la Fuerza Aérea, una logia masónica (“La Montaña”) y la Acción Chilena Anticomunista. Si bien el general visible fue Ramón Vergara Montero (de la FACH), el personaje tras ello fue nada menos que Carlos Ibáñez del Campo, un viejo conocido que sería a futuro nuevamente presidente, maquillado en un populismo muy de moda por aquellos tiempos. Con todo, la fiscalía militar paró el complot, desterró al “General de la esperanza” por tres años y encarceló por otros cinco a Ramón Vergara. Las reuniones secretas fueron en San Bernardo y los amotinados comían el famoso platillo.

Anécdotas memorables y algunos personajes destacados

Según “las malas lenguas”, el León de Tarapacá le habría dicho en privado a Marmaduke Grove: “No afloje, Coronel”, para forzar la salida de Juan Esteban Montero, el primer presidente radical de la historia de Chile. Con todo, Montero, al no encontrar apoyos y de manera fraterna, llamó a los golpistas, los reunió en su despacho y entregó el poder de forma pacífica. Algunos disturbios se propagaron de forma espontánea, como la quema de una bomba de bencina en la calle Teatinos; los militares debieron hacer fuego al aire y se registraron tres muertos y casi cien heridos. Luego de eso, asumió por media docena de días la República Socialista. Todos los esfuerzos de Montero tendieron a estabilizar la economía luego de la feroz crisis mundial de 1929; no obstante, no fueron suficientes y la moneda se devaluó. Claramente, Juan Esteban se inmoló sin éxito tratando de apagar el fuego encendido por Ibáñez. Raúl Rettig, el mismísimo radical del conocido Informe Rettig, no era de genio apacible. Tuvo un duelo a pistoletazos con Salvador Allende producto de una acalorada discusión sobre un proyecto de ley respecto a los sueldos de trabajadores de la mina El Teniente, en Rancagua. La historia extraoficial habla de un duelo por un lío con una mujer en común. Las balas fueron de verdad; ambos, malos tiradores, quedaron ilesos, y un resbalón de Allende —producto del barro— hizo que su caída estrepitosa al suelo pasara por muerte; al menos así lo pensó Raúl, quien fue a verlo. Según Eduardo Frei Montalva, quien estuvo aquel día de la discusión, ambos personajes se insultaron más de la cuenta. Cuando Rettig ofreció balazos y Allende los aceptó, el hermano del otrora cardenal Carlos Oviedo Cavada le facilitó el arma a Raúl. La miopía de Allende hizo que su puntería fuera imprecisa. Finalmente, Allende lo nombró embajador en Brasil y, al momento de su muerte el 11 de septiembre, Rettig puso la bandera a media asta en la embajada.

Uno de los radicales que están en la retina actual fue el abogado Enrique Silva Cimma. El propio John Kennedy le tenía simpatía genuina. Si bien su carrera como jurista está ampliamente documentada, nos centraremos en su trabajo por la recuperación de la democracia. Luego de un tiempo en Venezuela, Silva Cimma se desempeñó como presidente del Partido Radical en la clandestinidad. A escondidas del gobierno militar, encabezó 337 asambleas logrando unir a los militantes chilenos. Para la campaña del NO, fue el presidente de la Concertación para apoyar la candidatura de su amigo Patricio Aylwin.

Fue ministro de Relaciones Exteriores, un cargo muy específico, pues debía recuperar las confianzas extraviadas tras 17 años sin cancillería visible. Entre otras cosas, Cimma estuvo tras el acuerdo de la APEC. Una de sus mayores controversias fue el caso del asilo de Erich Honecker, que claramente mostraba los coletazos del fin de la Guerra Fría y levantó un revuelo internacional sin precedentes a poco andar de la nueva democracia nacional.

Otro radical más que destacado fue Anselmo Sule, quien murió a sus cortos 68 años. Fue un líder fundamental. Lamentablemente, sufrió el despojo de su nacionalidad, pero fue acogido con dignidad por Uruguay. En aquel país, fue distinguido con la “Gran Nacionalidad Uruguaya” (solo Andrés Bello ostentaba ese título). Sule estuvo tras la Juventud Radical Revolucionaria; sin duda, removió las viejas bases del partido y se produjo un terremoto político de magnitudes. Pero el radicalismo, en sus más de 160 años, ha tenido que evolucionar y Sule dio aquel paso. Aunque los tiempos no son los mismos, algunas premisas han perdurado en el radicalismo post-Sule.

Tiempos difíciles

Podríamos afirmar, con estadísticas en mano, que en la segunda mitad del siglo XX el Partido Radical comenzó a declinar en militantes y representantes en el Congreso, pues es natural que una coalición de centro y centro-izquierda con tres gobiernos al hilo tenga un desgaste asegurado. Esto podría pasarle a la Democracia Cristiana hoy. Ya con el presidente Alessandri —el hijo del León, en los 60— comenzó una fuga de militantes. Los jóvenes se separaron del partido y los que quedaron se fueron a la centro-derecha (Frente Democrático de Chile), quienes levantaron una candidatura en la figura de Julio Durán con un resultado menor.

En 1964, un grupo de radicales apoyó la candidatura de Salvador Allende en su tercer intento presidencial. En la elección del 70, otro grupo apoyó a Alessandri; en definitiva, en sus fracturas internas pasaba lo mismo que en la sociedad chilena: polarización. Tras el golpe de Estado, algunos de sus militantes sufrieron el rigor de las violaciones a los derechos humanos, como fue el caso de Tucapel Jiménez.

Tucapel Jiménez

En 1982, este destacado dirigente sindical fue interceptado en su taxi y llevado al sector poniente de Santiago. Una bala en el cráneo terminó con su vida; posteriormente fue degollado. El gobierno de la época trató el asesinato bajo la figura de un “robo de especies de valor”. En realidad, era seguido con anterioridad por la CNI. Se trató de tapar el caso con confesiones falsas de un carpintero, Juan Alberto Alegría Mundaca, quien posteriormente fue asesinado, aunque la versión oficial fue de “suicidio”.

Raúl Rettig, en su informe de Verdad y Reconciliación, sostiene: “… La Comisión ha adquirido la convicción de que se trató de un crimen cometido por motivaciones políticas en violación de los derechos humanos de Tucapel JIMÉNEZ. Aunque no puede afirmar categóricamente que la ejecución de este crimen fue obra de agentes del Estado, ponderados todos los antecedentes, estima en conciencia que está comprometida en su muerte la responsabilidad del Estado por cuanto, si no fueron agentes del Estado los hechores, estos contaron al menos con el amparo del Estado…”. Varios personeros del partido partieron al exilio. En el presente inmediato, el Partido Radical Socialdemócrata (1994-2018) fue el mayor intento de tomar un legado centenario de tantos esfuerzos desde el siglo XIX hasta el XXI. Su último candidato con algunas opciones serias fue el sociólogo y exsenador Alejandro Guillier.

Epílogo

A medida que las elecciones fueron pasando, las bajas electorales fueron cada vez mayores hasta que finalmente no lograron el apoyo suficiente para poder seguir funcionando. Esto pasa cuando los partidos no logran conectar con las necesidades de la sociedad.

Desde Bilbao en su revolucionaria “Sociedad de la Igualdad”, pasando por los aportes del radicalismo para solucionar la “Cuestión Social” y, por cierto, dando un giro a las clases medias y populares en el siglo XX, uno de sus legados más grandes fue mejorar la educación e introducir la idea del Estado laico, la secularización y la libertad de pensamiento. Más que un partido, fue un estilo de vida.

Álvaro Vogel Vallespir, Historiador y profesor.

El Maipo/Le Monde Diplomatique

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