La suegra de Carlos Ibáñez del Campo —el populista, el caballo, el golpista, el dictador legal o como quieran llamar a quien fuera presidente en dos oportunidades— era una mujer de la vida privada y escasa notoriedad pública. Sin embargo, dentro del feudo familiar —su casa de Alameda 2224— era una dama de hierro que, según el historiador Gonzalo Vial, «apocaba» al general de la esperanza junto con su segunda esposa. Además, fue una abuela estricta, sobre todo cuando este partió al exilio tras el desastre financiero en el que dejó al país luego del Crack del 29. Con todo, su esposa, Graciela Letelier Velasco, sí fue una primera dama de alta notoriedad pública.
Y fue precisamente en esa casa de la Alameda donde Carlos Ibáñez y el general Ramón Vergara Montero (excomandante en jefe del Ejército) prepararon el puntapié inicial para el sedicioso golpe de Estado. La segunda parte fue orquestada en un famoso restaurante de San Bernardo en torno a un jugoso platillo: «las patitas de chancho». Todo esto a espaldas del presidente de la época, Gabriel González Videla (el mismo de la Ley Maldita). La futura revuelta, planificada durante jornadas culinarias en la fuente de soda El Rincón, fue divulgada por la esposa de un militar asistente a las reuniones clandestinas, quien le contó el secreto a la hija del presidente; entonces, pillaron «chanchitos» a los comensales de las patitas, valga la redundancia.
Hoy, el famoso lugar de la sedición sigue siendo un punto neurálgico: la calle Arturo Prat de San Bernardo, en pleno centro comercial. Es un espacio de comida y encuentro como antaño, aunque ahora predomina la colación rápida y no queda tiempo para las maquinaciones. El contexto actual se enmarca en medio del mismo centro ferroviario que une hoy a Nos con la Estación Central; a espaldas de lo que era el restaurante, se encuentra ahora la Vega de San Bernardo. El bullicio sigue, la historia avanza y el país cambia.
El contexto en la época de «las patitas»
Como antecedente, podríamos remontarnos al famoso Ruido de Sables que marcó la transición entre el fin del parlamentarismo y el comienzo del presidencialismo. La rebelión de la oficialidad joven de septiembre de 1924 inauguró el descontento con los altos mandos y el escaso apoyo del Parlamento al León de Tarapacá. La llegada de los militares a la política se volvería algo recurrente que culminaría en su clímax el 11 de septiembre de 1973.
Luego del segundo gobierno de Alessandri, que terminó de la peor forma posible tras la matanza del Seguro Obrero, las opciones de la derecha quedaron sepultadas a pesar del favoritismo de Gustavo Ross —el Ross-régimen—. En consecuencia, un amplio conglomerado, el Frente Popular, sería la plataforma para llevar a La Moneda a tres presidentes radicales seguidos. Ellos no solo fueron hijos de su época, sino que también estuvieron detrás de grandes modificaciones y avances sociales inauditos en la segunda mitad del siglo XX. Pese a lo anterior y al cambio de paradigma económico —de un sistema liberal a uno centrado en la Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI)—, el equilibrio de poder denominado «los tres tercios» era difícil de lograr, tal como se asoma en este intento de golpe para catapultar a Carlos Ibáñez.
El pueblo te llama, Gabriel
Para ganar las elecciones de mitad de siglo, el radical Videla contó con el apoyo del Partido Comunista de Chile; aun así, el presidente en cuestión aplicó la Ley Permanente de Defensa de la Democracia —la Ley Maldita—, borrando a los comunistas de la arena política. Esto causó el enfado, entre otros, de Pablo Neruda, quien le dedicó algunos versos:
Vicioso traidor, perro mentiroso,
piojo maligno, degradado insaciable,
que en las asambleas pedías el voto de los humildes
llorando y prometiendo que tu corazón quedaba entre ellos,
y apenas subiste la escala abriste las puertas al verdugo
y encarcelaste a los que te dieron el pan y la corona.
Este hecho causó una profunda repercusión en la política interna del país, sembrando los primeros signos de la polarización que decantaría en un golpe que aún no es superado del todo. No obstante, esta ley no era patrimonio exclusivo de Chile, ya que respondía a la lógica de la Guerra Fría y, como tal, fue aplicada en distintas latitudes mediante normativas similares en la práctica.
El Chile de «las patitas» avanzaba en economía con el modelo ISI, además de contar con un Estado más comprometido con el asistencialismo y con la reducción de las brechas educativas y de salud. Aun así, los esfuerzos del Estado de bienestar no alcanzaban para todos y el ISI no duró lo esperado.
Pillados como chanchitos
Videla llegó al poder con un poco más del 40 % de los votos, debiendo ser ratificado por el Congreso Pleno. Esto era un signo evidente de que el radicalismo se estaba agotando; sin embargo, su primer gabinete dio cuenta de una supuesta unidad nacional al incluir políticos de diversos sectores, dejando fuera a los socialistas, ya que ellos habían apoyado a otro candidato. Al inicio de la Guerra Fría, el mandatario fue tomando medidas que apartaron paulatinamente al Partido Comunista, hasta su exclusión del gobierno y posterior ilegalización en septiembre de 1948. A partir de entonces, el gabinete pasó a contar con miembros de las Fuerzas Armadas.

El complot fue informado al jefe de Estado por diversas fuentes. Primero, un funcionario de El Mercurio le contó que un grupo de masones y una célula de comunistas estaban conspirando a sus espaldas; Videla no le hizo caso y le bajó el perfil a la información, aunque no la descartó por completo. Pero la acusación más seria la hizo la esposa de un sargento de la infantería de San Bernardo. Ella ya los seguía de cerca cada vez que asistían al restaurante, pero, además, su marido le contaba todo lo que pasaba en los almuerzos. Como la mujer apoyaba a Videla, no se aguantó. Carmen Soto, en definitiva, llamó a la hija de Gabriel González y se juntaron en San Bernardo para decirle unas sencillas pero certeras palabras: «Los milicos quieren botar a su papá». A renglón seguido, y a raíz de la indignación de su cónyuge, al sargento no le quedó más opción que dar nombres y denunciar a sus superiores, quienes terminaron enfrentando un sumario cuyas consecuencias repercutieron tanto en Chile como en el exterior.
El fiscal a cargo del caso fue riguroso y logró cárcel, multas y la remoción de más de doce funcionarios. El expresidente tuvo que ser excarcelado previo pago de 5000 pesos de la época. Carlos Ibáñez, luego de un largo tira y afloja, fue absuelto, aunque el Gobierno apeló la sentencia; para su abogado —quien además era auditor del mismísimo Ejército de Chile— estaba claro que Ibáñez digitaba todo y tenía una participación activa en la conspiración. Por su parte, el excomandante en jefe fue condenado a tres años y un día de presidio, sumado a una gran multa en dinero, aunque tiempo después fue amnistiado por el propio González Videla.
El gran conspirador tras bambalinas era Ibáñez del Campo, quien cargaba con un largo historial de intentos de golpe, sediciones y jugadas bajo la mesa. Ejemplo de ello fueron los movimientos de 1924 y 1925; asimismo, maquinó en las sombras contra el radical Juan Esteban Montero cuando este ejercía la presidencia, conspiró contra Arturo Alessandri y Pedro Aguirre Cerda, e incluso sus seguidores quisieron jugarle una mala pasada a Juan Antonio Ríos mientras este sobrellevaba un avanzado cáncer. Es por esto que existe un consenso casi cerrado sobre su actitud dictatorial, y muchos especialistas lo encasillan como un dictador. De esta manera, no resulta extraño imaginarlo como un comensal más de «las patitas de chancho», pues, en suma, era un caudillo con una dinámica personalista en su eterna búsqueda del poder.

Gabriel González Videla y su memoria sobre «las patitas»
Existe un relato en primera persona sobre estos hechos. Todo parte en la plaza de San Bernardo, donde la esposa del militar había pedido hablar con la hija del mandatario. El propio Videla relata: «Dicha señora la esperaría en la plaza de San Bernardo, en el lado norte, a las siete de la tarde de ese mismo día, identificándose con una rosa roja que llevaría en el pecho».
Rosita González se dirigió a La Moneda y convenció a su padre de que el testimonio era verídico. El presidente se reunió con sus ministros y acordaron viajar a San Bernardo, bajo una estricta escolta ante la posibilidad de un atentado, para encontrarse a la hora señalada con la mujer del uniformado.
En definitiva, las reuniones clandestinas se celebraban desde septiembre en el mencionado restaurante Sanbernardino, donde el suboficial César Mellado agasajaba al líder de la trama, el general Ramón Vergara Montero, con el plato típico que terminó bautizando el complot y el posterior proceso judicial.
Para sumar adeptos a la sublevación entre los suboficiales y la tropa, los cabecillas no apelaron a argumentos ideológicos, sino a la promesa corporativa de generosos aumentos salariales y ascensos rápidos una vez instaurado el nuevo régimen militar. Sin embargo, la intervención de la esposa del suboficial desarmó por completo el plan al revelar los detalles y el singular reducto donde se cocinaba el intento golpista.
Epílogo
El ministro Barros y otros altos directivos dieron con los cabecillas. Más de una docena de militares —la mayoría de la Fuerza Aérea (FACH)— fueron declarados reos, entre los que resaltaban el general Ibáñez y el ya citado Vergara Montero. Si bien Ibáñez fue absuelto por los tribunales, el auditor del Ejército se mostró en contra de la sentencia, argumentando que «esta convicción se basa, fundamentalmente, en el conocimiento de los propósitos de hegemonía política y económica sobre Sudamérica de ciertos grupos ideológicos cuya pública e insistente exteriorización tiene, a su juicio, todo el carácter de una amenaza».
Este folclórico intento de golpe al alero de un platillo sustancioso pone sobre el tapete a uno de los personajes más importantes de la primera mitad del siglo XX: un Carlos Ibáñez que no por primera vez intentaba asaltar el poder de forma ilegal. Ciertamente se trata de un periodo complejo, cruzado por una seguidilla de pequeñas insurrecciones, pero que a la luz del presente nos muestra un Chile no tan distinto al actual. Estos actos reñidos con la ética y de costumbres tendenciosas nos invitan a pensar que la desafección y la corrupción en la política son, lamentablemente, temas de largo aliento.
*Álvaro Vogel Vallespir, historiador y profesor, colaborador permanente del elmaipo.cl
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