“Profe” es un término genérico y cultural que arrastra décadas de existencia como modismo, pero cuando se dice con auténtico cariño por parte de los estudiantes, va implícitamente dirigido a un amplio abanico de personas que dedican su tiempo y su alma a la educación. Las educadoras y los educadores de párvulos son, sin duda, la primera línea del sistema; la abnegación de su trabajo resulta fundamental para sostener los primeros pasos de la infancia. Es una hazaña solo comparable con la cirugía meticulosa de un neurocirujano: tan sensible es esta etapa de la enseñanza que estas primeras lecciones marcarán las vidas de los niños para siempre. Las educadoras no transitan solas en este derrotero: sus asistentes de aula son el soporte vital para los preescolares. Los estudiantes del siglo XXI tienen múltiples necesidades, y la educación preescolar es la piedra angular de todo.
Por otro lado, tenemos al amplio grupo humano de los docentes de enseñanza básica. Es en este momento donde se producen los más hermosos milagros para nuestros alumnos: perder el miedo a hablar en público, aprender a socializar con sus pares y vivir el maravilloso descubrimiento de la imaginación cuando comienzan a leer y a comprender el mundo a través de las letras. La enseñanza básica es la base medular para forjar el carácter y la actitud ética, ya que educar no es tan solo transmitir un contenido, es otorgar un marco moral necesario para la vida. Los profesores de este ciclo abren un universo insospechado, y hoy los congratulamos con total justicia.
También existen los profesores de enseñanza media, quienes a menudo podrían parecer más severos, pero que con un gran esfuerzo transversal logran la maestría de exigir firmeza con una mano y, con la otra, acoger cariñosamente. Son, al final del día, orientadores, padres y psicólogos; cientos de veces han prestado sus hombros para contener el llanto de varias generaciones (y ellos también han llorado, por supuesto, de forma mucho más común de lo que se piensa). Por su parte, los verdaderos maestros de la educación técnica profesional son pragmatismo puro y sus aportes son realmente valiosos en las áreas técnicas, las cuales están más vigentes que nunca. Ellos son capaces de abrir la mentalidad de los jóvenes para simplificar las ideas más abstractas.

No podemos dejar de lado a las y los profesionales de la educación diferencial, pues es en la inclusión donde la educación se vuelve verdaderamente democrática y justa. Ellos se han especializado en entender la magnitud de las diferencias existentes en el aula nacional y han ido, con el devenir del tiempo, rompiendo estigmas; pero más allá de ello, han generado la profunda consciencia de que la inclusión es un derecho. Hay, además, un cúmulo de docentes que a veces pasan desapercibidos para el sistema, pero jamás para sus alumnos y para los apoderados agradecidos: son quienes educan en los hospitales, en las clases particulares o en las cárceles. Existen también los profesores populares que enseñan gratis a la población más vulnerable del país, y quienes trabajan de noche, creando el milagro del andamiaje intelectual con aquellos adultos que necesitan volver a educarse para seguir transitando con dignidad por la vida. En definitiva, todos ellos son piezas fundamentales que deben ser abrazadas con cariño y admiración en este día tan especial, pues son quienes dejaron de lado los prejuicios sociales y apelaron a la más noble de las vocaciones. Que nadie les diga la tontería de que “no les alcanzó el puntaje”, ya que enseñar es la tarea más compleja de todas: no existe puntaje que logre medir lo que significa aunar y conmover a 45 mentes en una misma sala. ¿Quién más se atreve a tamaño y hermoso desafío?
Finalmente, los profesores universitarios siempre han quedado un tanto al margen, pues existe la falsa idea de que reciben a adultos que en la práctica ya vienen completamente formados. Sin embargo, no es así. Las nuevas generaciones necesitan estímulos permanentes y estos maestros de la educación superior pasan a ser una parte vital de esta pirámide, ya que deben recordarles a nuestros jóvenes —en el rigor de la universidad o el instituto— el tamaño de sus propias capacidades. Al mismo tiempo, deben ser profesionales empáticos con los requerimientos de sus estudiantes; no pueden dar por sentado que, al ser nuevos adultos, lo saben todo. La educación, después de todo, nos acompaña a lo largo de toda la vida.
El comienzo de todo.
Todo empieza con una educación informal propia de un país que recién se estaba configurando. Por supuesto que nos vamos a saltar la Colonia y el rico pasado prehispánico, pero ahí también existió una educación cultural sincrética que no podemos obviar. Esta ventana inicial va desde la toma del Tribunal del Consulado en 1810 hasta 1842, cuando el Estado comenzó a hacerse cargo.
En estas décadas, la educación aún no era el caballo de batalla del Estado, aunque lo sería, sin duda, en la segunda mitad del siglo XIX. La primera piedra que pavimentó el camino fue la formación de la Escuela Normal de Preceptores. De esa primigenia sociedad nacerá una generación de profesores formados de manera específica en los paradigmas de esos tiempos, dando origen a los primeros maestros de las escuelas chilenas.
Volviendo a la etapa informal, uno de nuestros próceres nacionales, José Miguel Carrera, ya tenía profundamente claro en 1812 que el progreso venía de la mano con la educación. Fue un adelantado a su tiempo al incluir a las niñas, pues pensaba que era una ironía aspirar a la vida independiente sin la inclusión femenina. Si bien su idea fue resistida, volvió a insistir en 1813; su orden no quedó en el campo de las ideas, sino que fue una imposición a los cabildos. Bernardo O’Higgins tenía un pensamiento similar al de Carrera: la educación era algo más que elemental para afirmar la independencia. Una de sus frases más icónicas al respecto fue, justamente: «Sin educación, la libertad y la independencia no son más que voces vagas y sonidos que se pierden en el aire».
Carrera materializó parte de sus ideas con la creación del Instituto Nacional, colegio que hoy es mixto y sigue vigente en el devenir nacional. No es el momento de analizar en este espacio su actual situación, pero es un cuestionamiento legítimo que el tiempo resolverá. Si bien O’Higgins no levantó colegio alguno, continuó apoyando y aportando al Instituto Nacional, reinaugurándolo luego de ser clausurado durante la Reconquista. Con esto contribuyó a seguir la línea educativa de los años iniciales. Asimismo, logró abrir la Escuela Militar y también la Naval para profesionalizar las fuerzas armadas; y si de autoeducación se trata, ordenó la reapertura de la Biblioteca Nacional. Aun así, el dilema no era menor: el analfabetismo estructural bordeaba entre un 90% y un 95%.

Para paliar esta cruda realidad el Estado, luego de escribir la carta magna portaliana y asentar la emancipación, debió tomar cartas serias al respecto. La solución fue formar a sus propios profesores, quienes serían los encargados de abrir las brechas de la educación formal durante el gobierno de Manuel Bulnes, un presidente conservador que supo separar las cosas y le dio un impulso especial a la educación en Chile. En este proceso, no podemos dejar en el tintero a Manuel de Salas, con una marcada formación científica en el campo de las matemáticas, las artes y la geometría. Debemos incluir con justicia al sacerdote Camilo Henríquez, quien organizó el primer periódico nacional, la Aurora de Chile, el cual propagaba en sus páginas la causa emancipadora; pero más allá de eso, fue el autor intelectual del primer currículo de educación en tierras nacionales. Juan Egaña, finalmente, se encargó de implementar —primero desde su trinchera como catedrático de la Real Universidad de San Felipe y luego como fundador del Instituto Nacional— los planes y programas de la educación nacional. Empero, los primeros profesores del instituto eran también los docentes de dicha universidad, con la salvedad —y esto es lo importante— de que se comprometían a dejar atrás el «oscurantismo colonial».
Los profesores de la primigenia generación formada por el intelectual argentino Domingo Faustino Sarmiento fueron 28 jóvenes chilenos, en su mayoría de origen humilde. Todos tenían entre 17 y 23 años y evolucionaron de alumnos a grandes educadores. Sarmiento no podría haber estado más feliz: «Mis alumnos, mis mejores maestros». El origen del profesorado estaba entonces en los estratos humildes del bajo pueblo y en las manos de los jóvenes, tal como hoy ocurre en los momentos culminantes de Chile. El primer profesor mapuche, en tanto, fue un brillante alumno de esta Escuela de Preceptores: Antonio Neculmán, quien enseñó en las tierras de la Araucanía, además de ser un gran dirigente y fundador de la Sociedad Caupolicán, volcada a la defensa de su pueblo. Debemos, con justicia, agradecer también a los dos primeros profesores chilenos egresados de esta escuela: José Bernardo Suárez y Juan de Dios Pení. El aporte de los preceptores había comenzado; la educación era un vehículo para salir de la pobreza y sería cuestión de tiempo para que un profesor de castellano de enseñanza básica encabezara la primera magistratura de la república: el presidente Pedro Aguirre Cerda.
Las profesoras han sido más que fundamentales en el derrotero de la formación intelectual. Tras la creación de la Escuela Normal de Preceptoras se formaron las primeras 40 educadoras de nuestro país. Al igual que los varones, estas docentes nacionales eran de origen humilde y muchas de ellas extremadamente pobres. Una vez más, los cimientos de la formación estaban en manos del pueblo. Como hoy, seguimos siendo un gremio de mucho esfuerzo, pero con un sentido social encomiable. El dicho «el pueblo ayuda al pueblo» no es una frase vana: son casi doscientos años de esfuerzos mancomunados en cada sala del país, a lo largo de nuestra dilatada y hermosa geografía. Es por eso que, ahora más que nunca, el Estado debe hacer los mayores esfuerzos para dignificar la profesión docente, pues hemos sido el sostén de la patria y, no cabe duda, lo seguiremos siendo.
Las primeras profesoras nacionales dejaron una huella profunda gracias a esta institución. Tenemos, por ejemplo, a la pionera de la formación de párvulos, la profesora Carmen Torres, y a su colega Emilia Lavín; ambas dieron vida a las escuelas de párvulos chilenas. Como señala M. Victoria Peralta en Enfoques Educacionales: «Esta primera Escuela de Párvulos, de inspiración francesa en su enfoque pedagógico, tuvo una crucial importancia porque, junto con ser una institución fundante, significó que por primera vez el Estado de Chile asumía, a través de su financiamiento y operación, la existencia de este nivel educativo. Además, a partir de este establecimiento, se empezaron a instalar otros del mismo tipo, y es así como en 1883 ya existían cuatro escuelas similares, atendiendo siempre a niños y niñas de sectores vulnerables».

A medida que avanza el siglo XIX, la cantidad de profesoras que se suman a las aulas nacionales es abrumadora. Sería casi un pecado dejar a alguna fuera de la lista, pues muchas de ellas se desempeñaron en la educación laica y, de paso, fueron elementales para contrarrestar el avance de la educación privada, equilibrando con justicia la balanza. El trabajo fue hercúleo: gracias a ellas y a sus pares, se lograron bajar las tasas de analfabetismo de un abismal 95% a un 47%. Las profesoras y profesores de este 2026 encarnan, en cada clase preparada y en cada desvelo, los mismos valores del pasado. Por eso, al ver la sonrisa de un niño o de una pequeña alumna que comprende algo nuevo, estamos tomando una larga posta que aún no culmina; no debemos mirar el ayer como un tiempo mejor, es ahora cuando debemos cargar con la hermosa responsabilidad de mejorarlo, honrando de paso a los maestros y maestras de antaño.
Sirva una pequeña frase a modo de homenaje para Antonia Tarragó, quien se dio al noble trabajo de abrir las mentes y, fruto de una perseverancia única, conminó a los representantes del Estado a permitir que las mujeres rindieran exámenes para ingresar a la universidad. Corresponde agradecer también a Isabel Le Brun por forzar una de las firmas más significativas y transformadoras del siglo XIX: el Decreto Amunátegui, que abrió de par en par las puertas al estudio universitario femenino; tiempo después, el presidente Balmaceda entregaría sendos títulos a Eloísa Díaz y Ernestina Pérez, las primeras médicas de Chile. Le Brun fue una formadora de conciencias sociales; prueba de esto es la carta genuina de su hijo al presidente, uno de los mejores textos de denuncia contra el maltrato a los peones e inquilinos. Famoso es su escrito Inquilinos en la hacienda de Su Excelencia, dirigido al mandatario Juan Luis Sanfuentes.
Rosario Orrego Castañeda desafió todos los preceptos de la época al abogar por la igualdad de la inteligencia en las aulas: las niñas debían tener exactamente los mismos derechos que los hombres. Gracias, Rosario, por ser la pionera en la equidad de género. A Juana Elena de Dios le debemos la creación de escuelas gratuitas para los hijos de obreros en las periferias de las ciudades; el mismísimo Francisco Bilbao no podría estar más que satisfecho y orgulloso de ella, pues las semillas de la Sociedad de la Igualdad estaban dando sus frutos más nobles. La historia de Chile se puede —y se debe— escribir desde abajo; en este caso, desde las manos de sus profesores y profesoras. Cuánta razón tenía Carlo Ginzburg al rescatar a los actores anónimos de la historia y no solo a las personalidades políticas. Finalmente, a Teresa Prat, Brígida Walker e Isabel Bongard les debemos la educación laica femenina, una causa por la que tantas batallas emprendieron para secularizar el alma del Estado.
Avanza el tiempo
La primera vez que se celebró a los profesores de nuestra patria fue un 11 de septiembre —pero en circunstancias muy felices— en la primavera de 1943, bajo la magistratura del presidente radical Juan Antonio Ríos. Este mandatario, de origen humilde pues perdió a su padre a los cinco meses de vida, al momento de instaurar tan merecido reconocimiento advirtió que los profesores son promotores esenciales del progreso e impulsores de la libertad. Dejar de lado a Gabriela Mistral, si de educación se trata, sería un pecado difícil de perdonar. Lucila —toda una eminencia mundial— no se dedicó a los discursos para la galería ni a la autocomplacencia; nuestra poetisa comenzó educando al pueblo, al mundo rural, a la mujer, al obrero y a la obrera. Incansable reformadora del sistema educacional mexicano, su Premio Nacional de Literatura fue merecido con creces, aunque tardío; luego, el galardón del Premio Nobel no hizo más que confirmar a Mistral como una de las mentes más brillantes e inteligentes del siglo pasado.

«Gobernar es educar», pregonaba Pedro Aguirre Cerda en alusión a la frase de su maestro, el también radical Valentín Letelier, quien la inmortalizó en un discurso frente al presidente Balmaceda. Haciendo eco real de este lema, concentró sus mayores esfuerzos en la educación del pueblo, pues sabía que la gente podría vivir mejor si lograba un mayor acceso a una enseñanza de calidad. Es ahí, en aquel gobierno, donde los profesores pasaron a ser referentes reconocidos como verdaderas autoridades populares. «Don Tinto» edificó unas 500 escuelas y el nivel de matrículas aumentó en 60.000 nuevos alumnos, además de mantener una estrecha amistad con Gabriela Mistral, con quien consultaba temas educativos fervientemente, pues la respetaba profundamente como mujer y como profesora. Finalmente, fue él quien formuló el proyecto de ley para el Premio Nacional de Literatura.
Epílogo
¿Faltaron nombres, instituciones y leyes en este recorrido? Muchas, cientos. Pero las profesoras y profesores, ahora mismo, las encarnamos día a día. Más allá de los nombres ilustres que nos anteceden, cada maestro, en la intimidad de su sala, es un héroe si se propone marcar vidas con un sentido ético en su quehacer profesional; es ahí cuando encarnamos nuestra rica historia pedagógica nacional.
Ser profesor en los tiempos que corren es cada vez más desafiante por múltiples motivos. Estos parten, por ejemplo, por el costo de la vida en Chile, cada vez más alto en comparación con un sueldo inicial que no permite a los nuevos docentes vivir con total dignidad. Por lo mismo, es legítimo que nuestros jóvenes lo piensen mucho antes de estudiar pedagogía (se estima que para el 2030 habrá un déficit de 30.000 profesores). Sabiendo esto, el problema se puede empezar a subsanar; solo se requieren voluntades para apostar por esta inversión humana. ¿Habrá un mejor costo de oportunidad que este?
Hay, además, una crisis ética y social donde los educadores no son del todo respetados, y un buen grupo de estudiantes de pedagogía puede no estar preparado para trabajar bajo una presión tan extrema, especialmente cuando ven que algunos de nuestros colegas han sido baleados o golpeados. Existe, sin lugar a dudas, un agobio laboral permanente, pues sencillamente no hay un equilibrio entre las horas frente a curso versus el tiempo para la preparación adecuada de una clase y la atención de apoderados cada vez menos vinculados con la escuela. La corrección de evaluaciones y la confección de material fuera de horario, sumadas a la exposición permanente en las redes sociales cuando cometemos alguna falla, es una de las causas más preocupantes en el deterioro de la salud mental del gremio. Por lo demás, el Mineduc repite el concepto de «transversalidad» hasta el cansancio, pero nada lo es en la realidad: hay asignaturas consideradas poco importantes, algunas que han desaparecido y otras con muy pocas horas. Como un ejemplo real y tangible, el sueldo de una educadora de párvulos es distinto al de un profesor de enseñanza media. ¿Por qué no es transversal entonces la retribución? ¿Qué pecado cometieron las educadoras? ¿Acaso no están entregando su vida frente a un curso?
Un pequeño párrafo para los futuros profesores: no tengan miedo, no se dejen llevar por los tontos prejuicios; ustedes serán el sustento del país y tendrán la hermosa responsabilidad de mejorar aquellos ámbitos de la educación que nosotros no fuimos capaces de cambiar. Faltan docentes ahora mismo y, en esta era de la IA, nada reemplazará jamás el cariño, la clase bien preparada, el abrazo bien merecido o las lágrimas en los ojos cuando un tema emocionante cala profundo en el corazón de la sala de clases.
Existen múltiples oportunidades de mejorar el panorama, y es ahí donde los sostenedores, directores, jefes técnicos del Mineduc y los líderes del sector privado deben trabajar con ahínco. Al final del día, hay recompensas que pocos ven en la sociedad, pero que los profesores sí advertimos con el alma. Es cuando los alumnos se van felices a sus casas; es cuando un sincero apretón de manos o un abrazo expresa, de forma explícita, un agradecimiento infinito. En el Día del Profesor, durante este mes, y a nuestros lectores en la era de la IA —donde la información está a un solo clic de distancia—, les propongo recordar a ese docente que los marcó y, simplemente, llamarlo por teléfono o dejarle un mensaje; tengo la certeza de que podrán encontrarlo con rapidez. Con seguridad, ese pequeño gesto le dará más fuerzas para seguir educando. ¡Feliz día y salud!
*Álvaro Vogel Vallespir, historiador y profesor, colaborador permanente del elmaipo.cl
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