Del Imperio Romano al Puerto de San Antonio. Las reliquias de Santa Feliciana: ¿mito o realidad?. Por Álvaro Vogel Vallespir

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El sobrino nieto de Julio César —Julio fue el último magistrado al mando de la República Romana— no tenía reparos en la magnanimidad y la grandilocuencia del legado que quería perpetuar para Roma (la famosa romanización). Por ende, toda consolidación terrenal empieza con él. “Quiero que me recuerden así”, dejaba por escrito César Augusto en su famosa prosa escrita en piedra, el Res Gestae Divi Augusti, levantada frente al Campo de Marte, donde también erigirá su mausoleo dando una muestra firme de su mandato. Fue el primer emperador romano que va a visualizar la Pax Romana de una forma pragmática: avanzar sin miramientos.

Pese a lo anterior, este vasto imperio —de pronto difícil de manejar— deberá convivir con una nueva tradición religiosa, el cristianismo, nacida en las provincias romanas orientales con el sincretismo de otras religiones más longevas que provenían de Judea y los Balcanes griegos. Pero no será hasta Constantino el Grande, tras el Edicto de Milán, que esta nueva fe monoteísta podrá progresar de manera abierta hasta ser un paradigma consolidado en Occidente, con sendos aportes eclécticos que van desde Justiniano, Carlomagno y los Reyes Otones del Sacro Imperio, pasando por cismas fundamentales que remecieron la cristiandad.

En medio del devenir imperial tras el poder de Septimio Severo, en el año 203 morirá, tras un martirio al aire libre, una esclava del norte de África (Túnez hoy). Esta mujer, que será un símbolo de resiliencia, fue regalada al hijo del emperador para ser llevada a la arena de Cartago, donde se celebró una ejecución pública para el regocijo de la plebe y como mensaje explícito de escarnio hacia los nuevos cristianos. “Nadie podía socavar la religiosidad politeísta aún”, decían los romanos de forma implícita en las matanzas de sus circos.

Este martirio repercutirá en el recuerdo atemporal unificador de la devoción católica en la figura de Santa Feliciana (adaptada a la jerga chilena del siglo XIX); ya el nombre real es Felicidad o Felicitas para la curia latina. Pero, aun así, hay un manto de misterio enorme, pues su cuerpo fue sacado sin muchos registros fiables desde su tumba. ¿Será el mismo? Luego fue repartido por varios lugares, como solía hacerse en los orígenes del cristianismo con las ropas de los ajusticiados creyentes.

En un salto histórico, parte de sus restos —desmembrados en el circo cartaginés— descansan hoy en el Puerto de San Antonio (del Mare Nostrum al Océano Pacífico), precisamente en la iglesia de San Antonio de Padua, en una iluminada vitrina. ¿Cómo llegaron desde las catacumbas romanas hasta nuestro país? En la columna de hoy trataremos de relatar aquel largo viaje de siglos.

El anfiteatro de Cartago

Si de arquitectura se trata, el anfiteatro de Cartago (norte de África, a las afueras de Túnez) era uno de los monumentos colosales más imponentes de la antigüedad. Estaba sobre la base de una estructura plana, lo que no era lo usual en ese momento del Imperio. Descomunal, con capacidad para más de 30.000 personas excitadas por los juegos, esta obra fue ejecutada bajo la mano del famoso e inexorable Julio César para la inmortalidad de su legado.

Anfiteatro romano de Cartago Túnez.

Felicidad —así se llamaba esta mujer de 22 años de buena familia, aunque podría ser menor— se encontraba prisionera en las tierras cartaginesas con una compañera también cristiana que se llamaba Perpetua. Ambas mujeres estaban acompañadas por más cristianos que serían ejecutados ese mismo día; empero, harían una excepción con ella, pues estaba embarazada de ocho meses y la ley, irónicamente, concedía la gracia del perdón, aunque reglón seguido luego del parto fuera ejecutada. Sin embargo, ella quería dar testimonio de su fe junto al grupo de cristianos y, según la tradición, se le adelantó milagrosamente el nacimiento de su hijo en prisión al octavo mes de gestación. Fue llevada al centro del coliseo el 7 de marzo del 203. En los agravios sufridos, fue gravemente herida por la embestida de unos toros y las vacas sagradas, como se les decía entonces. Aun así, se afirmó de la mano con su compañera Perpetua, dando una muestra de humanidad. En el centro de la arena, los soldados romanos les cortaron el cuello como a una víctima más.

Martirio de Felicidad.

Para el año 200 d. C. y las siguientes décadas, los martirios recién comenzaban y aún no había una postura clara en el dogma de los primeros escritores cristianos sobre la santidad respecto a esas muertes en nombre de la fe. Fue Tertuliano, hacia el 240 d. C. —220 según otras fuentes—, quien comenzó a proponer la santidad en estos casos. Este primer teólogo proponía en su obra Apologeticum (o Apología) que la sangre de los mártires era la semilla de los cristianos. En esa época las persecuciones masivas aún no llegaban a un clímax como en la era de Diocleciano, el mismo emperador de la Tetrarquía, lo que sería el comienzo del fin antes de la división de los dos imperios.

En síntesis, el martirio de Felicidad (Felicitas) está documentado en los sesudos textos de San Agustín de Hipona. Desde el siglo IV se comienza a nombrar su martirio en las misas para su eterno recuerdo. Es tan importante su figura que en la basílica de Maiorum, a las afueras de Cartago, aún se puede leer su nombre:

«HIC SVNT MARTYRES

SATVRVS SATVRNINVS

REBOCATVS SECVNDVLVS

FELICIT» PERPET» PAS» NON» MART»»

Viaje a Chile por mar

Hay que contextualizar de forma breve que la religión en América no fue una tarea sencilla de introducir por parte de los peninsulares y algunas órdenes religiosas, ni menos de lograr una creencia inmediata, ya que los distintos grupos prehispánicos —en Chile no será la excepción— tenían cosmovisiones arraigadas y de profundo equilibrio con la naturaleza. Por lo tanto, la nueva religión católica deberá hacer algunas concesiones para lograr un sincretismo; por ejemplo: vírgenes mestizas, él Cristo indígena, algo de tenebrismo barroco en las imágenes de santos, la figura del triángulo (el cerro) y prácticas populares como La Tirana o la Noche de San Juan.

Empero, comenzaron con nuevas estrategias al fin de la edad media: sacar a los santos del Vaticano, abrir las catacumbas y repartir sus restos por distintos lugares, acercando la vida de estas personas al pueblo. Así, estos relicarios marcarán el inicio de las “mandas” como acto de fervor popular. Por ejemplo, en el Santiago colonial nos encontramos con la fidelidad que se mantiene hasta el presente en la figura del venerable Fray Pedro de Bardeci en la iglesia de San Francisco. Este fraile levitaba (se presumía) y la gente le rogaba por la cura de sus enfermedades.

En la época colonial, las reliquias son los restos venerados del cuerpo de un santo —en el caso de las que están en San Antonio, restos óseos—  se interpretan analógicamente como el santo mismo, por lo cual las plegarias y el tacto se dirigen a ellas como si se dirigieran al santo en persona. Una comparación posible es quizás la Sábana Santa de Turín, pero ese es un largo tema.

No obstante, la historiografía, las actas y los registros en Chile son escasos sobre la llegada de estos restos, y hay una suerte de silencio al respecto. Sobre el osario de la santa en cuestión, solo Vicuña Mackenna hace una mención efímera de su presencia en la Catedral de Santiago. Su relicario fue traído por mar hasta este rincón del mundo. Una de las consecuencias del Concilio de Trento —a raíz de la Reforma— fue la reafirmación de la legitimidad del culto a las reliquias. Roma comenzó a distribuir generosamente los tesoros de las catacumbas por todo el espacio de la cristiandad, política que continuó hasta bien entrado el siglo XIX.

En definitiva, los restos de esta santa fueron depositados en la Catedral de Santiago con toda la pompa religiosa del caso.

¿Cómo llegaron a San Antonio?

En realidad, existe una documentación precaria y las bases son más específicas en el relato oral que en el escrito —lo que no es malo tampoco, porque el patrimonio hablado es una rica herencia cultural por medio del lenguaje como diría Jurgen Habermas—. Sin embargo, es necesario comparar este sentir popular con algunas fuentes oficiales de la Iglesia. La llegada definitiva de las sagradas reliquias de Santa Feliciana al litoral central de Chile constituye un hito en esta devoción costumbrista, la cual suele estar más asociada a iglesias más grandes que la de San Antonio de Padua en el puerto.

Según consignan los registros de la investigación de historia urbana, los venerados restos de esta mártir del año 203 d. C. —custodiados originalmente en una vitrina bajo el altar de la Catedral de Santiago— gozaban de una fervorosa piedad popular santiaguina durante el siglo XIX. Aunque, como vimos, Vicuña Mackenna habla muy poco de esta santa, quizás no era tan popular como creemos o como las fuentes dicen, sobre todo con las disputas en la capital que buscaban la separación de la Iglesia con el Estado o con enconadas disputas como fue el caso de la “Cuestión del Sacristán”.

Ahora bien, el destino de la santa cartaginesa dio un giro histórico a mediados de la década de 1930. Fue en ese período cuando Monseñor José María Caro, como arzobispo de Santiago, facilitó y autorizó el solemne traslado de la urna hacia el pujante puerto de San Antonio, aunque había un antecedente previo poco estudiado que sitúa un intento de traslado en 1918.

Parroquia de San Antonio de Padua, de la ciudad puerto de San Antonio.

Esta valiosa concesión se consolidó gracias a la incansable gestión del Padre Abel García-Huidobro, un emblemático párroco de la Parroquia San Antonio de Padua, cuya amenaza de un nuevo traslado de regreso a la capital forzó a la comunidad a asegurar el resguardo definitivo de la santa. Como bien rescata el reciente microdocumental Patrimonio Oculto, producido por la Diócesis de Melipilla (o su Departamento de Cultura), la imagen yacente a tamaño real y los restos de la mártir pasaron a convertirse en un faro de fe costumbrista en la Avenida Centenario, uniendo para siempre la mística de la antigüedad romana con el corazón del pueblo pescador y portuario chileno.

Palabras finales

La Tierra es redonda, ¿qué duda cabe? Este largo viaje desde las catacumbas del Viejo Mundo, cruzando el océano por la ruta de Colón y de Vespucio —o la de los vikingos— hasta el hermoso puerto de San Antonio, nos relata una historia atemporal de sincretismo que va desde los orígenes del cristianismo primitivo, pasando por los Padres de la Iglesia, hasta el asentamiento definitivo de la religiosidad en la Edad Media. El cristianismo no estuvo exento de cismas que lo fracturaron, quizás ya desde la Querella de las Investiduras, pero con seguridad como respuesta a las reformas de Lutero. Posterior al Concilio de Trento, los restos de santos pretendían unir nuevamente la religiosidad popular extraviada.

Los sanantoninos pueden estar orgullosos de poseer una iglesia que supera los 125 años y, en su interior, albergar algunos restos óseos de esta mujer que perdió la vida en el coliseo de Cartago, siendo un referente espiritual colectivo para los creyentes del sector. Un abrazo a los habitantes de esta hermosa comuna.

*Álvaro Vogel Vallespir, historiador y profesor, colaborador permanente del elmaipo.cl

El Maipo

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