La columna de hoy busca reflexionar respecto a “algunos” acontecimientos del momento, posteriores y a largo plazo a raíz del “descubrimiento” y conquista de América.
¿Por qué algunos?
Sencillamente porque son cientos los dilemas, dicotomías y puntos de vista sobre este hito que es quizás el más documentado en la historia de la humanidad. Por supuesto hay más dilemas históricos importantes tales como las revoluciones neolíticas y francesa, el nacimiento de Cristo y la era de la IA. En definitiva, haremos una breve muestra que agrupa a un gran tronco de culturas.
De forma tradicional, la historiografía trata —o solía tratar— este tema como un choque cultural donde las cosmovisiones eran antagónicas y excluyentes, quedando solamente una: Europa y el cristianismo. Sin embargo, la etnohistoria ha sido reveladora en cuanto al nuevo tratamiento de las fuentes. Hoy recordaremos a algunos pueblos que tuvieron que modificar el curso de sus historias para seguir persistiendo; otros, en tanto, desaparecieron para siempre. Estoy seguro de que esta pequeña muestra a modo de homenaje incluye a todos los pueblos precolombinos que fueron sincretizados; además, los que aún persisten —ojalá sus representantes— puedan recordar a las nuevas generaciones su rica historia cultural que engrandece la diversidad de nuestro continente.
Selk’nam al sur del mundo: su persistencia pese al cuasi exterminio
Este fue, quizás, uno de los momentos más tristes para los pueblos originarios en nuestras tierras nacionales —junto con la mal llamada Pacificación de la Araucanía—. En la actualidad, existe una agrupación de 1444 personas que se sienten identificadas o tienen lazos sanguíneos con los Onas, aunque, por supuesto, han sido asimilados y no mantienen las mismas costumbres del pasado. En el 2023, el Estado de Chile, bajo una ley de la república y luego de un largo análisis entre antropólogos, historiadores y estudiosos, otorgó a los descendientes vivos y al propio legado del pueblo la categoría de «ser una etnia reconocida por el Estado» (Ley 21606); la única abstención al proyecto fue la del excandidato presidencial Johannes Káiser, quien argumentó que este reconocimiento fractura la igualdad ante la ley y que su postura era una medida preventiva frente a la autodeterminación de los pueblos
El exterminio masivo de esta hermosa cultura fue un holocausto iniciado en el siglo XIX, amparado por los representantes del Estado de la época al actuar como agentes pasivos frente a los intereses extranjeros que querían, en definitiva, esas tierras para el pastoreo de sus ovejas. En consecuencia, este pueblo originario fue mutilado, violado y despojado de sus propios terrenos, los cuales les pertenecían por derecho ancestral desde hace unos nueve mil años. Los pocos sobrevivientes —niños, más que nada— fueron enviados a orfanatos de norte a sur del país, y ahí radican los 1444 parientes que hoy mantienen algunos rasgos, fugaces costumbres y recuerdos. Para terminar, el célebre Charles Darwin los consideraba seres inferiores, Fitz Roy añadía que eran caníbales, mientras que Diego Barros Arana les dedicó un párrafo completo lleno de adjetivos despectivos, rematando: «sin más móvil que la satisfacción de los apetitos animales de cada día, ocupa, como hemos dicho, el rango inferior de las agrupaciones humanas» (Historia general de Chile). Película recomendada: Los colonos (2023), del director Felipe Gálvez.

Los taínos y el suicidio colectivo
El sol salía nuevamente por Centroamérica en los valles, en la isla de La Española y sus tierras adyacentes, pero no había ruido ni bullicio de hombres trabajando o transitando. El pueblo sometido a las encomiendas, al martirio y al trabajo brutal de los lavaderos de oro para aplacar la codicia española prefirió abrazar la muerte antes de ver a sus hijos condenados. Esta determinación ocurrió entre 1493 y 1520; ya en 1565 solo quedaban 200 indígenas puros, y hoy no existe ninguno.
Aldeas enteras, rotas por la desesperanza y una profunda orfandad espiritual, pactaron una última noche de libertad: padres, madres y ancianos se miraron a los ojos y se despidieron con los cantos mudos de sus ancestros y, en un acto de huelga reproductiva y resistencia desesperada, bebieron en masa el veneno letal de la yuca brava o se colgaron de las ramas de aquellos árboles que alguna vez consideraron sagrados. Fray Bartolomé de las Casas, quien transitó desde ser un ávido conquistador hasta convertirse en el hombre piadoso que denunció las más horrendas matanzas, fue testigo directo de la desaparición de un millón de taínos; incluso el más frío e imperturbable de los cronistas de Indias —Gonzalo Fernández de Oviedo— se asombró y consignó que no quedaban más de mil almas. El descubrimiento, en este caso, fue una muestra de intolerancia, de poca inteligencia y la peor expresión de la cultura española. Lectura sugerida: Los taínos: Auge y decadencia del pueblo que recibió a Colón, por Adam Barr.

Los guaraníes y las misiones jesuíticas del Paraguay
Acá estamos frente a una dicotomía con respecto a otras órdenes religiosas (e incluso a estos mismos religiosos) que se instalaron en América a evangelizar según los mandatos de las bulas papales, pues este es un ejemplo único de la labor evangelizadora – bien pensada- a largo plazo ejecutada por los seguidores de San Ignacio de Loyola. Antes de las misiones jesuíticas, los indígenas guaraníes vivían en el sector del Paraguay (la zona fronteriza de los ríos donde se encuentran las famosas cataratas del Iguazú) de forma ancestral; vale decir, en tribus —más de 30 pueblos— con su cosmovisión sencilla y sus usanzas milenarias: recolección de frutos, animismo, caza, etc. Ese equilibrio mutó hacia un sincretismo junto con los nuevos hábitos introducidos por la Compañía de Jesús.
La labor pasó primero por un componente arquitectónico: la creación de casas en hileras para familias nucleares, buscando reemplazar las chozas comunitarias de 300 o más personas para concentrar también el concepto de matrimonio monógamo bajo los cánones del catolicismo como dogma. No fue sencillo, pero los jesuitas aprendieron el guaraní para poder interactuar y respetaron muchas de sus costumbres; fue un sincretismo muy bien planificado y no tan forzado como en México, donde la Catedral de la Ciudad de México está emplazada directamente sobre los templos aztecas (del Sol, del Viento y el mismísimo Templo Mayor). La señal en ese caso era inequívoca: «Acá mandamos nosotros». Es, en suma, un sincretismo forzado que se refuerza con el concepto de mestizaje biológico en términos actuales: violación corporal sin consentimiento.
Por ende, las misiones jesuíticas fueron un componente moderado, pensado y trabajado con un sentido ético único. Si bien el pueblo guaraní fue modificado de forma abrupta, la modalidad resultó ideal si la comparamos con otros episodios de la conquista, ya que estas misiones fueron muy empáticas con el legado cultural ancestral. Lamentablemente, los jesuitas no tuvieron el mismo comportamiento en sus misiones con los indígenas de Norteamérica. Recomendaciones: la película La misión (1986), de Roland Joffé, y para los lectores exigentes, La república de Platón y los guaraníes (1793, fuente primaria), de José Manuel Peramás.
La prisión de Moctezuma II
El retrato cotidiano de Moctezuma compartiendo juegos de azar —tanto mesoamericanos, como el totoloque y el patolli, como peninsulares— y tazones de cacao amargo con sus captores españoles evidencia un choque cultural descomunal que va mucho más allá de la simple sumisión o el mito. La narrativa tradicional ha pretendido explicar la caída de Tenochtitlan mediante la simplista e idílica leyenda de las profecías y el retorno de Quetzalcóatl (cuando los calendarios del Sol y del trabajo calzaban cada 52 años), un relato sembrado posteriormente por cronistas eclesiásticos y españoles que la historia tradicional desmiente y repite por igual. En realidad, la aparente docilidad inicial del emperador respondió a una estrategia deliberada para estudiar a un enemigo sin precedentes: un adversario con armas, animales y costumbres extrañas al que pretendía analizar antes de actuar, tal como lo demostrarían los eventos posteriores de la Noche Triste.
El verdadero desencadenante del colapso azteca radica en el profundo desgaste estructural y las fracturas internas que padecía Mesoamérica antes del desembarco europeo. El resentimiento de los pueblos sometidos por la tiranía azteca, asfixiados por tributos excesivos y un altísimo costo humano, encontró en las huestes de Cortés un catalizador militar para sacudirse el yugo imperial. Empero, la crucial mediación de doña Marina para descifrar esta fragilidad política permitió a los españoles aprovechar las divisiones previas y pactar con los pueblos rivales, demostrando que la caída del imperio no se debió al azar ni a factores místicos, sino a una hábil estrategia que explotó un sistema que ya pendía de un hilo. Por cierto, todas las muestras de pleitesía de los peninsulares fueron actuadas y nunca genuinas; al final, se adueñaron de todo.
Como vemos, los conquistadores españoles comandados por Hernán Cortés llegaron en un momento de fragilidad, pero la aprovecharon para aplicar el viejo lema de los reinos europeos: avanzar sin miramientos. Recomendaciones: las series Malinche (2018) y Hernán (2019), en Amazon Prime, ambas joyas históricas de la televisión mexicana.

Los inicios de la Guerra de Arauco1
Los mapuches tienen una historia extraordinaria desde todos los puntos de vista; sin embargo, dada su extensión, solamente exploraremos el tema de la Guerra de Arauco como punto de análisis sobre su fama de resistencia y el sincretismo en la vida fronteriza.
Los incas del Cuzco, bajo la dinastía de Huayna Cápac, extendieron sus dominios en distintos rumbos —que para Occidente son los puntos cardinales, pero para los incas no—; las tierras del sur (Collasuyo) fueron invadidas aproximadamente en el año 1470 (22 años antes que Colón y 66 antes que Almagro). En su paso por Chile, atacameños y diaguitas fueron incorporados al imperio como incas colonos en sus redes de mitimaes: es cosa de ver la cerámica para entender cómo fueron parte del imperio. Pero cuando se asomaron más al sur, el toqui Curiñancu, en la famosa batalla del Maule, hizo tambalear a unos 20.000 incas que, en definitiva, se devolvieron por donde llegaron y los llamaron los aukas o aukanes (rebeldes).
Este antecedente les sirvió en 1541 cuando los españoles se asomaron por el valle de Santiago: los mapuches ya se sabían el cuento de memoria y les plantaron una feroz batalla —era que no— un 11 de septiembre de 1541, destruyendo Santiago hasta sus cimientos. Aquel día, los mapuches iniciaron la Guerra de Arauco y los españoles comprendieron el hueso duro de roer que significaría convivir con ellos. Como epílogo, Chile constituyó su Primera Junta en 1810 y en 1818 consolidó su independencia, mientras que los mapuches aún eran libres en el Wallmapu hasta la malograda «pacificación». Recomendación: Algo habrán hecho por la historia de Chile, capítulo 2 (sobre el Mestizo Alejo).
Los últimos incas del Cusco
El colapso del Imperio inca no se originó de forma directa por la llegada de los españoles, sino por una crisis interna estructural que sirvió como el escenario propicio para su caída, donde los peninsulares dieron el golpe de gracia. Al momento del desembarco de Francisco Pizarro en 1532, el Estado incaico cargaba con las secuelas de una sangrienta guerra civil iniciada en 1529 tras la repentina muerte de Huayna Cápac y su heredero designado a causa de la viruela traída por los propios españoles (vaya armas letales que fueron las enfermedades). Este vacío de poder desencadenó una disputa sucesoria entre Huáscar, respaldado por la élite del Cusco (ya que era el hijo de la coya principal), y Atahualpa, apoyado por las facciones militares del norte. Como explica la historiadora María Rostworowski, el sistema andino carecía de una ley de primogenitura rígida, lo que hacía que cada cambio dinástico fuera inestable, dividiendo a la nobleza y avivando antiguos resentimientos en etnias sometidas como las huancas, cañaris y chachapoyas.
Por lo tanto, la victoria de la ínfima hueste española —que inicialmente apenas sumaba unos 168 hombres— no responde a un heroísmo militar, sino a su capacidad para actuar como el elemento desestabilizador del conflicto. Según el análisis de Waldemar Espinoza Soriano, los conquistadores supieron explotar estas profundas fisuras y resentimientos étnicos para convertirse en el catalizador de una masiva coalición indígena antiincaica. Con la captura de Atahualpa en Cajamarca en noviembre de 1532, los invasores neutralizaron el eje central de un sistema político teocrático y vertical; al instrumentalizar al soberano y designar incas «títeres», mantuvieron una fachada de continuidad institucional mientras las bases del poder andino se desmoronaban irreversiblemente desde dentro. Recomendación: Sucedió en el Perú: Los Incas de Vilcabamba (TV Perú, pública y gratis en YouTube).
Palabras finales
Con esta pequeña muestra, en este nuevo día de conmemoraciones en un continente mestizo, queda patente que el acontecimiento va más allá de recordar el momento en que Cristóbal Colón se baja de las carabelas y toca tierra. Podríamos haber reflexionado sobre otro gran tema: ¿fue Colón el primero? Pero el director del diario no tendría espacio, aunque quizás más adelante. El choque de los dos mundos fue inevitable, pues se trata de dos paradigmas distintos con momentos de distancias insalvables. El análisis con una temporalidad que sobrepasa el medio milenio de años es sencillamente complejo, pues la historia evoluciona, la metodología de investigación avanza y las lecturas de las fuentes no serán iguales. En medio de estos 500 años han aparecido otras ciencias auxiliares de la historia como la arqueología, la antropología y la etnohistoria, que vienen a enriquecer los panoramas de comprensión del pasado visto desde el presente.
América Latina está llena de vestigios del pasado; en algunos países hay mayor énfasis que en otros sobre el estudio y la conservación de su periodo prehispánico, así como también tolerancia y respeto por la historia indígena.
Hoy recordamos a todos los pueblos y guardamos unos momentos de silencio por los mapuche caídos en el periodo de esclavitud legal que eran enviados a las minas o al servicio doméstico en el norte de Chile; por los miles de muertos enterrados en las entrañas de la tierra en las terroríficas minas de Potosí, trabajando en condiciones inhumanas para sostener la economía europea —guerras mediante—, indígenas en su mayoría quechuas que también quedaron desaparecidos en medio de derrumbes.
Hoy hacemos silencio, además, por los cientos de miles de indígenas aztecas infectados por enfermedades en el brote —de rubéola— de 1545, donde murieron 15 millones de personas, lo que representaba el 90 % de su población, sufriendo hemorragias incontrolables en establos hacinados en las haciendas de los descubridores.
*Álvaro Vogel Vallespir, historiador y profesor, colaborador permanente del elmaipo.cl
El Maipo
- La oligarquía chilena nombró a estos territorios por medio un decreto, como provincia de Arauco y la Araucanía más al sur en el año 1852: Pablo Marimán, investigador de la Universidad Católica de Temuco.



