A 150 años del nacimiento de Mahatma Gandhi: sus luces y sombras ¿Puede variar su legado?. Por Álvaro Vogel Vallespir.

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Pocos personajes han sido tan relevantes —para bien o para mal— en la centuria anterior. Convengamos, además, que el siglo pasado fue la época de mayores contradicciones y dicotomías: por un lado, los cien años más violentos de la historia; por otro, la era de los grandes avances. La Gran Guerra tiene muchas causas bien estudiadas y documentadas; sin embargo, el comportamiento nacionalista de la mayoría de las naciones europeas occidentales fue, quizás, el detonante más notorio y el que más fracturas provocó en la geopolítica mundial, al punto de sumir en la pobreza a casi la totalidad de dos continentes: África y Asia. Al final, es legítimo cuestionarse si la actitud beligerante de las potencias occidentales no era más que un subterfugio para tapar las barbaries de sus aspiraciones imperialistas, buscando sustentar un capitalismo ávido de materias primas que Europa no poseía y que, por ende, debía extraer de los territorios antes mencionados.

La paz armada y el colonialismo imperialista provocaron, en definitiva, el despojo de los recursos básicos de las colonias y aumentaron la frágil dependencia de países como Sudáfrica e India. Empero, uno de los grandes errores de las metrópolis fue mirar en menos a las poblaciones locales, considerándolas inferiores. No contaban con que de allí surgirían mentes privilegiadas, poderosas y eminentes como las de Nelson Mandela, Jawaharlal Nehru, el propio Gandhi, Sukarno o Patrice Lumumba, además de tantos otros cuyos nombres nunca sabremos. La élite nativa, al fin y al cabo, demostró su fortaleza.

En este artículo nos detendremos en la figura archiconocida del «Alma Grande», el líder de la India que impulsó la autodeterminación de su nación sobre la base de la no violencia y del anarquismo filosófico. No obstante, ¿qué sentido tendría replicar su biografía? Trataremos, en cambio, de visualizar sus luces y sombras como el hombre de carne y hueso que fue: una personalidad con virtudes, pero también con errores, algunos de ellos muy cuestionables en el campo de la ética, el abuso y el racismo. Por ello, es un imperativo situarlo en su tiempo y en el contexto de las creencias orientales, sin caer en la indulgencia ciega por su puesto. Ciertamente, el análisis histórico hacia su persona siempre será un desafío un tanto subjetivo, ya que su figura y apreciación se transforman a medida que pasa el tiempo y surgen nuevas preguntas desde el presente.

En síntesis, aplicaremos la técnica de las Vidas paralelas de Plutarco, pero proyectada sobre el mismo personaje en dos dimensiones: luces y sombras, día y noche, blanco y negro.

Los aportes de Gandhi: de la marcha de la sal a la autodeterminación

Gandhi nunca perteneció al estrato popular; por lo tanto, tuvo que experimentar una evolución personal para acercar sus creencias y experimentos espirituales y filosóficos al pueblo hindú. Si lo comparamos con el paradigma occidental, el Mahatma era un burgués, pero tal analogía no es exacta ya que existía entonces —y aún existe— un complejo sistema de castas donde el «Alma Grande» pertenecía al grupo de los vaishyas (comerciantes y artesanos). De hecho, «Gandhi» significa «tendero o vendedor de esencias».

El Mahatma fue un intelectual y conocedor del boicot científico que decantaría en la no violencia. Hijo y nieto de políticos, estudió en colegios de élite y en la Universidad de Bombay, la cual luego abandonó; pero ya más maduro y seguro de sí mismo, estudió Derecho en Inglaterra (Londres). Comenzó a ejercer en Sudáfrica, donde se presentaron sus primeras contradicciones: primero, contra su familia acomodada; y luego, al dejar de manifiesto un racismo inicial contra la población negra, a la que consideraba inferior.

Pero vamos al punto central: «la no violencia» como método de coerción contra los británicos, que provocaría un desgaste en el Imperio hasta lograr una de las primeras independencias de la segunda posguerra. Para desarrollar este punto nos detendremos en la marcha de la sal. Esta caminata de cerca de 390 kilómetros le tomó casi un mes, trayecto en el que día a día se fueron sumando más adherentes hasta lograr un grupo compacto de miles de personas, provocando un descontento transversal. Empero, analicemos el contexto: la sal es un producto de consumo milenario, indispensable y cotidiano. Sin embargo, el monopolio era de los ingleses —en tierras de la India—, quienes gravaban su producción y distribución con porcentajes altísimos para los habitantes nativos, al punto de prohibirles su recolección y venta, mientras que los impuestos eran bajos para las empresas del Reino Unido. Como buen abogado, Gandhi le mandó una carta al virrey solicitando bajar los impuestos a la población más pobre, la cual, por supuesto, no fue contestada.

Entonces surge la marcha que fuerza el cambio, bajo un método pacífico que desafiaría todas las lógicas beligerantes de la época. Este hito, además, aportó a generar conciencia y a sumar voluntades, como lo fue posteriormente el boicot a los textiles británicos. Tras un mes de caminata, cuando ya los ingleses sabían de antemano que la movilización se había masificado, Gandhi llegó a la costa del mar Arábigo y, tomando un puñado de sal en sus manos delante de todos, pronunció una frase que pasaría a la posteridad: «Con este sencillo acto, sacudo los cimientos del Imperio británico».

En los meses siguientes, miles de personas tomaron un puñado de sal de manera pacífica, logrando que miles de manos se sumaran a la desobediencia civil, lo que derivó en el arresto de más de sesenta mil manifestantes. El 21 de mayo de 1930, una nueva marcha pacífica —en la que participó la famosa poeta de la India, Sarojini Naidu— fue brutalmente reprimida, provocando una conmoción mundial. Gandhi aprovechó su momento sumando huelgas de hambre y pasando a ser un héroe nacional, al punto de ser retratado en la famosa revista Time como el «Hombre del Año». A pesar de estar preso, logró ser invitado a Inglaterra para revisar el futuro político de la India y consiguió cambios en las leyes de la sal. Pero fue más allá y pidió la independencia en pleno 1930, recibiendo un portazo por parte de Winston Churchill, quien no solo le negó la solicitud, sino que además lo despreció. Con esta marcha, Gandhi puso en el tapete el derecho a la protesta.

Las sombras de Gandhi

En este apartado hay que tener una mirada lo suficientemente amplia para contextualizar los tiempos del pasado y las necesidades actuales, entendiendo la evolución y las perspectivas históricas; aun así, afirmar la santidad de Gandhi sería complejo y condescendiente. Por supuesto, nadie es perfecto y todos cargamos mochilas pesadas.

Nelson Mandela se inspiró en Gandhi en un comienzo para ejecutar sus protestas pacíficas, hasta que se dio cuenta de que, con la implementación del apartheid, a los gobernantes británicos y afrikáners poco les importaba la no violencia. Pese a esta inspiración inicial, cuando Gandhi ejerció como abogado en Sudáfrica —en ese entonces colonia británica—, siempre consideró inferior a la población negra. Toda su lucha se centró en separar a sus connacionales de la población autóctona sudafricana, a la cual se refería comúnmente con el concepto de kaffirs, un término profundamente despectivo hacia las personas de color. Una de las principales críticas de la historiografía marxista es justamente que el Mahatma no lideraba una lucha universal contra el racismo, sino que esta era puramente local, dejando fuera a otros sectores históricamente postergados. Quizás por eso nunca fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz, ya que su visión no integraba la diáspora y la opresión que vivían otras razas tan marginadas como la suya; en ese sentido, Mandela sí logró un reconocimiento universal.

No solo los historiadores marxistas lo critican; hoy la academia desde otras corrientes historiográficas (incluidos destacados biógrafos) también lo enjuicia con los ojos del presente. Pensadores del panafricanismo e intelectuales afrocentristas acusan soterradamente una «violencia discursiva» y un disciplinamiento cultural en su legado, argumentando que se forzó a las diversas identidades del subcontinente a encajar dentro de una matriz nacionalista exclusivamente hindú y de castas superiores.

Las relaciones sociales del presente están marcadas por cómo las entendemos, respetamos y valoramos. Por ejemplo, una relación sexual con un menor de edad será siempre reprobable y éticamente cuestionable. En Oriente, en tanto, los matrimonios infantiles han sido una costumbre —aunque cada vez más cuestionada por esos mismos países—. El abuso de poder y la pederastia son crímenes crueles, así como el maltrato físico. Si analizáramos el comportamiento sexual de Gandhi únicamente con los ojos del pasado en el paradigma oriental, muchos no pondrían mayor acento; pero como la historia se estudia desde el presente, su comportamiento resulta derechamente cuestionable. Su práctica del celibato incluía dormir desnudo con mujeres jóvenes —entre ellas, sus sobrinas y sus nietas— y tomar duchas con sus seguidoras para probar que no sucumbía a la tentación. ¿Lo logró? Por supuesto, no existen fuentes que aseguren una pureza absoluta.

Si de polémicas se trata, Gandhi sostenía que el deseo sexual en los hombres era incontrolable y que las mujeres eran las culpables, por lo que debían evitar provocar o insinuar. Al mismo tiempo, la palabra anticonceptivo no entraba en su vocabulario; por ende, la mujer no tenía derecho a planificar su familia. Su esposa, Kasturba, falleció tras una larga enfermedad debido a que el «Alma Grande» le negó tratamientos de la medicina occidental —como la penicilina, que era de fácil administración— argumentando motivos religiosos y éticos. No obstante, tiempo después, al contraer malaria, Gandhi sí aceptó de lleno a los médicos y los remedios de Occidente para salvar su propia vida.

Podríamos ahondar en más temas, pero en el fondo, era fundamental trazar este paralelismo para entender la compleja dimensión de la naturaleza humana.

Palabras finales

El legado internacional de Mahatma Gandhi es claro: fue el hombre detrás de la independencia y de la identidad nacional de su país. Desde el punto de vista político, lo más preciso sería señalar que los historiadores actuales se encuentran en un proceso de revisión y reflexión, lo cual es legítimo y sano.

Hoy en la India sigue siendo venerado como el «Padre de la Nación»; basta con tener billetes de rupias en las manos para ver su rostro una y otra vez. Cuenta con tres días feriados de profundo respeto por parte del país, y la carta magna de la India lleva su sello social y ético, donde sus preceptos aún se pueden leer. Su principio de la no violencia fue una fuente inspiradora para varios líderes del siglo pasado. Si dejamos de lado la rivalidad histórica con Pakistán y la compleja competencia geopolítica con China, la India actual no se caracteriza por ser un país beligerante. El legado de Gandhi parece seguir intacto en ese ámbito, cuya prueba más reciente ha sido su postura de neutralidad frente al conflicto entre Rusia y Ucrania.

¿Podrían quedar en el pasado las ideas de Gandhi? En el corto plazo no, pero a largo plazo sí. La India actual vive un fuerte auge nacionalista bajo el gobierno de Narendra Modi, un contexto donde Gandhi no siempre es usado como un referente filosófico y secular; a veces, su uso es puramente cosmético, reducido al recurso gráfico de la silueta de sus gafas. En paralelo, la figura de su asesino, Nathuram Godse, es vista con simpatía por sectores de la derecha radical, al punto de erigirle estatuas y calificarlo de patriota. Ciertamente, el patrón económico de autosuficiencia que promovía el Mahatma (el Khadi y la producción local) quedó en el pasado frente a una potencia completamente globalizada; sus ideas económicas hoy son solo nostalgia y nadie las practica. En los próximos cincuenta años, es probable que Gandhi ya no sea recordado masivamente como un líder moral o un ejemplo de santidad, pero sí seguirá siendo inamovible como el mito fundacional de su país y el gran estratega de la no violencia.

**Álvaro Vogel Vallespir, historiador y profesor, colaborador permanente del elmaipo.cl

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