Por Ana Cristina Alvarado
El Congreso chileno fusionó tres proyectos de ley en uno que apunta al control y, bajo ciertas condiciones, a la muerte de perros asilvestrados o ferales. Científicos consultados advierten que no hay evidencia de poblaciones completamente ferales en Chile ni se puede poner una línea entre lo feral y lo socializado.
Mientras en la Comisión de Agricultura de la Cámara de Diputados y Diputadas de Chile avanza un proyecto de ley que busca establecer medidas para capturar y controlar a perros asilvestrados y eximir de responsabilidad penal a quien actúe en defensa ante un ataque de estos animales, científicos cuestionan la categoría sobre la que se construye el proyecto y las soluciones propuestas.
“No sé si es el mejor enfoque porque la evidencia muestra que los perros que ocasionan mayor daño no son asilvestrados”, dice Darío Moreira, académico del departamento de Gestión Agraria de la Universidad de Santiago de Chile.

Los perros asilvestrados o ferales, aclara Moreira, conforman una categoría distinta a la del perro socializados, aunque se trata de la misma especie. Detalla que una de las mayores diferencias es que no tienen contacto con los humanos. “Hasta donde yo tengo entendido, no hay evidencia de poblaciones en Chile de perros que sean completamente ferales”, agrega.
Para Eduardo Silva, profesor e investigador de la Universidad Austral de Chile, “el problema de fondo es que en casi todos los casos hay un responsable humano detrás”. Es decir, en gran medida, canes que tuvieron o tienen tutor son los que atacan al ganado o a la fauna silvestre y no los llamados ferales o asilvestrados.
Por eso, a su parecer, la problemática podría solucionarse hasta “en un 80 % o 90%” al exigir tenencia responsable. Esto incluye la obligatoriedad de chips de identificación para perros, la prohibición de que los animales estén en las calles y la implementación de la “fiscalización estricta”.

A los especialistas les preocupa principalmente el impacto que estos animales tienen en especies nativas y amenazadas, que va más allá de los ataques. También se ha registrado desplazamiento de especies amenazadas y transmisión de enfermedades.
Además, entre 2011 y 2019, los perros fueron responsables del 68.3 % de las muertes por eventos de depredación de ganado registrados en Chile, de acuerdo con un estudio publicado a inicios de 2026 en la revista Ambio. Los pumas (Puma concolor), depredadores nativos, quedaron detrás con el 27 %.
Esta investigación, en la que participó Moreira, también halló que las regiones más afectadas son Magallanes, Los Lagos, Los Ríos, Aysén, La Araucanía y Biobío. Las ovejas fueron la especie más afectada, seguida por las cabras y las vacas.
Grises entre lo doméstico y lo silvestre

El perro es una de las especies de carnívoros más abundantes del planeta, por lo que el problema no es nuevo, explica Elke Schüttler, académica de la Universidad de Magallanes e investigadora asociada al Centro Internacional Cabo de Hornos.
Científicos empezaron a documentar las interacciones con vida silvestre hace unos 20 años y, más recientemente, usuarios de redes sociales han contribuido a visibilizarlas a través de la publicación de imágenes y videos. La situación se repite en otros países de Sudamérica y también de África y Asia, “donde la cultura es dejar a los perros en libertad de movimiento”, precisa la experta.
Schüttler ha trabajado en la isla Navarino, en el archipiélago de Tierra del Fuego, desde hace 15 años. Allí, donde no hay depredadores naturales y las especies no desarrollaron estrategias de defensa, los perros se convirtieron en el depredador tope, dice la científica. La isla es parte de la Reserva de la Biosfera Cabo de Hornos.

A pesar de que el pueblo indígena yagán ha vivido miles de años en el territorio, junto a los llamados “perros fueguinos”, llegaron muchas más mascotas cuando se instaló la base naval en 1953. “El alto flujo de personas y el libre movimiento de sus perros hizo que estos se acerquen al bosque”, cuenta la científica.
Así como sus colegas, no puede poner una línea clara entre los perros asilvestrados y los socializados. Tras realizar varios estudios, concluye que “hay un continuo” entre estas categorías. Pone el siguiente ejemplo: un perro de casa puede desaparecer semanas en el bosque, comportarse como perro silvestre obteniendo sus propios alimentos, pero después vuelve a casa con sus tutores.
También encontró casos en los que perros abandonados se alejan de la zona urbana, cazan especies nativas del bosque, forman manadas y tienen crías, pero después esas crías son adoptadas por campesinos que quieren evitar que ya de adultos ataquen al ganado.

En otro proyecto todavía en desarrollo, la científica y su equipo identificaron con cámaras trampa una serie de perros que se movían en el bosque. También levantaron una base de datos de mascotas de Puerto Williams, ya sean perros con tutores o callejeros. Contrastaron ambas bases de datos y, por descarte, encontraron los que consideran son perros asilvestrados.
Después indagaron sobre qué hábitat prefieren y encontraron que buscan la cercanía a poblados y estancias. Los expertos creen que esto se debe al mayor acceso a ganado, desechos y basura.
En el mismo proyecto hicieron análisis genéticos entre individuos asilvestrados y perros del pueblo. Encontraron que “la población asilvestrada no constituye un linaje genéticamente aislado, sino que forma parte de un sistema demográfico conectado en el que persiste flujo génico entre los distintos grupos de perros”, de acuerdo con el informe al que accedió Mongabay Latam.

Otro estudio les permitió corroborar, al analizar fecas, que el 64 % de la dieta de estos animales correspondía a vacas o caballo, el 14 % a castores (Castor canadensis) –una especie de Norteamérica introducida en Navarino– y el 10 % a aves.
Por estos grises en la categorización, las políticas chilenas orientadas a atacar a los perros asilvestrados “han fracasado”, opina Schüttler.
Impactos en la fauna silvestre

El investigador Eduardo Silva también es coordinador de Snapshot Chile, una iniciativa de monitoreo estandarizado de mamíferos. Cada año, entre octubre y diciembre, voluntarios y el organismo de Parques Nacionales colocan hasta 2000 cámaras trampa en todo el país.
El objetivo, dice Silva, es obtener una “foto anual” de la fauna chilena. Las capturas también revelan la presencia de especies no nativas, entre ellas, el perro. Aunque los canes aparecen a lo largo del país, su presencia es “muy preocupante” en áreas protegidas del norte, precisa.
Para el especialista, estos datos ayudan a corroborar que en espacios biodiversos “no hay menos perros” y que “las políticas [de control] no han sido efectivas”. “Prueba de ello es que en la mayor parte de las áreas que se han evaluado por largo tiempo, no tienen evidencia de que el problema se reduzca en el tiempo”, dice.

Darío Moreira, investigador de la Universidad de Santiago de Chile, está evaluando la presencia de estos animales en áreas protegidas y su impacto en la fauna nativa. De manera preliminar, detalla que se halló que los perros están entre las especies no nativas más frecuentes en el país, solo superadas por las vacas y las liebres, estas últimas ya naturalizadas en Chile.
En otros estudios, Moreira y sus colegas han observado que en presencia de perros de libre deambular, algunas especies de la fauna nativa modifican sus patrones de uso del espacio. El pudú (Pudu puda) –uno de los ciervos más pequeños del mundo–, el zorro chilote (Lycalopex fulvipes) y el zorro chilla (Lycalopex griseus) se excluyen de las zonas de bosque nativo usadas por perros o tratan de ser menos activos durante el día para no coincidir con ellos por sus hábitos diurnos.
El patrón de actividad diurna de los perros también coincide con el de especies como el huemul (Hippocamelus bisulcus) y el guanaco (Lama guanicoe), lo que expone más a estas especies nativas a los ataques, dice Moreira.


“Prácticamente todos los mamíferos de mayor tamaño corporal en el país tienen evidencias de ataques por perros”, añade Silva. Esto incluye al gato colocolo (Leopardus colocolo), la güiña (Leopardus guigna), el pudú, el zorro chilote, el huillín (Lontra provocax) y el chungungo (Lontra felina).
En un proyecto recientemente finalizado, pero todavía no publicado, en el que se colocaron radiocollares a zorros en zonas urbanas y rurales de Valdivia, la mayoría de muertes registradas fueron causadas por perros, relata Silva. En la zona urbana, la totalidad de los casos, con y sin collar, correspondió a ataques de perros. Se documentaron siete casos desde 2024 en el sector Isla Teja en Valdivia.
Algunos de los atacantes fueron identificados en terreno como perros comunitarios. En ninguno de los casos hubo consumo de la presa, un comportamiento común en carnívoros que matan por competencia del espacio y no por alimentarse.

Silva y Moreira también alertan sobre los riesgos sanitarios. En el pasado ya se ha obtenido evidencia de zorros con sarna transmitida por perros. El distemper canino y el parvovirus son otras dos amenazas, pues se mantienen en poblaciones urbanas de perros conectadas con fauna silvestre. Especies como los zorros podrían contagiarse.
Tenencia y turismo responsables
En la isla Navarino, una investigación liderada por Elke Schüttler encontró que la mitad de los 37 perros monitoreados con collares GPS superaron los 500 metros del borde urbano y el 13.5 % realizó excursiones a más de 10 kilómetros del hogar, según la investigadora
La isla alberga el circuito de trekking más austral del mundo, donde turistas han filmado y difundido en redes sociales encuentros con perros. A la científica le preocupa el impacto de una manada de perros sobre especies nativas como el guanaco.

En un estudio publicado en 2022, junto a su equipo determinaron que los turistas actúan como vectores que facilitan el ingreso de perros a la naturaleza. A través de cámaras trampa y cuestionarios confirmaron esta interacción. Después, en una investigación publicada en 2025 encontraron que el estímulo principal que hacía que los perros siguieran a los turistas fue la comida. A partir de estos hallazgos, Schüttler propone diseñar políticas para concientizar a los turistas.
En una investigación mediante collares de posicionamiento satelital y un experimento de apego observaron que los animales con alta conducta exploratoria y bajo interés en la presencia del dueño se alejaban más. Por eso, las políticas deben dirigirse a los tutores, afirma Schüttler. Junto a su equipo encontraron que fortalecer el vínculo ayuda a que los perros sin restricción de movimiento no se alejen tanto de su hogar.
La científica, de origen alemán, identificó además un factor cultural. En Chile, dice, los perros pequeños suelen estar dentro de casa, mientras que los grandes afuera, lo que debilita el vínculo. Para la científica, la estrategia más efectiva es fomentar la tenencia responsable a través de diferentes vías de sensibilización, no solo multas.

En sus estudios, Silva ha observado algo en la misma línea. Atribuye la presencia de perros en zonas rurales, áreas protegidas y zonas urbanas con fauna silvestre a la tenencia irresponsable. En la mayor parte de las áreas protegidas que ha analizado, la mayoría de los animales identificados tienen tutor. Recalca que existen excepciones donde es probable que no tengan propietarios.
Para Silva, el debate sobre el control letal versus la tenencia responsable pierde de vista el punto central: “Ninguna estrategia va a funcionar si las mascotas no permanecen dentro de sus propiedades”. Enfatiza que los países con programas exitosos de manejo poblacional de perros son estrictos respecto al libre deambular.

Moreira coincide e insiste que a esto se suma la exigencia del registro del animal y el uso del chip vinculado a un humano, como herramienta para fiscalizar a los tutores. También son importantes, dice, la obligatoriedad de esterilización, desparasitación y vacunación a las mascotas.
Finalmente, aunque es una postura muy criticada por ciertos sectores, Moreira y Schüttler consideran que en las áreas protegidas y zonas donde habita fauna nativa no debería haber perros, lo que implica tomar medidas para su retiro siempre bajo los estándares de bienestar animal más altos.
*Imagen principal: diversos estudios con cámaras trampa han confirmado la presencia de perros en los bosques de isla Navarino. Foto: cortesía Elke Schüttler
Nota del editor: el título de este artículo se modificó el 21 de septiembre para reflejar mejor el espíritu de la nota.
El Maipo/Mongabay




