El 20 de septiembre de 2006, Hugo Chávez subió a la tribuna de granito de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Un día antes, desde ese mismo lugar, había hablado el presidente de los Estados Unidos, George W. Bush. Chávez se persignó, dijo que el recinto todavía olía a azufre y la sala estalló en risas y aplausos. No era el discurso que Chávez había pensado dar originalmente, sino el resultado directo de la profunda indignación que le causó escuchar a Bush hablar como si fuera dueño del mundo. Los grandes medios del Norte se quedaron con la frase del azufre y han intentado caricaturizarla. Pero es el resto de su intervención, lo que continúa plenamente vigente, 20 años más tarde.
Chávez llegó a la Asamblea General con un libro en la mano, Hegemonía o supervivencia, de Noam Chomsky. Su advertencia era sencilla pero fulminante: la pretensión de los Estados Unidos de dominar el mundo ponía en riesgo la supervivencia misma de la especie humana. En ese momento, tropas estadounidenses ocupaban Irak. Pocas semanas antes, Israel había bombardeado el Líbano con la protección diplomática de Washington. En las capitales del Norte Global todavía se celebraba el “fin de la historia”, la idea de que el capitalismo liberal era el horizonte definitivo de la humanidad. Chávez dijo que esa tesis se había demostrado falsa en apenas una década, y que ahora había que definir el futuro del mundo.
Veinte años después, hundidos en una crisis sistémica aún mayor, podemos ver que cada frase del discurso de Chávez sigue siendo relevante.
De la hegemonía al hiperimperialismo
En 2006, los Estados Unidos parecía un imperio en la cima de su poder. Hoy es un imperio en declive relativo, y por eso más peligroso. El Instituto Tricontinental de Investigación Social ha llamado a esta nueva etapa hiperimperialismo: un imperialismo ejercido de forma exagerada y agitada por una potencia que compensa la pérdida de su hegemonía económica apoyándose en los dos terrenos donde todavía domina, la guerra y el control de la información.
La hegemonía de un imperio suele perderse en tres etapas: primero en la producción, luego en las finanzas y al final en lo militar. Los Estados Unidos ya perdió la primacía productiva: China es hoy la mayor economía del mundo medida por paridad de poder adquisitivo. El reinado del dólar empieza a ser cuestionado y muchos países están optando por transacciones en sus propias monedas. Pero la supremacía militar sigue intacta. El bloque liderado por Washington agrupa cerca de 50 países y concentra alrededor de tres cuartas partes del gasto militar mundial. Los Estados Unidos mantiene alrededor de 900 bases militares en el extranjero. Más de uno de cada cuatro países del planeta vive bajo sus sanciones.
Un imperio que declina en lo económico y conserva sus armas está tentado de resolver su declive por la fuerza. La disyuntiva que Chávez tomó de Chomsky, hegemonía o supervivencia, se ha vuelto literal. La guerra permanente y la catástrofe climática amenazan hoy las condiciones mismas de la vida.
El veto y la ONU que no funciona
La parte menos citada del discurso fue quizá la más profética. Chávez afirmó que el sistema de Naciones Unidas nacido tras la Segunda Guerra Mundial había colapsado. La Asamblea General se había convertido en un espacio meramente deliberativo, sin capacidad de cambiar la terrible realidad del mundo. En aquel entonces, Chávez planteó cuatro propuestas concretas:
Primero, ampliar el Consejo de Seguridad para incluir a países del Tercer Mundo como miembros permanentes. Segundo, crear métodos transparentes de resolución de conflictos. Tercero, eliminar el veto, y cuarto, fortalecer la Secretaría General.
Su ejemplo fue el Líbano: un veto estadounidense había permitido que el país fuera destrozado ante los ojos del mundo. Lamentablemente, en dos décadas, la fuerza de la ONU para evitar las guerras y los genocidios se ha mermado progresivamente. Ese mismo mecanismo criticado por Chávez ha permitido un nuevo genocidio en Gaza. Esa inacción del multilateralismo permitió el secuestro del presidente venezolano en funciones. Sin embargo, la conclusión no es abandonar la ONU, sino disputarla.
El debate sobre una “multipolaridad” que reproduzca la rivalidad entre grandes potencias es insuficiente. Lo que el Sur necesita es un multilateralismo verdadero, que defienda la Carta de Naciones Unidas como patrimonio común de los pueblos del mundo. Es la misma Carta sobre la que se levantaron, en 1955, los diez principios de la Conferencia de Bandung.
“Somos hombres y mujeres del Sur”
Chávez no llegó solo a Nueva York. Venía de La Habana, donde más de cincuenta jefes de Estado acababan de relanzar el Movimiento de Países No Alineados. “La Habana fue capital del Sur durante una semana”, dijo. Y luego añadió una frase que resume una identidad política: “nosotros somos hombres y mujeres del Sur”.
El Sur Global no es un punto cardinal. Australia está en el hemisferio sur y pertenece al Norte; Cuba, Vietnam o Burkina Faso están en el hemisferio norte y pertenecen al Sur. Es una categoría histórica: son los pueblos de las antiguas colonias y semicolonias y los proyectos socialistas, cuya lucha por la soberanía todavía no ha concluido. Su peso ha cambiado. Hacia 2007, las economías del Sur superaron a las del Norte en paridad de poder adquisitivo, y en los últimos años pasaron a representar cerca del 60% del producto mundial. Los BRICS y la Iniciativa de la Franja y la Ruta han comenzado a crear algo que no existía en tiempos de Bandung: condiciones materiales para la cooperación entre los pueblos del Sur.
Pero, aunque hoy hay un nuevo estado de ánimo en el Sur Global, no hay todavía un espíritu de Bandung. En 1955, la fuerza de aquellos gobiernos venía de las masas organizadas que les impedían abandonar el programa de liberación. El discurso de Chávez fue precisamente eso: la voz del socialismo del siglo XXI latinoamericano, de pueblos que empujaban a sus gobiernos. Fue, para América Latina, una especie de Bandung desde abajo. Hoy, ese espíritu se enfrenta a una “marea furiosa” y necesita reconstruirse.
Pueblos, no gobiernos
Hay elemento fundamental en aquel discurso de 2006 que no podemos olvidar. Chávez distinguió entre el Gobierno de los Estados Unidos y su pueblo. Dijo que, si uno caminaba por el Bronx o por San Francisco, encontraría gente que quiere la paz. La clase trabajadora del Norte, empobrecida y golpeada por la desindustrialización, no es enemiga de los pueblos del Sur. Es una aliada posible. Especialmente hoy cuando es perseguida por un renovado macartismo que ve el terrorismo en quienes alzan su voz por la justicia social.
Cuando Bush acusó de extremistas a quienes se oponían a su guerra, Chávez respondió que no se trataba de extremismo: el mundo estaba despertando y por todas partes insurgían los pueblos. Hoy la agresión tiene múltiples formas. Toma el rostro acciones militares, del lawfare, de medidas coercitivas unilaterales o de la confiscación de recursos nacionales. Pero su objetivo sigue siendo el mismo: disciplinar a cualquiera que ensaye un camino soberano.
El futuro no llega solo, debemos organizarlo
El discurso cerraba con una nota de optimismo. Chávez decía que había un amanecer en el planeta, visible en América Latina, Asia y África. Veinte años después, ese optimismo exige una precisión. El futuro no es una fecha en el calendario, sino una ruptura que hay que construir. La esperanza no es expectativa pasiva, sino una práctica que requiere organización, disciplina e internacionalismo.
El azufre que Chávez olió en 2006 no se ha disipado; se ha vuelto más denso y se ha regado más allá de los pasillos diplomáticos de Nueva York. Por eso aquel discurso no pertenece a un registro del pasado, sino a nuestra agenda actual. Nos recuerda que el Sur tiene voz, que la ONU puede y debe ser disputada, y que la hegemonía del Norte no es una ley natural. Lo que falta, como en Bandung, es lo que siempre ha hecho la diferencia: los pueblos deben organizarse.
*Carlos Ron es Co-coordinador de la oficina de Nuestra América de Tricontinental: Instituto de Investigación Social. Fue diplomático venezolano y sirvió como viceministro para América del Norte (2018-2025).
El Maipo/Globetrotter
Nota: El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de sus autores, y no refleja necesariamente la línea editorial El Maipo.




