Los secretos en torno a la Iglesia de San Francisco del Monte. Por Álvaro Vogel Vallespir.

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El emplazamiento del Monte tiene particularidades que la hacen ser una plácida y legendaria zona territorial estratégica que bien puede ser con justicia la cuna de la revolución derribando el mito de que todo pasa en Santiago. Aparte de sus hermosos parajes, existe un sentido de pertenencia entre sus habitantes que se encarna en una lealtad tácita hacia la mismísima bandera azul, blanca y amarilla, con una veneración única a los Carrera y a tantos otros próceres que soñaron la autodeterminación nacional.

Sus parroquianos no necesitan firmar nada: simplemente aman el suelo donde nacieron y se sienten parte, adoran el molino (aunque no opera en la actualidad solo los antiguos recuerdan el olor a trigo fresco), siguen afirmando ver a Isabel caminando en una noche penumbrosa sin luna, aún se les eriza la piel hasta el pescuezo cuando cruzan el viejo puente cuando cae la oscuridad, los feligreses siguen siendo hermanos franciscanos y siempre los vecinos  se emocionan al ver el túnel de los Carrera que simboliza la libertad y la independencia aún luego de dos siglos. Todo esto en torno al cráneo de José Miguel, que fue valientemente recuperado por Javiera y descansa en la vieja iglesia, la cual es, en definitiva, un punto de encuentro para ricos y pobres, creyentes o ateos; es, en suma, el alma del Monte.

En el Monte —sector del Paico— se juntan los ríos Mapocho y Maipo. Esta confluencia lleva tanta agua como historia, con un pasado prehispánico que bien puede ser la síntesis de la idiosincrasia de Chile central. Vamos por el comienzo: podría existir una confusión entre los poblados autóctonos Llolleo («lugar para pescar» o «lugar de nasas»), quienes fueron una larga cultura prehispánica que habitó el actual sector del Monte y otros lugares cercanos entre el (200 d. C. hasta el 1100 de la era cristiana aproximadamente); eran cazadores-recolectores que se encontraban evolucionando al sedentarismo en una metamorfosis de sus estadios culturales. No obstante, al momento del descubrimiento de Chile y la llegada de Valdivia ya no existían como tales en el sector, pero sí había una nueva asimilación cultural “los Llopeo” («río hermoso»), se trataba de un caserío dominado por caciques que eran quienes habitaban en el Monte al momento de la llegada de las huestes de don Pedro. Con todo, no era un solo núcleo en torno al humedal del río, sino más bien dispersos por varios parajes de la zona.

Cultura LLopeo, Museo El Monte.

Los Franciscanos

Cuenta la tradición que, tras una apacible tarde solariega y rodeados de cerros, los franciscanos —que habían llegado a América y a Chile con anterioridad a la fundación de lo que hoy es la comuna— hicieron un alto entre los montes en torno a los ríos ya mencionados; de ahí viene el nombre del lugar.

El padre Juan de Torrealba, quien era el provincial de la época, mandó al sector del río Talagante a Fray Andrés Corso a construir una pequeña casa y de paso una capilla rudimentaria que se denominó San Francisco del Monte en 1579, con la excusa de que el río tenía buena pesca y había abundantes recursos frutícolas, aunque en el fondo querían evangelizar a los indígenas del sector, los Llopeo, a los cuales ya nos referimos a modo de referencia.

Se levantó el templo y su adjunto convento en 1584, del que por cierto hoy no queda vestigio alguno más que la memoria en los anales franciscanos y en algunas actas añosas, debido a que fue trasladado a otro sector como veremos más adelante. Por mucho tiempo se creyó que este convento primitivo no estaba en El Monte, sino en Talagante; sin embargo, un litigio de la época dejó al descubierto un mapa territorial donde claramente se ve el sitio de los indígenas Llopeo al lado de la hacienda de San Miguel, que será a la postre el famosísimo núcleo de la  familia de los Carrera —hoy la viña Doña Javiera—, que era anteriormente el sitio de un tal Francisco Lisperguer —hermano de Catalina de los Ríos—. En torno al sector transitaban unos 8000 indígenas, pero de forma más acotada en torno a lo que hoy es El Monte habitaban muchos menos, aunque no existe un catastro fiable ni censo claro al respecto.

En torno al templo primigenio se fundó un colegio para los hijos de los indígenas y los nuevos mestizos, llamado Colegio de Misiones de Jesús, María y José, que tras cuatro años se cerró, pero sus dependencias pasaron a ser parte de la iglesia de San Francisco del Monte. Esa ubicación fue borrada sin contemplaciones por las crecidas del río Mapocho y, a falta de sacerdotes, los discípulos de Asís abortaron la inicial misión; con todo, fueron los propios Llopeos —adoctrinados ya— quienes en 1732 les donaron las tierras donde está levantada la actual iglesia, la que, pese al paso del tiempo, ha sufrido menos modificaciones de las imaginadas.

La construcción en los terrenos cedidos solo mantiene el nombre antiguo, ya que todas las obras y técnicas arquitectónicas fueron nuevas para la época. Fue una edificación lenta que recién comenzó a prosperar en 1796 con un marcado estilo barroco —muy común en aquel tiempo— que obedecía al patrón rural del siglo XVIII: una nave sencilla, con una estructura rectangular con muros de más de un metro de espesor pensando en los movimientos tectónicos, con un cielo alto entablado y una única torre.

Durante el siglo XVIII la estructura pasó inalterada; solo creció el cementerio adjunto de los frailes conforme iban falleciendo. Lo que sí se fue ampliando en torno a este centro neurálgico fue la comunidad y población, que fue edificando villas y su primera aldea criolla, mestiza e indígena: «San Francisco del Monte». Con todo, no había más de 1000 almas; muchos indígenas originales de Llopeo ya no quedaban, pues la mayoría se fusionó siendo parte del sincretismo y mestizaje cultural. Recién en 1814 se hicieron las primeras calles y solares para los pocos habitantes que vivían allí. Caso aparte son las más de 600 hectáreas de la familia Carrera en su hacienda de San Miguel, heredada a Francisca de Paula Verdugo Fernández; el mítico predio era frecuentado por soldados que luchaban por la independencia, además de albergar túneles, depósitos y misterios en los rincones apartados de la gran hacienda. Esta hacienda para los estándares actuales es grande, pero para la época no calificaba para un latifundio.

La iglesia actual

Ignacio de la Carrera y Paula Verdugo se casaron en la Catedral de Santiago; sin embargo, la dote de doña Paula registraba la hacienda de San Miguel- como ya lo señalamos-, que colindaba con la iglesia de los franciscanos del Monte, en el mismo lugar donde su hija Javiera bordó la primera bandera nacional sentada sobre una añosa pileta que además hacía las bases de abrevadero para los caballos que cargaban en sus cabalgaduras a los jinetes de la independencia. La iglesia pasó a ser más que un refugio: también un lugar de confidencias donde Javiera forjó amistad con los frailes a cargo. De niño, José Miguel y sus hermanos se entretenían en una bodega de víveres —con horcones de patagua—; ahí jugaban con fusiles de palo a la guerra, como también se entretenían blandiendo armas en las calles de Santiago con Manuel Rodríguez – a pedradas a veces afinando la puntería –  antes de ir al colegio del Convictorio Carolino donde compartían banco y sueños de independencia.

La bodega, en los tiempos de la independencia, fue la puerta de entrada de un túnel hecho a pulso por los patriotas o el inquilinaje ¿Quién sabe?  Esta obra de escapatoria terminaba en la iglesia de Asís luego de poco más de un kilómetro de extensión. Todo esto fue un mito para varias generaciones; sin embargo, las leyendas siempre tienen una base real y el 2009, tras sendos trabajos, se logró dar con el túnel exacto y con ello hacer algo de justicia a uno de los padres de la patria que murió fusilado allende los Andes. Pero a muchos les debe rondar la pregunta: ¿cómo tan ilustre patriota terminó fusilado fuera de la patria?

Cráneo del padre de la patria, José Miguel Carrera. Foto elmaipo.cl

La iglesia tenía una conexión que pasaba por lo humano, fraternal y espiritual con Javiera, tanto así que muchos de sus bienes eran escondidos por los guardianes del templo. Por cierto, el cráneo de José Miguel —la calavera santa o la calavera milagrosa— fue el bien más preciado que Javiera le dejó a la orden, el cual, bajo la figura de una calavera anónima —para no levantar sospechas—, fue venerado en silencio por los leales habitantes del Monte. Todos los domingos hasta su muerte (1862), doña Javiera no se faltaba a misa, llegando en un carruaje a visitar el templo y acompañar los restos de su hermano; dentro de la iglesia era una más y se mezclaba con el pueblo.

Entre el siglo XIX y el XX la iglesia ha sido remodelada pocas veces (algo similar pasó en Santiago con el Santa Lucía). Entre 1824 y 1965 solo tuvo dos cambios importantes, pero se conserva la idea original del templo.

No obstante, el fuerte sismo del 3 de marzo de 1985 puso a prueba sus siglos de historia, y posterior a eso se debieron hacer importantes cambios estructurales. Es un monumento nacional trascendental en estos tiempos, lo que a su vez permite cuidarlo y poseer fondos para perpetuar el legado revolucionario de esta hermosa comuna.

Hoy podemos sentarnos dentro de este templo que ha sido reforzado (durante el 2018) y, en la soledad del abrumador silencio, tenemos la posibilidad de observar el cráneo de José Miguel y escuchar los cascos de los caballos al fragor de la batalla, las escapadas a Mendoza; si afinamos aún más el oído, podremos escuchar los bordados de Javiera a la bandera.

Epílogo

Septiembre es todo un hito en El Monte: las Fiestas Patrias se adelantan —los desfiles más que nada— en honor al legado de la familia Carrera. El día culmine es el 4 de septiembre —aniversario del fusilamiento de José Miguel—, siendo el momento más importante del mes; en ese sentido, nunca se hará una parada ni un desfile el 18. Hay que ser del Monte para entenderlo y comprobar que la bandera azul, blanca y amarilla es más llamativa que nunca durante el mes patrio. Los vecinos prenden poco y nada sus parrillas el día de la junta y están convencidos de que aquel lugar es la cuna de la independencia, más allá de lo que ocurrió en el edificio del Consulado en 1810.

Tras un largo esfuerzo mancomunado entre especialistas de la Universidad de Santiago de Chile, investigadores, arqueólogos, miembros del Instituto de Investigaciones Históricas José Miguel Carrera y los propios franciscanos, el mítico túnel por donde transitaban y huían los Carrera quedó al descubierto, siendo prospectado con esmero,  aportando  así  un rescate histórico que nutre la memoria colectiva, tendiendo puentes atemporales con el presente y levantando arquetipos heroicos  tan necesarios hoy como referentes para una clase política atravesada por la corrupción y el poco sentido ético.

Los túneles no son exclusivos de este sector: también los hay en el camino del Barrancón, donde los utilizaba el Guerrillero; en el centro de Santiago; en Rancagua, donde los habituaba O’Higgins, o los que tenían los jesuitas en Calera de Tango. Sin embargo, en el corazón del Monte, este túnel le salvó la vida al José Miguel todas las veces que fue cercado. Irónicamente, fue despedazado en Argentina luego de ser fusilado, pero sobre ese fatídico día volveremos más adelante.

*Álvaro Vogel Vallespir, historiador y profesor, colaborador permanente del elmaipo.cl

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