A 205 años de la muerte de José Miguel Carrera: ¿Cómo es entendido su legado?. Por Álvaro Vogel Vallespir

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La historia se puede estudiar, aprender y analizar desde la trinchera actual, ya que, sencillamente, la sociedad tiene vastas necesidades de identidad en los tiempos que corren. Asimismo, se hace patente resucitar algunos arquetipos ante la falta de credibilidad y, sobre todo, frente a los actos constantes de corrupción de quienes administran el Estado. De esta manera, si logramos hacer un puente atemporal entre presente y pasado, el recuerdo —y la memoria— tienen más valor que nunca principalmente en el campo de la ética.

Sin embargo, hay varios paradigmas de interpretación que son igualmente legítimos: el positivismo, aunque bastante superado por la mayoría de los historiadores, pero de pronto se suele repetir en los manuales de forma inconsciente; tenemos la dialéctica marxista —el materialismo histórico, más que nada—; la microhistoria de la escuela italiana de Ginzburg, podríamos seguir y detenernos en los Annales de Francia, e incluso rematar en la tesis de Fukuyama: «El fin de la historia» si de política se trata.

Pese a lo anterior, existen personajes que han resistido el embate del tiempo —y otros que han sido olvidados para siempre—, ya que sus historias, legados, liderazgos y vidas han resultado ser atractivas e inspiradoras para la gente de la época y, lógicamente, para la narrativa de las ciencias sociales, que, gracias a la historicidad, han perpetuado subjetivamente sus vidas en obras, artículos, historiografías e incluso series de televisión. ¿Existe la objetividad para ellos? Difícil respuesta.

Luego tenemos el sentido de pertenencia histórica del tiempo. ¿Qué identidad nacional buscaban nuestros antecesores? ¿Qué parte de la historia era más conveniente contar? ¿Qué contenidos han sido más importantes para enseñar a los chilenos del pasado y del presente? También está la ideología de los gobiernos de turno, que afecta directamente a la imagen de nuestros próceres. Aun así, hay nombres que siguen en la palestra, como O’Higgins, Rodríguez, Prat y los Carrera —entre otros—, pues son aquellos que unifican los derroteros de la historia nacional. Hoy la semblanza será para José Miguel pues conmemoramos 205 años de su partida y es necesario reflexionar sobre su vida.

Primer escudo nacional, la patria vieja. Archivo Nacional.

José Miguel Carrera

No será este un artículo repetitivo, porque para eso ya existe una extensa bibliografía donde pueden buscar datos de almanaques, fechas y símbolos en demasía. Trataré de rescatar el legado de este padre de la patria, un prócer a todas luces o, sencillamente —para otros—, un joven que no claudicó en sus ideales independentistas, perdiendo trágicamente la vida allende los Andes donde cayó al sueño de la eternidad tras el plomo del pelotón. Para sus reflexiones personales luego de la lectura les cuestiono lo siguiente ¿Mereció este fin?

Partiremos por una idea estrujada hasta el hartazgo, pero quizás poco analizada desde la versión opuesta: la rivalidad que Carrera tuvo con O’Higgins, ¿siempre fue así? Frente a dos liderazgos fuertes, ¿hubo momentos en que el bien común primara más allá de las personalidades que fueron? Sin margen de duda, es más recurrente y atractivo el relato del odio recíproco en conjunto con la lucha intraelitista de Santiago —Carrera— contra Concepción —O’Higgins—, pero siempre hay que hacer el esfuerzo de ir más allá y ver la humanidad en estos hombres y analizar de otra manera las fuentes, ¿Carrera fue un miembro de la aristocracia   clásica? ¿O´Higgins era aceptado en la elite solo por heredar las tierras del Virrey? Sobre esto volveremos más adelante.

Una buena forma de partir este análisis es reconocer las veces que dejaron sus egos de lado y unieron sus   esfuerzos por algo que los convocaba con fuerza: la autodeterminación de Chile. Pues, al final del día, ambos hicieron reglamentos constitucionales y ordenaron a su manera el país.

Carrera fue inteligente y genuino varias veces en su trato con O’Higgins —fue recíproco de todas formas—. Esta será una valiosa enseñanza, pues antepuso el concepto de bien común, que era más importante que su liderazgo dentro de la élite. Además, esto rompe con la clásica idea presentada con mucha fuerza en los textos de estudio: eran antagonistas, así nos enseñaron. ¿Quiénes de nuestros dirigentes políticos son capaces de trabajar por el bien común?

 Hay un punto de encuentro que es el mejor legado de José Miguel: el patriotismo, que no es lo mismo que cantar el himno nacional, saber elevar un volantín o taparse las arterias con asados pensando en la patria. En esa época —el patriotismo— era la defensa de la nación, fue la inclusión de los ciudadanos sin importar si en ello hipotecamos la vida misma, como finalmente ocurrió con él y sus hermanos.

Carrera, estando fuera de Chile, conscientemente dejó la autocomplacencia y   supo hacer una autocrítica de como marchaban las cosas. Además, la lejanía y la nostalgia lo hicieron madurar. Hermosa palabra le ofreció a su hermano Luis:

«Si tienes la fortuna de pisar tu patria y de tomar parte activa en su felicidad, acuérdate de las faltas que nos han perjudicado y enmendémoslas». (12 de marzo de 1816).

Lamentablemente – como lo hemos mencionado-, la historiografía, durante al menos casi un siglo posterior a la independencia, ha mostrado mayoritariamente el antagonismo entre ambos personajes: Barros Arana, Miguel Amunátegui y, en menor medida, Vicuña Mackenna quien le hace – al menos-  algunos guiños y se desmarca un poco de los clásicos positivistas, empero historiadores como Gabriel Salazar y Julio Heisse han modernizado la historiografía y tienen concepciones bien contrapuestas con los  clásicos acercando más estas figuras a la realidad y al bajo pueblo.   Jaime Eyzaguirre, por ejemplo, sitúa a Carrera como un irresponsable inmaduro rupturista. De hecho, hasta los políticos de la época no se interesaron por repatriar los restos de estos insignes personajes hasta la segunda mitad del siglo finisecular. En el caso de José Miguel el regreso a la tierra natal de sus restos fue por iniciativa privada de su hermana Javiera.

Los dos padres de la patria tuvieron siempre el imperativo moral e intelectual de mirar la emancipación como un marco necesario en conjunto con leyes y normas pragmáticas, aunque a veces no tanto para el entendimiento de la época. Así, cada uno, según sus creencias, nunca dudaron que la independencia era posible. Uno ofrendó su vida frente al pelotón de fusilamiento, en tierras lejanas, y el otro una abdicación sin retorno. Ciertamente, la abdicación de O´Higgins tiene varias lecturas, pero por espacio será un tema desarrollado en otra oportunidad.

 «Solo a la patria y a la ley nos debemos y por ella morir, vivir por ella. ¿Amáis la libertad, disfrutáis de ella?».

La cita anterior fue tomada de una carta de amor a su esposa y fue lo último que escribió en su vida, Carrera, en su postrero suspiro mental, seguía pensando en la patria y en Mercedes sus pilares fundamentales. Pienso que este acto de valor lo eterniza como un artífice del ideal de libertad heredado del Siglo de las Luces, que no solo era un pensamiento retórico en él: lo materializó en acciones concretas, tras las instituciones a las que dio vida en su corto mandato.

Al poner en orden sus ideas en la jornada final de su existencia, pudo abrazar la muerte sin temor cuando fue ajusticiado por extranjeros. Por ende, y estando en paz con el mismo, pidió que no le taparan la vista y se dio la mañana de afirmar que moría por la libertad de América. Su cuerpo mutilado no infundió el terror esperado; a la larga, solo respeto por su memoria.

La cripta de O’Higgins y los restos de Carrera en El Monte son puntos de encuentro y de comunión entre el pueblo y la historia. Quizás no tienen la magnificencia de Prat ni un desfile televisado con feriado de por medio. Ahí habrá que ver qué legado quiere dar el Estado a los artífices de su historia. En definitiva, el peso de la memoria es también responsabilidad de los gobiernos.

El 10 de abril de 1813, Carrera confía ciegamente a O’Higgins una incursión militar en campo enemigo; no lo mandó a la boca del lobo, como algunos afirman. En la carta de su designación militar sostiene que no tiene dudas de que la misión saldrá bien, ya que le reconoce un honor y patriotismo únicos, y finaliza pidiendo a Dios que lo guarde y le dé muchos años de vida.

 Carrera no tiene celos en admirar la valentía de O’Higgins y destacar su actitud en el campo de acción. En la batalla de El Roble, Carrera reconoce muy sinceramente el arrojo de O’Higgins y lo publica con bellas palabras en el parte escrito ese día.

José Miguel no fue a menudo un líder calculador ni egocéntrico como se le pinta. A veces fue capaz de separar las cosas; aunque, no siempre lo logró, pero tuvo sus momentos de liderazgo compartido. En pleno sitio de Rancagua, que es el punto de inflexión al que muchos historiadores atribuyen el inicio del antagonismo entre ambos, hay una carta de O’Higgins a Carrera en la cual podemos advertir un tono coloquial y sincero:

«Mi amigo, usted debe ocupar el lugar de generalísimo: es preciso salvar a Chile a costa de nuestra propia sangre; yo, a su lado, serviré ya de edecán, ya dirigiendo cualquiera división, pequeña partida o manejando el fusil: es necesario, para la conservación del Estado, no perdonar clase alguna de sacrificios. Rancagua es el punto que debe decidir nuestra suerte. No quiero demorar el correo. Adiós, mi amigo, soy el de siempre».

«Adiós, mi amigo, soy el de siempre». Cuánta complicidad entre ambos en una frase tan corta.

Cráneo del padre de la patria, José Miguel Carrera Verdugo, que descansa sobre la bandera de la patria vieja en la Iglesia de San Francisco de la comuna de El Monte. Foto elmaipo.cl

Humanizando a José Miguel: ¿qué lugar se merece en la historia?

José Miguel, al igual que Diego de Almagro, fue decapitado “en circunstancias distintas”, por supuesto, pero algo en común tenían: estaban escribiendo las páginas de la historia. Hasta muy entrados los tiempos presentes existían dudas y disputas sobre la veracidad de sus restos y, en especial, de su cráneo, que es lo mejor conservado y vistoso. Esta reliquia, que ha circulado entre Mendoza y Chile y, dentro del país, entre regiones, ha sido autentificada. Pero ¿es lo material un legado imperecedero? ¿Qué hay del legado pedagógico tras su persona?

Es conveniente, en la era de la comunicación instantánea, dar a conocer qué cosas aún siguen vigentes gracias a este patriota, como, por ejemplo, el sentido pedagógico del emblemático liceo fiscal “Instituto Nacional”, que, sin duda, necesita un buen análisis de fondo para entender su actual estado. Pero, promediando el peso que tiene, nos ha brindado una larga lista de personalidades, haciendo carne el valor de la educación como herramienta para la superación, no obstante, no es el momento ni la tribuna para hacer un juicio actual sobre este liceo, aunque es un legítimo cuestionamiento que no podremos eludir por mucho tiempo más. Aún existe la Biblioteca Nacional, otro gran aporte intelectual de Carrera que ya a estas alturas no es simplemente un militar más, tenía una importante veta erudita. La evolución de la biblioteca es también el crecimiento de la educación en Chile.

Tan manoseada está su osamenta craneal que no conserva ni los dientes. ¿Cuántos viajes ha tenido que soportar el primer general en jefe del Ejército de Chile? Es el momento de hablar de él en las aulas y darle un lugar en la memoria colectiva nacional; brindarle el estatus de un artífice de la independencia que llegó a ser fundamental para la construcción del Estado.

¿Impetuoso? Claro que sí. Los cuatro golpes de Estado le preceden a su arrebatada forma de entender la política. Pero ¿fue el único en comportarse así? ¿Qué hay acaso de la guerra civil de 1829? ¿De los tiempos de Balmaceda? ¿De las rebeliones contra Montt? ¿Del intervencionismo electoral de los conservadores y liberales por igual?

Carrera fue hijo de la nata aristócrata Santiaguina, eso reza la tradición, pero ¿Qué hay de cierto en esta afirmación? Si analizamos su linaje, su familia paterna no viene de la aristocracia clásica, no sustenta su vida en el latifundio. Su linaje viene por el servicio en el ejército, su padre al seguir como coronel pudo conseguir títulos militares para José Miguel, empero la familia se mueve en un nivel socioeconómico de masas y urbano.  Aun con este status acomodado, marcó diferencias inmediatas con la aristocracia moderada ya que no comulgaban las mismas ideas ni le debía rendir pleitesía. Sus padres estuvieron muy presentes en su vida, al punto que Ignacio de la Carrera recibió personalmente, de manos del fatídico escribano, la carta firmada por el propio O’Higgins donde le pedían pagar la pólvora y las balas empleadas en el fusilamiento de sus hijos. Lo que puede resultar aberrante para los carrerinos era, sin embargo, la usanza de la época: cobrar las municiones. No podemos romantizar que todo estaba en su contra. Hablar sobre las conexiones de la aristocracia en la figura de O´Higgins no tiene ningún sentido ya que no fue parte de ella.

Al contrario de Bernardo, José Miguel pudo concretar el matrimonio como algo natural y cotidiano. Tuvo media docena de hijos, uno de ellos fuera del matrimonio. Por cierto, la fama de mujeriego tenía asidero en la realidad, ya que, al mismo tiempo que aprendía a usar las armas, casi pierde la vida escapando de una gran casona luego de seducir a una importante dama de la élite que estaba casada. La furia del esposo ultrajado fue tan grande que José Miguel terminaría en Perú por un tiempo. Al final, era un muchacho que a veces quería abrazar el anonimato.

Los fantasmas que persiguieron a Carrera fueron muchos: la muerte de sus hermanos y el exilio de su hermana Javiera, la de su padre y la de su querido amigo Manuel Rodríguez y, quizás, la más compleja de todas: no compartir siempre el liderazgo con sus pares y ser incomprendido.

Fusilamiento de los hermanos Carrera, próceres olvidados de la independencia de Chile. Ilustración Archivo Nacional

Epilogo.

Si queremos ver en él un estadista sesudo y consumado, no lo vamos a encontrar. Empero, es un caudillo a todas luces, sin llegar a ser el guerrillero de Tiltil, aunque no por esto lejano al pueblo; tampoco es un Blanco Encalada, ya que, si bien conocía el concepto de Estado del nuevo régimen, el país aún no estaba preparado para una institución consumada. Prueba de esto es la seguidilla de constituciones fallidas que culminaron en una guerra civil.

Entonces, si debía dinamitar las bases iniciales de la República, lo iba a hacer. No es menor, en definitiva, que en los golpes de Estado —junto a sus hermanos— quedara de manifiesto que abrazaba la causa emancipadora según sus parámetros personales, aunque el camino no fuera tan llano lo iba a intentar siempre.

No es un personaje fácil de romantizar, eso es seguro. Ese fue su aporte y su legado: su ritmo de entendimiento y compromiso con la causa emancipadora fue distinto al del resto, su forma de ser mostró que hay más de un camino para la libertad. En definitiva, su actitud temeraria sirvió para romper el hielo y el prejuicio de que los españoles eran invencibles, en suma, no era descabellado borrarlos del mapa.

Veamos con quiénes más se rodeó, aparte de los diablos conocidos. ¿Solo fueron militares valerosos? Claro que no. Hay un grupo intelectual muy humanista a su lado. A su haber tenemos al creador de la Aurora de Chile, fray Camilo Henríquez, quien le puso los puntos a las íes de la vieja curia apostólica romana. Tenemos también sus nexos con un educador por antonomasia: Manuel de Salas quien le aportó en la idea del fin de la esclavitud.

En suma, la educación no era ajena para él y ese será uno de sus sellos y parte de su herencia incuestionable: educar a las nuevas mentes pensantes. El futuro eran los niños.

Si de género se trataba, fue el primero en incluir y ordenar la apertura de escuelas para niñas en pleno 1812, saltando enormes barreras de prejuicios. Causó estupor, pero no se dejó amilanar y, en 1813, volvió a exigir escuelas para niñas, pues consideraba que, en un país independiente, era una paradoja que las niñas no fueran a un centro de formación.

¿Fue soberbio? Por supuesto y mucho. ¿A quién le podría caber duda? Pero ¿no es positiva, a veces, esta conducta? En el fondo, la «soberbia» fue un motor que movió a parte de la élite para dar el paso de dejar de creer en una junta timorata, a nombre del rey Fernando, que era un personaje absurdamente ausente, y así dar un giro hacia un país independiente, con un reglamento constitucional propio que fue un portazo inteligente a las aspiraciones peninsulares.

Carrera fue un psicólogo, pues contribuyó a que le perdieran el miedo a España. La utopía de la colonia pasó a ser parte del pasado con su visión filosófica de libertad. Romper con la aristocracia fue un acierto a medias, pero, al final, fue pionero en trizar la burbuja de la élite. O’Higgins dio el siguiente paso al tratar de eliminar los mayorazgos.

Este 4 de septiembre, luego de 205 años, es el momento de volver a leer las fuentes entre líneas. Es la oportunidad de eliminar las rivalidades historiográficas y agradecer que respiramos libertad gracias a estos hombres que, en el pasado, nos imaginaron como ciudadanos de un país independiente.

La mejor honra que podemos darle a la memoria es leer la historia sin prejuicios; es atrevernos a poner en una balanza cómo estamos hoy y, en síntesis, buscar en el ejemplo de la vida de Carrera los ideales que nos siguen faltado.

En la jornada del 4 de septiembre, en el mes de la patria, hagamos un minuto ecuménico de silencio por el mártir que murió por la libertad de América.

*Álvaro Vogel Vallespir, historiador y profesor, colaborador permanente del elmaipo.cl

El Maipo

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