La industria textil, considerada hoy como una de las más contaminantes, enfrenta el desafío de acelerar su transición hacia la sostenibilidad, problemática que centró los debates de la primera cumbre sobre el tema celebrada en Chile.
Por Carmen Esquivel
La trasformación es urgente y necesaria si se toman en cuenta algunas estadísticas. El 20 por ciento de la contaminación del agua mundial es provocada por el tratamiento y el teñido de las telas.
Por cada kilo de fibras producidas se usa más de medio kilo de químicos, y el empleo de materiales sintéticos, como el poliéster, hace que en cada lavado se liberen miles de microplásticos que terminan en los océanos.
De acuerdo con el Programa de Naciones Unidas para el Medioambiente (PNUMA), desde el año dos mil la producción global de fibras sintéticas se duplicó y el 70 por ciento se produce a partir de combustibles fósiles.
Durante los últimos tiempos hay una tendencia a la moda rápida (fast fashion) que promueve la producción masiva de prendas de vestir, con materiales que solo tienen entre siete y 10 usos, y que muchas veces terminan en los basureros.
En Chile hace cinco años las imágenes del desierto de Atacama, cubierto por miles de toneladas de ropa en desuso, dieron la vuelta al mundo.
La necesidad de revertir esta situación fue examinada durante la cumbre ministerial convocada desde el sur global y que reunió aquí del 15 al 17 de junio a representantes de gobiernos, organismos internacionales, el sector privado, la academia y las organizaciones no gubernamentales.
“La industria textil ha crecido exponencialmente y ahora tiene que acelerar su camino a la transición hacia una economía circular”, dijo Paula Guerra, cofundadora de Ambition Loop, una organización sin fines de lucro con sede en Chile y que estuvo entre las auspiciadoras del evento.
La economía circular es un modelo de producción que prioriza reutilizar al máximo los productos, renovarlos, extender su ciclo de vida, reciclarlos y reducir al mínimo los residuos.
En materia medioambiental esto disminuye la sobreexplotación de recursos naturales, reduce las emisiones de carbono y frena la contaminación; mientras, en lo social, fomenta la innovación, reduce los costos operativos a largo plazo, crea nuevas industrias y genera empleos locales.
¿Cómo logramos revertir el actual sistema de producción? ¿Qué se necesita para que sea más rentable reparar que comprar una prenda nueva?, fueron interrogantes que estuvieron sobre la mesa.
Una de las alternativas es avanzar hacia la salida de la moda rápida y potenciar el trabajo de las costureras, que califican dentro de los denominados empleos verdes, aquellos que vinculan el mercado laboral con la protección del medioambiente.
Las costureras desempeñan roles fundamentales porque reparan piezas de vestir, las rediseñan y transforman ropa en desuso o residuos textiles en nuevas prendas de alto valor.
También se analizó la importancia de promover la ropa usada porque bien gestionada reduce emisiones, ahorra agua, no emplea químicos y genera empleos.
Estos artículos requieren clasificación manual masiva, impulsan los servicios de renovación, tales como lavanderías, planchado, costureras y sastres, y dinamizan el comercio local.
Uno de los asuntos prioritarios en la transformación de la industria lo constituye, sin dudas, la Responsabilidad Extendida del Productor (REP) un enfoque de política ambiental que conmina a las empresas a hacerse cargo de los residuos de sus productos.
La cumbre fue organizada de manera conjunta por el gobierno de Chile, Ambition Loop, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) y el PNUMA.
Esta cita se celebró previo a la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de la ONU sobre el Cambio Climático (COP31), que se realizará en Turquía en noviembre; y a la Primera Conferencia Internacional del Marco Global sobre Productos Químicos, prevista para el mismo mes en Ginebra.
El Maipo/PL




