El ministro de Hacienda Jorge Quiroz situó en el año 2050 los beneficios plenos de la rebaja de impuestos que impulsa el gobierno. La fecha no fue un desliz: es la lógica central de su argumento. Y ese es exactamente el problema. No solo porque suena lejana, sino porque para millones de personas ese futuro simplemente no existe.
La frase parece técnica, casi neutra. Pero basta traducirla a vidas humanas concretas para entender su magnitud política y moral.
Una persona de 60 años en 2026 llegará al 2050 con 84. Muchos no alcanzarán a verlo. Otros llegarán en condiciones de salud precarias. Se les pide aceptar hoy menos recursos fiscales, menos capacidad estatal y posibles recortes sociales, a cambio de una prosperidad futura que probablemente nunca experimentarán.
Pero tampoco los jóvenes salen mejor parados. Un niño nacido en 2026 tendrá 24 años en 2050. Toda su infancia, toda su enseñanza escolar, toda su adolescencia y buena parte de su juventud transcurrirán antes de que aparezcan esos supuestos beneficios. Crecerá bajo la lógica del sacrificio presente para una recompensa eternamente postergada.
El estudiante que hoy entra a primero básico terminará la universidad antes de que llegue la fecha prometida. La pareja joven que intenta acceder a vivienda, criar hijos o estabilizar su situación laboral enfrentará los costos inmediatos de una menor recaudación fiscal mucho antes de ver alguna mejora estructural. Incluso alguien de 40 años recién vería ese “éxito” económico a los 64, entrando ya en edad de jubilación.
La pregunta entonces es inevitable: ¿qué tipo de política pública ofrece resultados tan distantes que prácticamente ninguna generación activa puede evaluarlos en tiempo real?
Peor aún, todo el argumento descansa sobre un acto de fe. No existe garantía alguna de que esas proyecciones se cumplan. Las estimaciones de crecimiento a 25 años son extraordinariamente frágiles. Una crisis financiera global, una recesión prolongada, una guerra comercial, una pandemia, un shock climático o un cambio tecnológico profundo pueden alterar completamente cualquier cálculo.
Chile conoce bien esa experiencia. Hace apenas cinco años nadie proyectaba el impacto de la pandemia. Hace quince, nadie imaginaba el estallido social. Pretender describir hoy con precisión el comportamiento fiscal de 2050 tiene más de ejercicio ideológico que de ciencia exacta.
Y aquí aparece el núcleo del problema. La promesa funciona precisamente porque el horizonte es tan lejano que nadie podrá exigir responsabilidades políticas concretas cuando no se cumpla. Quienes defienden hoy estas proyecciones probablemente ya no estarán en cargos públicos cuando llegue el momento de verificar sus resultados.
Mientras tanto, los costos sí son inmediatos y verificables: menos recursos fiscales hoy significan menos margen para salud, educación, pensiones, vivienda y seguridad pública ahora, no en 2050. El sacrificio es tangible; la recompensa, hipotética.
Para El Maipo Álvaro Ramis Olivo, colaborador de El Maipo. Presidente del Centro de Estudios Territorio y Comunidad.
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