El 14 de marzo de 2026, Jürgen Habermas falleció en Starnberg a los 96 años. La noticia, confirmada por su editorial Suhrkamp, nos llega en un momento de profunda fragilidad para la democracia y lo público. Paradójicamente, el mismo día en que debemos despedir al filósofo que más contribuyó a pensar las bases comunicativas de la legitimidad política, su obra se vuelve un testamento urgente e ineludible.
He pasado los últimos días revisitando a Habermas. No por un impulso académico, sino porque necesitaba entender qué ocurre cuando una sociedad pierde la capacidad de llorar colectivamente aquello que se extingue. Lo público, esa frágil construcción que nos permite ser más que la suma de nuestros intereses privados, lleva meses en la UCI. Y no estoy seguro de que los diagnósticos oficiales acierten en identificar la causa de su agonía.
El pasado 3 de enero, en la comisión de educación del Congreso, escuché algo que me heló la sangre. No fue una amenaza explícita, ni un discurso incendiario. Fue la naturalidad con que un grupo de parlamentarios se refirió a los Servicios Locales de Educación Pública como “experimentos fallidos” que habría que “extinguir por inanición presupuestaria”. Nadie se inmutó. Como si hablar de dejar morir lentamente la educación pública fuera una opción técnica más, comparable a elegir entre dos proveedores de fotocopias.
Recordé entonces aquella lección temprana de Habermas, cuando en 1953, con apenas 23 años, se atrevió a preguntar en el Frankfurter Allgemeine Zeitung si el asesinato planificado de millones de personas podía interpretarse como un error del destino. Su pregunta incomodó porque señalaba algo que muchos preferían ignorar: hay crímenes que no pueden procesarse sin antes establecer los presupuestos conceptuales mínimos para sobreponerse intelectualmente a la barbarie.
Lo que estamos presenciando en Chile no es un genocidio, claro está. Pero hay algo de esa misma lógica en la erosión silenciosa de lo común. No nos enfrentamos a enemigos declarados de lo público que vengan con espada y fuego, sino a gestores tecnocráticos que administran su agonía con la misma frialdad con que se liquida una empresa en quiebra.
La ética del discurso nos enseñó que solo pueden pretender validez aquellas normas que encuentran aceptación por parte de todos los afectados, en tanto participantes de un discurso práctico. Pero ¿qué ocurre cuando algunos de esos afectados ni siquiera son convocados a la conversación? ¿O cuando quienes participan lo hacen negando los supuestos universales del habla: la inteligibilidad, la verdad, la rectitud normativa, la veracidad?
He aquí la trampa de nuestra época: hemos reducido la política a negociación estratégica, a mero cálculo de intereses. En esa lógica, declarar la muerte de lo público no es un drama, es una decisión eficiente. Se nos olvida que el derecho legítimo requiere democracia, y que la democracia exige instituciones capaces de acoger el impulso constante de la esfera pública. Sin ese circuito virtuoso entre facticidad y validez, entre lo que es y lo que debería ser, nos quedamos con la pura facticidad del poder desnudo.
El filósofo Karl-Otto Apel lo expresó con claridad: sabemos que en la realidad predominan la negociación, las ofertas y las amenazas, que la persuasión y la manipulación juegan su papel. Pero lo interesante es que, a pesar de todo, los seres humanos siguen preparados para las exigencias de la ética discursiva. Esa exigencia está reconocida implícitamente por todos. Solo falta ayudar a que obtenga validez, lograr que se imponga en la realidad.
Tal vez por eso escribo esta columna el día de su partida. Porque todavía creo que podemos llorar juntos lo que se pierde: la educación pública, los espacios de deliberación, la confianza en la palabra. Porque el duelo colectivo por lo público no es un acto sentimental, sino el primer paso para recuperar los presupuestos comunicativos que hacen posible la vida en común. Mientras no enfrentemos esa tarea, seguiremos asistiendo, impasibles, al funeral silencioso de la democracia. Y hoy, con la muerte de Habermas, ese silencio pesa aún más.
Para El Maipo Álvaro Ramis, Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, teólogo y doctor en filosofía. Sus columnas abordan regularmente la ética pública y los desafíos de la democracia en Chile.




