Martes, Febrero 24, 2026

Chile en la fractura Beijing- Whashington y el dilema Kast. Por Álvaro Ramis Olivos

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El veto estadounidense a las relaciones comerciales y tecnológicas de terceros países con China —ya desplegado en sectores estratégicos y previsible en materias primas críticas hacia 2026— expone para Chile una dependencia estructural largamente naturalizada. Durante tres décadas, la inserción internacional chilena se edificó sobre un principio de “apertura sin alineamiento”: tratados con Occidente, expansión exportadora hacia Asia y confianza en la neutralidad del comercio. Pero en un mundo que abandona la globalización liberal por bloques geoeconómicos rivales, esa neutralidad deja de ser viable. Chile comprueba que su modelo exportador —basado en recursos naturales demandados por China y financiado por el sistema dominado por Estados Unidos— depende precisamente de la coexistencia de ambas hegemonías, hoy en proceso de desacople.

Este desajuste estructural adquiere una dimensión política concreta bajo un futuro gobierno de José Antonio Kast. Su identidad ideológica —alineada con el trumpismo hemisférico, el atlantismo de seguridad y el discurso de Occidente frente a China— colisiona con la materialidad de la economía chilena, crecientemente sino-dependiente. La retórica de reanclaje en Washington encuentra su límite en la balanza comercial, en el precio del cobre y en la demanda china por litio y alimentos. La paradoja ya no es teórica: un gobierno políticamente proestadounidense administra una economía objetivamente orientada hacia China.

La economía política chilena se organiza en torno a esa doble gravitación. China absorbe la mayor parte del cobre, el litio y la fruta fresca; Estados Unidos concentra las finanzas, la moneda y la arquitectura normativa. La expansión de restricciones estadounidenses —inversiones, transferencias tecnológicas, cadenas de suministro— interrumpe la articulación entre producción primaria y circuito financiero global que sostiene al país. Para Kast, la disyuntiva es operativa. Alinear a Chile con Washington preserva acceso a financiamiento, pagos internacionales y tecnologías críticas —coherente con su imaginario geopolítico—, pero erosiona su principal demanda real; preservar la continuidad sino-comercial sostiene ingresos y empleo, pero tensiona su alianza política y simbólica con Estados Unidos.

Las élites económicas que respaldan a la derecha chilena viven el mismo desgarro. El gran empresariado minero y agroexportador prospera en la expansión china; el capital financiero y tecnológico permanece occidentalizado. Bajo Kast, esta fractura de intereses se vuelve conflicto intra-bloque: exportadores presionan por pragmatismo sino-comercial; sectores ideológicos y de seguridad exigen alineamiento atlántico. La gobernabilidad económica depende de administrar una contradicción que no es discursiva, sino estructural.

El litio sintetiza el dilema. Presentado como palanca de soberanía y reindustrialización, se inserta en cadenas donde la refinación y la manufactura de baterías están dominadas por actores chinos. Reorientarlo hacia socios occidentales implica costos más altos, menor escala y retrasos tecnológicos; mantener la articulación con China choca con el régimen de restricciones estadounidenses. Lo mismo ocurre en energía, transmisión eléctrica y agroexportación. El margen de maniobra real es estrecho, y cada decisión tiene costos geopolíticos visibles.

La fractura sino-estadounidense no crea la dependencia chilena: la vuelve políticamente ineludible. Bajo Kast, esa visibilidad adopta la forma de una disonancia entre identidad y estructura: un proyecto de derecha soberanista que requiere, para sostener crecimiento y empleo, la continuidad de la interdependencia con China. La soberanía económica deja de ser consigna para convertirse en problema de gobierno. Sin capacidades propias de refinación, manufactura avanzada o financiamiento, Chile enfrenta la disyuntiva clásica de las economías dependientes: sacrificar mercado o sacrificar autonomía.

En 2026, el presidente Kast descubriría que la geopolítica no se gobierna con consignas. Mientras proclama la pertenencia irrestricta de Chile a Occidente, el precio del cobre —fijado en la demanda china— seguiría dictando la salud fiscal de su administración; mientras denuncia la influencia asiática, las cerezas chilenas continuarían viajando a los puertos de China que sostienen el ingreso de sus propios votantes exportadores. La ironía es transparente: el gobierno más ideológicamente alineado con Estados Unidos es, a la vez, el más dependiente de la economía que declara rival. En la fractura global, Kast no puede elegir entre Washington y Beijing: es elegido por la estructura que su retórica promete desafiar. Y esa estructura, obstinadamente, seguirá hablando mandarín.

Para El Maipo, Álvaro Ramis, Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

Nota: El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de sus autores, y no refleja necesariamente la línea editorial El Maipo.

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