Domingo, Marzo 29, 2026

La ciudad de Poduje. Por Álvaro Ramis Olivos

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No es una ciudad: es un esquema de control. En la ciudad de Iván Poduje no circulan buses eléctricos ni crecen árboles. No por descuido, sino por convicción. El transporte limpio es “poco rentable”, el verde urbano un lujo sospechoso. La prioridad no es respirar mejor, sino circular más rápido; no es habitar, sino despejar.

Aquí la ciudad no se piensa como ecosistema, sino como superficie útil. El árbol estorba, da sombra donde no corresponde, rompe la vereda, cuestiona la lógica del cemento. El bus eléctrico es una excentricidad moralista. Mejor autopistas, mejor autos, mejor flujo. El aire, como la desigualdad, se naturaliza.

Que José Antonio Kast haya puesto a Poduje en Vivienda no es casualidad. Es el mismo imaginario: orden primero, derechos después. La crisis habitacional se aborda como problema de seguridad urbana y no como fracaso social. El campamento no revela exclusión estructural; revela desobediencia. Y frente a la desobediencia, la respuesta no es política pública, es disciplina.

En la ciudad de Poduje, los defensores del medio ambiente no son ciudadanos comprometidos: son obstáculos. Se les vigila, se les judicializa, se les acusa de frenar el progreso. Defender un humedal, oponerse a un proyecto inmobiliario, cuestionar la lógica extractiva del suelo urbano se convierte en sospecha. Activismo como delito. Ecología como amenaza al orden.

La vivienda social, por supuesto, no dialoga con el territorio. Se implanta. Se empuja a la periferia, lejos del conflicto, lejos del verde, lejos de la ciudad real. No hay barrios: hay soluciones habitacionales. No hay comunidad: hay localización. El derecho a la ciudad se reduce a un punto en el mapa.

Esta no es una discusión técnica. Es ideológica. La ciudad de Poduje cree que el mercado sabe más que la comunidad, que el cemento es más confiable que el árbol, que el orden vale más que la justicia ambiental. Es la ciudad del Chile que ya conocemos: segregado, contaminado, desigual. Pero ahora con un relato moderno y una retórica.

Una ciudad limpia de conflictos porque ya expulsó a quienes los nombran. Una ciudad sin buses eléctricos, sin árboles y sin derecho a disentir. Una ciudad perfectamente diseñada para no ser vivida por todos.

No es una ciudad: es un esquema de control. En la ciudad de Iván Poduje no circulan buses eléctricos ni crecen árboles. No por descuido, sino por convicción. El transporte limpio es “poco rentable”, el verde urbano un lujo sospechoso. La prioridad no es respirar mejor, sino circular más rápido; no es habitar, sino despejar.

Aquí la ciudad no se piensa como ecosistema, sino como superficie útil. El árbol estorba, da sombra donde no corresponde, rompe la vereda, cuestiona la lógica del cemento. El bus eléctrico es una excentricidad moralista. Mejor autopistas, mejor autos, mejor flujo. El aire, como la desigualdad, se naturaliza.

Que José Antonio Kast haya puesto a Poduje en Vivienda no es casualidad. Es el mismo imaginario: orden primero, derechos después. La crisis habitacional se aborda como problema de seguridad urbana y no como fracaso social. El campamento no revela exclusión estructural; revela desobediencia. Y frente a la desobediencia, la respuesta no es política pública, es disciplina.

En la ciudad de Poduje, los defensores del medio ambiente no son ciudadanos comprometidos: son obstáculos. Se les vigila, se les judicializa, se les acusa de frenar el progreso. Defender un humedal, oponerse a un proyecto inmobiliario, cuestionar la lógica extractiva del suelo urbano se convierte en sospecha. Activismo como delito. Ecología como amenaza al orden.

La vivienda social, por supuesto, no dialoga con el territorio. Se implanta. Se empuja a la periferia, lejos del conflicto, lejos del verde, lejos de la ciudad real. No hay barrios: hay soluciones habitacionales. No hay comunidad: hay localización. El derecho a la ciudad se reduce a un punto en el mapa.

Esta no es una discusión técnica. Es ideológica. La ciudad de Poduje cree que el mercado sabe más que la comunidad, que el cemento es más confiable que el árbol, que el orden vale más que la justicia ambiental. Es la ciudad del Chile que ya conocemos: segregado, contaminado, desigual. Pero ahora con un relato moderno y una retórica.

Una ciudad limpia de conflictos porque ya expulsó a quienes los nombran. Una ciudad sin buses eléctricos, sin árboles y sin derecho a disentir. Una ciudad perfectamente diseñada para no ser vivida por todos.

Para El Maipo, Álvaro Ramis, Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

Nota: El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de sus autores, y no refleja necesariamente la línea editorial El Maipo.

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