Por Ambientum Portal Ambiental
La evolución en la demanda global de combustibles fósiles refleja las grandes transformaciones económicas y tecnológicas de la historia. Mientras el carbón se erigió como el motor indispensable de la Revolución Industrial gracias a su abundancia y accesibilidad, el siglo XX marcó el ascenso imparable del petróleo. La expansión de la industria automotriz y la elevada densidad energética del crudo consolidaron su dominio, convirtiéndolo en un activo estratégico. Este cambio de paradigma no solo redefinió la movilidad y la producción, sino que otorgó un peso geopolítico determinante a las regiones productoras, marcando el pulso de la agenda energética actual.
El gas natural ganó protagonismo en las últimas décadas por su menor impacto ambiental relativo frente al carbón y el petróleo, y por el impulso productivo del fracking (fracturación hidráulica). En muchos países se ha posicionado como “combustible de transición” para electricidad y calor, aumentando su presencia en el mix energético.
En las últimas décadas la demanda global siguió creciendo, empujada por economías emergentes como China e India: el petróleo continuó siendo clave para el transporte, el gas se expandió en electricidad y usos residenciales, y el carbón bajó en algunas regiones desarrolladas, aunque se mantiene alto en países en desarrollo.
Aceleración de la Transición: Energías Renovables y Objetivos Climáticos
La tendencia reciente apunta a un giro: la presión por reducir emisiones de gases de efecto invernadero acelera la transición energética (renovables, eficiencia, descarbonización del transporte y la industria). Ejemplos citados: objetivos climáticos y el Sistema de Comercio de Emisiones (ETS) en la Unión Europea, inversiones de China en solar y eólica (manteniendo consumo de carbón), y mayor inversión en renovables en Estados Unidos por incentivos y demanda de energía limpia. También influyen compromisos corporativos de sostenibilidad.
Para 2026, el texto anticipa que la demanda de combustibles fósiles seguirá siendo alta, pero con desaceleración gradual: el petróleo y el gas mantendrían peso, mientras el carbón tendería a reducirse más. La velocidad dependerá de políticas de transición, avances en renovables y almacenamiento, evolución de precios y factores geopolíticos (conflictos, sanciones) que afecten flujos y cotizaciones.
Impulsores Clave y Factores que Moldean la Demanda de Petróleo, Gas Natural y Carbón
La demanda en 2026 estará marcada por la interacción de fuerzas económicas, geopolíticas y tecnológicas. El crecimiento económico global —con especial peso de Asia— sigue siendo un motor de demanda energética: industrialización, urbanización y aumento de renta elevan necesidades de electricidad y transporte. El texto menciona proyecciones del FMI que apuntan a una ligera desaceleración en 2026, pero con crecimiento positivo que sostendría el consumo de energía.
Las políticas energéticas nacionales influyen mediante regulaciones, subsidios e impuestos: medidas de eficiencia o penalización del carbono pueden reducir uso de fósiles, mientras apoyos a producción doméstica de petróleo y gas pueden sostener demanda interna. El precio del petróleo es determinante para el conjunto del mercado: volatilidad por oferta/demanda, decisiones de OPEP+, tensiones geopolíticas y mercados financieros puede desplazar consumo hacia alternativas (gas o renovables) o estimularlo cuando los precios caen.
La innovación tecnológica también reconfigura la demanda: la expansión de vehículos eléctricos (VE) desafía a gasolina y diésel, mientras el gas busca mantener relevancia en electricidad con centrales más eficientes y, potencialmente, captura y almacenamiento de carbono (CAC). En upstream, tecnologías como sísmica 3D e inteligencia artificial optimizan exploración y producción.
La presión climática y ambiental, junto con acuerdos como el Acuerdo de París, empuja la reducción de emisiones: el carbón es el más expuesto por su intensidad de carbono y regulaciones más estrictas, lo que acelera su declive relativo.
Proyecciones de Crecimiento y Disminución: Modelos y Escenarios Futuros de la Demanda Energética
Las proyecciones para 2026 dependen de variables como tecnología, políticas, economía y conciencia ambiental. El texto destaca modelos de la Agencia Internacional de Energía (AIE/IEA) con escenarios probabilísticos (P50, P25, P75) para el consumo futuro. En el escenario base, con adopción gradual de eficiencia y renovables, se proyecta una ligera disminución de la dependencia de combustibles fósiles en 2026 frente a 2023, compensada en parte por crecimiento poblacional y actividad económica en regiones emergentes.
Se plantean escenarios alternativos:
- Optimista: rápida adopción de VE y electrificación de calefacción reduciría notablemente petróleo y gas, pero exige inversión masiva en infraestructura y señales de precio que incentiven la transición.
- Pesimista: crecimiento económico inesperado y lenta adopción de tecnologías limpias mantendrían o aumentarían la dependencia de fósiles.
Las políticas gubernamentales (regulación de emisiones, incentivos renovables, inversión en infraestructura) pueden acelerar la transición, incluyendo precios al carbono (impuestos o comercio de emisiones como el EU ETS). El abaratamiento de renovables, especialmente solar y eólica, es central: según IRENA, el coste de la solar fotovoltaica cayó de forma muy significativa desde 2010, reforzando su competitividad. Aun así, la intermitencia obliga a mejorar almacenamiento y gestión de red.
Para 2026, el gas natural podría seguir actuando como sustituto parcial del carbón, aunque también enfrentará presión conforme renovables y tecnologías como hidrógeno verde ganen tracción. La geopolítica puede alterar precios y acelerar la diversificación energética, como ocurrió con tensiones recientes. La eficiencia energética se subraya como palanca clave en edificios, transporte e industria para reducir consumo total y emisiones.
Impacto de las Políticas Gubernamentales y las Tecnologías Energéticas en la Demanda de Combustibles Fósiles
En 2026, la demanda de petróleo, gas y carbón estará marcada por la combinación de regulación y tecnología, con diferencias notables por región y sector. Entre las herramientas de política pública destacan:
- Impuestos al carbono y sistemas de comercio de emisiones (como el EU ETS) para encarecer el uso de fósiles al internalizar costes ambientales.
- Regulaciones de eficiencia energética en vehículos, edificios y equipos, reduciendo combustible por unidad de servicio.
En automoción, estándares más exigentes aceleran electrificación (VE e híbridos), afectando directamente gasolina y diésel. En generación eléctrica, la expansión de renovables (solar y eólica) y el avance del almacenamiento reducen dependencia del gas para producir electricidad, aunque el ritmo varía según redes e inversión. La electrificación de transporte y calefacción (bombas de calor) reduce consumo de derivados del petróleo y gas, pero requiere modernización de infraestructura y gestión de la red.
La heterogeneidad regional es clave: países exportadores o con recursos abundantes pueden moverse a otro ritmo que importadores. Además, la transición debe considerar medidas para trabajadores y comunidades afectadas (por ejemplo, regiones carboníferas).
La CAC aparece como opción para mitigar impacto de fósiles, aunque con barreras técnicas y económicas; su viabilidad depende del precio del carbono y apoyos públicos. En conjunto, el texto sugiere que en 2026 la demanda probablemente se mantenga en niveles cercanos a los actuales, con tendencia a la baja condicionada por la fuerza de políticas, el avance tecnológico y la voluntad política.
Estrategias de Transición Energética: Adaptándose a la Reducción de la Demanda de Combustibles Fósiles
La reducción prevista de demanda impulsa una transformación sistémica que afecta infraestructura, economía y sociedad. Las estrategias principales incluyen:
- Diversificación energética: crecimiento de solar, eólica, hidroeléctrica y geotérmica, favorecido por reducción de costes e innovación. El texto menciona como ejemplo la expansión de parques eólicos marinos en Europa.
- Eficiencia energética: mejoras en edificios, transporte e industria mediante tecnologías eficientes (iluminación LED, electrodomésticos de bajo consumo, gestión inteligente), con ejemplos como edificios con certificación LEED.
- Electrificación: despliegue de VE y electrificación de calefacción (bombas de calor), apoyados por incentivos, y necesidad de infraestructuras (carga, refuerzo de redes).
- Almacenamiento de energía: baterías y otras soluciones (como almacenamiento hidroeléctrico bombeado e hidrógeno verde) para gestionar la intermitencia renovable y asegurar suministro.
- Redes inteligentes (Smart Grids): digitalización, automatización y optimización de la distribución para integrar generación distribuida (por ejemplo, paneles solares en tejados) y facilitar una gestión más flexible de demanda y oferta.
El texto remarca que la transición depende de políticas públicas (objetivos de reducción de emisiones, incentivos, I+D) y colaboración internacional, citando el Acuerdo de París como marco de cooperación climática.
Referencias:
- Wärtsilä. (2023). Global Energy Outlook 2023.
- International Energy Agency (IEA). (Informes varios, 2022–2024).
- BP. (Informes varios, 2022–2024).
- European Commission. (Informes varios sobre política energética).
- Statista. (Informes varios sobre consumo y producción energética).
El Maipo/Ambientum



