El discurso de Mark Carney, primer ministro de Canadá, en Davos no fue una advertencia vaga ni un ejercicio retórico propio de los foros internacionales. Fue una afirmación directa: “El orden internacional basado en reglas ha terminado”. Para países como Chile, que construyeron buena parte de su estrategia de desarrollo sobre la estabilidad de ese orden, la frase no es solo descriptiva. Es una interpelación.
Carney no habló como un académico ni como un comentarista externo, sino como jefe de gobierno de un país que se benefició profundamente del sistema que hoy declara agotado. Por eso su mensaje tuvo un peso particular. Insistió en que seguir actuando como si nada hubiera cambiado equivale a “vivir en la mentira”, retomando la conocida expresión de Václav Havel. El problema, sugirió, no es la falta de reglas, sino la persistencia de una fe automática en reglas que ya no protegen a todos por igual.
Chile fue uno de los países que más confió en esa promesa. Apostó por la apertura comercial, por el multilateralismo, por la previsibilidad jurídica. Esa estrategia permitió crecimiento y estabilidad durante décadas. Pero hoy enfrenta un entorno distinto: un mundo donde el comercio se usa como herramienta de presión, donde las cadenas de suministro se reorganizan por razones geopolíticas y donde la seguridad económica se ha convertido en un componente central del poder nacional.
Carney fue explícito en este punto: “No hay seguridad nacional sin seguridad económica”. Para un país de renta media como Chile, esta afirmación debería leerse como una advertencia práctica. La política exterior ya no puede separarse de la estructura productiva, de la capacidad tecnológica ni del control sobre recursos estratégicos. La inserción internacional sin una base material sólida deja de ser una ventaja y pasa a ser una fuente de vulnerabilidad.
Durante años, Chile pudo permitirse una política exterior de bajo perfil estratégico porque el sistema recompensaba la previsibilidad y castigaba la disrupción. Ese equilibrio se ha roto. Hoy, la pregunta no es si Chile debe adoptar una postura grandilocuente o ensayar una soberanía retórica, sino algo más concreto: ¿qué costos tiene no hacer nada distinto? ¿Qué implica seguir dependiendo de pocos mercados, de escasa complejidad productiva y de decisiones tomadas fuera del país?
Carney también señaló que “la resiliencia importa ahora más que la eficiencia”. Esta idea choca con uno de los pilares del modelo chileno, construido precisamente en torno a la eficiencia y la especialización. Sin embargo, en un mundo fragmentado, la resiliencia —diversificación, capacidades propias, margen de maniobra— se vuelve un activo estratégico. No se trata de cerrar la economía, sino de abrirla con mayor conciencia de sus riesgos.
En Chile, esta discusión suele posponerse porque obliga a cruzar fronteras incómodas entre política económica, política exterior y desarrollo productivo. Pero esa separación ya no es sostenible. La pregunta por el tipo de inserción internacional que queremos es inseparable de la pregunta por el tipo de país que estamos dispuestos a construir.
Para El Maipo, Álvaro Ramis, Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.
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