Donald Trump se presenta como el líder que rompe con la hipocresía del orden internacional tradicional. Dice las cosas sin rodeos, desprecia las reglas y promete imponer el respeto de Estados Unidos por la fuerza. Para muchos, eso suena a realismo puro. Sin embargo, cuando se observa lo que ocurre en la práctica, aparece una verdad incómoda: Estados Unidos no se fortalece, se debilita.
El problema no es que Trump sea demasiado duro. El problema es que confunde dureza con eficacia.
Trump cree que el poder consiste en amenazar, castigar y presionar hasta que el otro ceda. Pero el poder real no funciona así. Para que un país sea fuerte necesita algo más que músculo: necesita coherencia, previsibilidad y capacidad de mando. Cómo ha mostrado en Venezuela, actúa por impulso, cambia de postura constantemente y personaliza los conflictos, genera temor momentáneo, pero pierde respeto duradero.
Lejos de imponer orden, Trump instala incertidumbre. Aliados históricos comienzan a desconfiar, adversarios aprenden a resistir y el peso político de Estados Unidos se va desgastando. El poder no se pierde en una sola derrota; se erosiona cuando deja de ser creíble.
Otro error central es la forma en que Trump trata a los aliados. Los ve como aprovechadores, como cargas económicas que hay que disciplinar. Pero los aliados no son un gesto de buena voluntad: son una herramienta clave del poder estadounidense. Gracias a ellos, Estados Unidos influye más allá de sus fronteras sin disparar un solo tiro. Al debilitarlos, Trump reduce el alcance real del país y lo deja más solo frente a rivales cada vez más organizados.
Trump también identifica correctamente que el mundo ya no es unipolar y que hay potencias que desafían a Estados Unidos. El problema es que, en vez de concentrarse en lo esencial, abre frentes por todos lados al mismo tiempo. Amenaza a socios, pelea guerras comerciales improvisadas y multiplica conflictos secundarios. El resultado no es fuerza acumulada, sino energía dispersa.
Además, Trump desprecia la experiencia, la diplomacia y las instituciones del propio Estado estadounidense. Ataca a su burocracia, desacredita a sus servicios de inteligencia y toma decisiones estratégicas como si fueran transacciones personales. Esto debilita la capacidad del país para planificar a largo plazo. Ninguna potencia puede sostener su liderazgo si su propio aparato interno está dividido y desordenado.
Trump promete terminar con guerras interminables, pero retirarse sin orden ni estrategia no fortalece a un país. Solo deja vacíos que otros ocupan. Reducir compromisos sin redefinir prioridades no es inteligencia estratégica; es improvisación.
En el fondo, Trump comete un error básico: cree que gritar más fuerte equivale a mandar más. Pero el liderazgo internacional no se impone solo con amenazas. Se construye con equilibrio, con cálculo y con la capacidad de hacer que otros sigan tus decisiones incluso cuando no están de acuerdo.
Estados Unidos no deja de ser grande por cooperar ni por respetar reglas.
Deja de ser grande cuando confunde fuerza con poder, impulso con estrategia y ruido con liderazgo.
Por eso, pese a su retórica, Donald Trump no logra hacer grande a Estados Unidos nuevamente. No porque desafíe al viejo orden, sino porque no sabe qué hacer después de romperlo.
Para El Maipo, Álvaro Ramis, Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.
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