Los Premios Nacionales 2025: una ruptura en el canon. Por Álvaro Ramis Olivos

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La ceremonia de entrega de los Premios Nacionales 2025, encabezada por el Presidente de la República, Gabriel Boric, no fue solo un acto protocolar de reconocimiento, sino una señal política y cultural de gran densidad simbólica. Los galardonados de este año comparten un rasgo común: todos, desde sus respectivos campos, han tensionado y desbordado el canon dominante de sus disciplinas. Han desobedecido —explícita o implícitamente— esa norma no escrita que fija los límites de lo “políticamente correcto”, de lo decible, de los enfoques legítimos para las políticas públicas, la investigación académica o la creación artística. Revisar uno a uno los premios permite advertir con claridad esta inflexión.

El Premio Nacional de Educación, otorgado a Juan Casassus, resulta particularmente elocuente. En un contexto donde la educación ha sido crecientemente capturada por la tecnificación, la estandarización y un lenguaje tecnocrático que roza lo absurdo, Casassus coloca la emocionalidad en el centro del proceso educativo. Su obra cuestiona la idea de que aprender sea un fenómeno puramente instrumental y devuelve a la educación su dimensión humana, afectiva y relacional, hoy sistemáticamente relegada por rankings, pruebas y métricas.

En el ámbito del Premio Nacional de Periodismo, la distinción a Delia Vergara constituye una interpelación directa a la pauta dominante de los grandes medios. Su trayectoria ha estado marcada por la defensa persistente del feminismo, los derechos humanos y la denuncia de la pobreza estructural, temas que hoy parecen desplazados de la agenda informativa por la espectacularización de la noticia y la lógica del rating. Su reconocimiento devuelve al periodismo su vocación ética y su función crítica frente al poder.

El Premio Nacional de Ciencias Exactas, concedido al matemático Alejandro Maass, refuerza esta lógica de ruptura desde otro ángulo. Su incursión en la frontera con la biología da cuenta de un gesto decisivo: abandonar la estricta compartimentación disciplinar para adentrarse en una aventura interdisciplinaria, desafiante y creativa. Las matemáticas dejan de ser un saber cerrado sobre sí mismo para convertirse en una herramienta capaz de reconfigurar otras áreas del conocimiento científico.

En el campo del Premio Nacional de Artes Plásticas, la distinción a Alejandro “Mono” González remite a una ruptura radical con la pintura de caballete y con la sacralización del museo abstracto. El muralismo, la calle y el actor colectivo emergen aquí como sujetos políticos del arte. Se trata de un arte concreto, situado, de denuncia, inscrito en la tradición latinoamericana que entiende la creación artística como intervención en el espacio público y no como objeto de contemplación elitista.

El Premio Nacional de Artes Escénicas, otorgado a Jaime Vadell, reconoce una concepción del teatro como crítica social, lectura histórica y herramienta de reflexión sobre la contingencia. Frente a un espectáculo contemporáneo muchas veces capturado por el ego, la vanidad y la lógica del mercado, Vadell encarna un humanismo crítico que devuelve al teatro su función pública y su potencia ética.

En el caso del Premio Nacional de Literatura, la elección de Ramón Díaz Eterovic confirma esta misma orientación. Se premia a un novelista que no permitió que su género se desentendiera de la realidad. A través del detective Heredia, la dictadura y la transición se filtran en relatos donde la fantasía y la cotidianidad dialogan sin cesar, reescribiendo la historia desde los márgenes y desde la experiencia vivida.

Finalmente, el Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanidades, concedido a José Bengoa, corona este ciclo de desplazamientos. Bengoa rompe con la figura del investigador recluido en el laboratorio de las ciencias sociales, amparado en una supuesta neutralidad axiológica. Su trabajo emerge como voz de quienes han sido históricamente olvidados: los pueblos indígenas, la vida rural y, de manera central, el pueblo mapuche, con su larga lucha por el reconocimiento, la tierra y la dignidad.

En conjunto, los Premios Nacionales 2025 no solo celebran trayectorias individuales. Constituyen, sobre todo, una toma de posición frente al presente: una apuesta por el pensamiento crítico, la interdisciplina, el compromiso ético y la recuperación del sentido público del saber y del arte. Una ruptura consciente con el canon que, en tiempos de uniformidad y cálculo, vuelve a recordarnos que la creación intelectual y artística nace, casi siempre, del gesto de desobedecer.

Para El Maipo, Álvaro Ramis, Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

Nota: El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de sus autores, y no refleja necesariamente la línea editorial El Maipo.

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