Bastó un solo posteo en X. Sin alardes ni subrayados innecesarios. Y, sin embargo, el efecto fue fulminante: histeria, descontrol, marasmo conservador. Durante días —demasiados— el comentario se transformó en tema obligado como si se hubiese detonado una crisis de Estado y no, simplemente, un ejercicio elemental de lectura política.
La escena resulta reveladora. No por lo que el texto dice —que es bastante claro— sino por la reacción que provoca. Portadas que convocan a lingüistas para “descifrar” el mensaje, opinólogos que simulan no entenderlo y una industria del escándalo empeñada en complicar lo que, en el fondo, se comprende perfectamente. No se trata de incomprensión; se trata de resistencia a aceptar lo que el texto pone en evidencia.
El mensaje es simple y puede resumirse en cuatro ideas centrales que, precisamente por su sencillez, resultan incómodas.
La primera es la existencia de un dilema personal–político. Pía Adriazola aparece situada en una disyuntiva clara: respetar la austeridad proclamada por su cónyuge o preservar una tradición asociada al poder, al ceremonial y a cierta puesta en escena del mando. No hay acusación ni caricatura; hay una constatación. La política no se ejerce en el vacío, sino en cuerpos, biografías y vínculos concretos.
La segunda idea es la tensión entre austeridad y simbolismo del poder. La imagen —tan comentada como deliberadamente exagerada por sus críticos— de “sacos de dormir o tronos en el Palacio” funciona como una metáfora eficaz del conflicto. De un lado, la sobriedad republicana; del otro, la fastuosidad heredada de lógicas monárquicas que nunca terminan de irse. No es una provocación gratuita, sino una pregunta incómoda sobre qué tipo de poder se quiere representar.
La tercera idea apunta a la persistencia de tradiciones anacrónicas. El texto sugiere que ciertos gestos, rituales y símbolos buscan llenar el “vacío” dejado por antiguos reinados, como si la democracia necesitara disfraces para afirmarse. Retroceder el reloj no fortalece la institucionalidad; más bien evidencia una nostalgia mal resuelta por formas de autoridad que ya no existen, pero cuyos restos siguen orbitando el presente.
Finalmente, la cuarta idea pone el dedo en una contradicción estructural: aunque el sistema sea presidencialista, la cultura política no siempre es contemporánea. Se gobierna con reglas republicanas, pero a veces se actúa con reflejos cortesanos. El problema no es jurídico, sino cultural. Y ahí radica, quizás, la verdadera incomodidad que provoca el posteo.
El poder de Irina no reside en haber dicho algo extraño, sino en haber dicho lo evidente sin pedir permiso. En haber condensado, en pocas líneas, una discusión que muchos prefieren enredar para no enfrentarla. La reacción desmesurada revela menos sobre el texto que sobre quienes se sintieron interpelados por él.
Cuando una frase breve genera tal nivel de ruido, no estamos ante un problema de interpretación. Estamos ante el temor de que lo simple, finalmente, sea imposible de seguir ignorando.
Para El Maipo, Álvaro Ramis, Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.
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