Domingo, Febrero 8, 2026

¿Ha muerto la democracia?. Por Mia Dragnic García

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Desde pequeña mi madre me enseñó a celebrar la democracia como quien toma nota de algo que está provisoriamente vivo, una forma frágil cuyo pulso habría que cuidar de la resignación y el hastío. Crecí con la idea de que votar no era solo escoger un gobierno, era afirmar que nunca más permitiríamos la sombra larga del autoritarismo que había marcado su juventud y la memoria de Latinoamérica. Votar, era entonces un esfuerzo por mantener a raya la gravedad del mal político que ya conocíamos. Esa escena con los años se convirtió en una pregunta más honda, ¿cómo se sostiene una democracia cuando su pulso empieza a debilitarse?

En distintos textos, Simone Weil advierte que las democracias pueden naufragar no solo por la fuerza brutal del totalitarismo, sino por algo todavía más desolador que llama obediencia vacía, ese hábito de someterse sin convicción, de participar sin espíritu, de aceptar el orden de las cosas como si no hubiera alternativa. Para Weil la atención no es un acto mental, es una disposición ética, una forma radical de cuidado hacia el mundo y los otros, y cuando la inercia la desplaza, la política se degrada y la vida pública pierde su impulso vital. Ese vacío deja un gran espacio para que vuelva el fascismo (1). Entonces las acciones ya no provienen de una convicción íntima, provienendel hábito, la obediencia o la resignación. En tiempos en que el cansancio social, la fatiga de la indignación, la precariedad económica y el agotamiento cotidiano han desgastado el interés en la política, la vida pública queda atrapada en el esfuerzo de sobrevivir y en imaginarios que pueden llegar a ser espeluznantes. Lo que se deshace es cierta energía moral que permite oponerse a lo intolerable, porque una colectividad gobernada por la inercia puede funcionar administrativamente, pero deja de estar habitada por el espíritu que hace posible la vida democrática.

El fascismo no era un capítulo cerrado del siglo XX o una pesadilla de otro tiempo. Hoy esta palabra vuelve porque parece ser el término más adecuado para describir ciertas mutaciones de la derecha extrema que está llegando al poder a través de los votos. La emergencia de un neofascismo que se mimetiza con la lógica electoral, con la retórica de a libertad y del enemigo interno. En Chile esto se ha expresado durante los últimos años a través de la conformación de una atmósfera que deslegitima la protesta social, criminaliza la migración y revitaliza una “nostalgia por el orden y la seguridad” que se impone incluso a costa de los derechos fundamentales. Este clima se ha alimentado de la construcción sistemática de enemigos internos
• migrantes, pueblos mapuches, feministas, estudiantes- y de un desprecio creciente por los tribunales, la prensa, las universidades y las organizaciones sociales. A ello se ha sumado el uso de la mentira como una eficaz herramienta política y la idea de la purificación nacional para “limpiar la patria” de la corrupción, de la ideología de género, de delincuentes y terroristas, todo bajo el mismo significante del miedo. Es este entramado el que da lugar al fascismo, porque, aunque ascienda al poder por la vía democrática, siempre trae consigo una lista de vidas que son prescindibles. El neoliberalismo más extremo es una cruzada moral contra el feminismo, los sindicatos y contra todo lo que suene un límite para el mercado. La forma es electoral pero el contenido es autoritario.

El avance del fascismo electoral

La democracia puede morir cumpliendo todos sus rituales. Hay elecciones, campañas, franja y debates, pero esto no impide que el tejido que sostiene la vida en común se vaya erosionando, como la idea de la igualdad ante la ley, la posibilidad de disentir sin miedo o la comprensión de que la escuela es un espacio para aprender a convivir con la diferencia y no para expulsarla. El fascismo electoral está vaciando de sentido las instituciones democráticas. Si hay algo que hemos aprendido de Trump, Bolsonaro, Bukele o Milei, es que la desigualdad y la sensación de traición o abandono son el combustible perfecto para proyectos que combinan una rabia -que puede ser legítima- con medidas que simulan “soluciones” profundamente autoritarias, racistas y patriarcales. Hay algo más que nos han enseñado estas experiencias, que no hay salvación individual, que ni las universidades, ni los medios, ni los feminismos, ni los movimientos sociales en la actualidad pueden refugiarse en la ilusión de que “aquí eso no va a pasar”. Desolación. En Brasil se pensó que el bolsonarismo era un exabrupto pasajero, en Estados Unidos se creyó que las instituciones eran demasiado fuertes como para ser dañadas, en Argentina se subestimó el hartazgo acumulado y en El Salvador se consideró a Bukele como un experimento que no podía expandirse más allá de sus fronteras, hasta que empezó a ofrecerse como un modelo para toda la región. La carta abierta de Manuel Castells (2018) al mundo intelectual, alertaba con claridad que Brasil estaba a punto de elegir el fascismo en las urnas (2). Lo que vino después, el asalto a las instituciones, las persecuciones, el odio a la prensa, el negacionismo de la dictadura y de la pandemia, hizo visible que no exageraba.

Quizás la pregunta más honesta que podemos hacernos en el Chile actual, no es si estamos frente a un fascismo pleno, es en cambio, si somos capaces de reconocer los umbrales de lo intolerable antes de cruzarlos. Antes de caer en la desesperación de votar por un pésimo mal menor, por ejemplo, por una candidatura pinochetista. Votar, por supuesto que no agota la política. Pero en momentos como este, no elegimos solo autoridades, elegimos el marco dentro del cual será posible, o no, seguir disputando sentidos, derechos y futuros. Tal vez el gesto más elemental de antifascismo electoral sea entonces aceptar esa responsabilidad, mirar el mundo que tenemos alrededor y asumir que Chile estará a salvo de esto únicamente por decisión. Un modo de evitar caer en esa inercia, es recordar aquello que Simone Weil entendía por atención, una manera radical de permanecer despiertas frente al mundo. Atender es contemplar lo común, es abrir un espacio en donde lo real, especialmente el sufrimiento de los otros, aparece. La atención es una forma de deseo paciente, una escucha activa que nos despoja de la indiferencia y nos obliga a medir el peso de las palabras, los gestos y las decisiones que constituyen la vida. Solo a través de esa vigilancia sensible, de esa disposición a ver hasta aquello que preferiríamos no ver, podemos reconocer cuándo los umbrales de lo intolerable comienzan a desdibujarse.

Negacionismo televisado

La atención en Weil aparece como una forma de deseo y de generosidad, el pensar, por ejemplo, la genealogía del presente para nombrar sus derivas y defender activamente lo que aún permanece vivo. Y esto significa recuperar la capacidad de estremecernos ante lo que ocurre, constatar el peligro de que la palabra “Pinochet” en Chile vuelva a ocupar una tribuna, asombrarnos porque sectores que hasta hace poco se asumían como herederos explícitos del autoritarismo, ahora se instalen en el centro político como quien mueve una silla. ¿Cómo es que hemos tolerado que ni periodistas ni leyes pongan límite al negacionismo televisado que se ha desatado?, ¿a propuestas de gobiernos que promueven el uso de minas antipersonales, muros y zanjas en el norte?, ¿a la expulsión masiva de migrantes, de niños y niñas?, ¿acaso no nos consterna que la mitad de las candidaturas que compitieron en primera vuelta por la presidencia, declaren su interés en indultar a los condenados por violaciones a los derechos humanos durante la dictadura, en reestablecer la pena de muerte o eliminar los avances logrados en aborto y derechos LGBTIQ+?

Cuando la atención se agota y prevalece la inercia del miedo y el cansancio, también la deriva de la derrota, este tipo de propuestas dejan de escandalizarnos. ¿Cómo es que el miedo, la rabia y el algoritmo en distintos lugares del mundo hayan sido capaces de construir imaginarios más rápido que cualquier proyecto democrático? Esta falta de atención está normalizando a la extrema derecha y sus figuras ya no aparecen como anomalías o exabruptos sino como actorías políticas que son válidas en el juego institucional. La pregunta, entonces, no es solo si hay fascismo, es, más bien, qué ocurre cuando la democracia abre sus propias puertas a expresiones neofascistas y aprende a convivir con ellas. Y es en ese punto preciso cuando vuelvo a la imagen de mi madre sembrando una planta después de votar, como alguien que celebra y cuida, a la vez, la fragilidad que esta padece.

Mia Dragnic García. Socióloga.

El Maipo/Le Monde Diplomatique

1. Sobre la atención y la obediencia en Simone Weil consultar: Reflexiones sobre el buen uso de los estudios escolares con miras al amor de Dios en Espera de Dios (1950), La atención y la voluntad en La gravedad y la gracia (1947) y Nota sobre la supresión de los partidos políticos (1943).

2. “Carta abierta a los intelectuales del mundo”, Manuel Castells, El País, 10 de octubre de 2018.

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