El estándar que premia al Best in Show no es canino: es cultural. Esta “Barbie perrito” funciona como símbolo de una estética del poder que privilegia lo moldeado, lo intimidante y lo espectacular por sobre lo íntegro. Finjamos sorpresa…
Dedicado a Penny, que como buen perro, no cuestiona.
En el año en que el Westminster Kennel Club Dog Show – el más importante evento de perros de raza de los Estados Unidos – celebra su 150° aniversario, una ejempar Doberman Pinscher llamada Penny consigue el Best in Show (Mejor de Exposición). El juez —David Fitzpatrick— la corona y el público aplaude. La escena se presenta como deporte, tradición y cultura cinófila. Reuters lo cuenta con ese tono higiénico con que se narran las cosas que no conviene tocar demasiado: un show enorme, miles de perros, un vínculo emotivo con el handler, la épica del “ideal de raza”.
Pero lo verdaderamente interesante es lo que no se dice: Penny no es solo un perro ganador. Es un objeto estético perfectamente compatible con un clima cultural. Uno que Mother Jones describió —sin metáforas suaves— como “la brutal estética” de MAGA: una política convertida en puesta en escena, performance, en transformación visible del cuerpo como signo de pertenencia al poder.
¿Qué es la “Mar-a-Lago face”?
El término —que incluso tiene entrada en Wikipedia y aparece citado por medios de análisis cultural y política— describe una tendencia estética visiblemente artificial y agresiva asociada a figuras conservadoras y republicanas en Estados Unidos, caracterizada por:
- maquillaje excesivo y maquillaje dramático,
- bronceado artificial,
- “líneas de expresión” con botox y rellenos,
- y rasgos que parecen “plásticos” o fuertemente modificados.

Este estilo se ha identificado con personas del círculo cercano a Donald Trump, entre ellas Melania Trump, Kristi Noem, Kimberly Guilfoyle y Matt Gaetz, y se ha vinculado con una presión estética dentro del entorno político para demostrar poder, lealtad o alineación con una estética específica de la élite MAGA.
La pregunta, entonces, no es “¿por qué ganó Penny?”. La pregunta es: ¿por qué Penny encaja tan bien en esta época?
1) Porque es el triunfo de lo intervenido
Mother Jones sitúa el fenómeno “Mar-a-Lago face” en el corazón de una estética que abraza lo artificioso: “conservative girl makeup” y, sobre todo, la normalización de procedimientos que alteran el rostro —botox extremo, fillers, veneers, cirugía— como parte del guion visual del poder.
Penny opera con la misma lógica: su belleza no es “natural”. Es la belleza del cuerpo corregido para el canon. Y si el canon exige intervenciones, la intervención se vuelve virtud. Si exige señales de dureza, la dureza se vuelve elegancia.
Lo intervenido deja de dar pudor cuando el entorno lo celebra como excelencia.

2) Porque es una estética de intimidación “presentable”
El Mar-a-Lago look no busca armonía: busca impacto. Es la cara como declaración; el rostro como frontera; la imagen como advertencia. Mother Jones abre su texto con una escena de performance política: autoridad en plena operación de detención migratoria, blindaje y glamour simultáneos, y una negación explícita de que se trate de espectáculo… mientras todo está diseñado para que lo sea.
La doberman —históricamente asociada al control, la vigilancia, la defensa— es un símbolo ideal para ese mismo lenguaje: elegancia que muerde. La estética del orden que se exhibe para ser obedecida.
3) Porque el “estándar” funciona como la coartada perfecta
En Estados Unidos, el aparato institucional que rodea el mundo de las exposiciones mantiene un argumento que es casi una obra de arte retórica: el AKC reconoce el corte de orejas, cola y extracción de espolones como prácticas “aceptables” e “integrales” a ciertos estándares de raza.
Integral. Esa palabra hace magia: convierte una elección estética (y una cirugía no terapéutica) en identidad cultural. Como si el bisturí fuera parte del ADN y no una decisión humana.
El estándar, así, deja de ser un acuerdo estético y se vuelve una excusa moral: no es crueldad, es tradición; no es daño, es carácter; no es mutilación, es definición.
4) Porque es un accesorio perfecto para un mundo que confunde “forma” con “verdad”
Mother Jones sugiere algo que es crucial: en un entorno donde las fronteras entre celebridad y poder se disuelven, el look se vuelve credencial. No se exige coherencia ética, se exige consistencia visual. No se exige reparación, se exige performance.
Penny, en ese sentido, es el equivalente canino de la estética política contemporánea: una presencia impecable que tapa la pregunta incómoda. Aplauso, cinta, foto. Y la conversación sobre el cuerpo intervenido queda fuera de cuadro.
5) Porque Europa ya convirtió esto en un mal gusto (y ahí está el contraste)
En buena parte de Europa, el terreno cultural cambió porque el terreno normativo cambió. La FCI —que regula exposiciones internacionales— establece que perros con cola docked y orejas cropped se admiten conforme a las regulaciones legales del país de origen y del país anfitrión.
En varios países eso significa, en la práctica, no competir o competir bajo restricciones. Traducción cultural: allá, lo intervenido dejó de ser aspiracional. En Estados Unidos y gran parte de los países latinoamericanos, todavía puede ser coronado con la máxima distinción.
6) Porque vivimos una época en que el dolor se vuelve “detalle técnico”
Y aquí está el punto que duele: no es que el mundo se haya vuelto ignorante del daño. Es que el mundo se volvió experto en administrarlo.
La violencia ya no necesita justificarse con grandes discursos: basta con convertirla en procedimiento, en estándar, en “así se hace”. Y cuando el daño se vuelve rutina, su ética se vuelve prescindible.
A veces ese cuerpo es un perro sano al que se “perfecciona” para competir. A veces son niños a los que se encierra o expulsa por no tener el color correcto, por venir de otro lugar, por hablar distinto. A veces son infancias mutiladas por una guerra sin tregua, mientras el planeta distribuye su indignación con cautela diplomática.
No es comparar dolores: es reconocer un patrón. El poder se ejerce mejor cuando el cuerpo del otro no cuenta.
7) Porque la crueldad hoy es más perdonable que la diferencia
El Mar-a-Lago face es, en el fondo, un uniforme: pertenencia, disciplina estética, lealtad visible. La doberman mutilada, coronada como “ideal”, también funciona como uniforme: el cuerpo que se somete al canon para merecer premio.
En ambos casos, el mensaje es igual de simple y devastador: la diferencia incomoda; la intervención se aplaude. La diversidad molesta; la corrección tranquiliza. Lo entero inquieta; lo “arreglado” se celebra.
Triste pero cierto
El estándar no es una ley natural. Es una construcción cultural y, como toda construcción, necesita excluir para sostenerse. Excluye al que no encaja. Corrige al que incomoda. Interviene al que no puede negarse.
Cuando una sociedad convierte ese gesto en ideal, algo esencial se rompe. El cuerpo deja de ser límite y pasa a ser material. La diferencia deja de ser tolerada y pasa a ser corregida. El daño deja de ser problema y pasa a ser estilo.
Hoy ya no hay animalismo capaz de contrarrestar este retroceso cultural vertiginoso, del mismo modo en que el humanismo ha sido incapaz de llamar a la cordura frente a otros dolores que nacen del mismo lugar: la raza, el origen, la exclusión, la idea de que algunos cuerpos valen menos que el orden que se quiere imponer sobre ellos.
No estamos frente a un exceso ni a una desviación. Estamos frente a una pedagogía del poder. Una que enseña, sin necesidad de discurso, quién puede ser moldeado, quién debe adaptarse y quién puede ser descartado sin escándalo.
Ese es el signo de los tiempos. El poder ya no necesita justificarse, porque logró que su estética sea deseada. Y cuando la estética del poder se vuelve aspiracional, ni la compasión ni la razón alcanzan para detenerla.
Constanza Schaub, periodista y colaboradora de elmaipo.cl
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