Por ECOticias.com El periódico verde
Fotos de capibaras tomando el sol pegados a caimanes recorren las redes desde hace años. A primera vista parece una escena imposible, casi un desafío a las leyes de la naturaleza. Un gran roedor descansando junto a un depredador con una mandíbula llena de dientes. Entonces, por qué ese caimán no se lo come.
Según la zoóloga Elizabeth Congdon, experta en capibaras y profesora en la Universidad Bethune Cookman de Florida, lo normal en libertad es ver a capibaras y caimanes compartiendo orilla e incluso durmiendo a poca distancia. Explica que los cocodrilianos prefieren peces y otras presas mucho más fáciles de manejar. Un capibara adulto sano simplemente no les compensa por el esfuerzo y el riesgo de salir heridos.
Capibaras, los vecinos tranquilos de los humedales
Los capibaras o carpinchos son los roedores más grandes del planeta. Viven en gran parte de Sudamérica y pasan la mayor parte del día en grupo, entre hierbas y plantas acuáticas junto a ríos, lagos y pantanos. Es decir, exactamente el mismo tipo de paisaje que les gusta a los caimanes.
Esta cercanía hace que compartan orilla, charcos y rampas de barro una y otra vez. La excepción son las crías, mucho más vulnerables. La propia Congdon recuerda que los bebés son un bocado fácil para muchos depredadores, incluidas grandes rapaces. Un adulto de más de cincuenta kilos es otro asunto muy distinto.
Un roedor pacífico, pero bien armado
De lejos, el capibara parece un animal bonachón. Cuerpo redondeado, mirada tranquila, costumbre de quedarse quieto mientras otras especies se le suben encima. De cerca, la historia cambia. Sus incisivos frontales son enormes y muy afilados. Si hace falta, pueden causar daños serios en la piel y en las extremidades de un atacante.
Congdon lo resume de forma sencilla. Los capibaras tienen dientes grandes y afilados y un cuerpo voluminoso. Para un caimán que ya tiene a su alcance bancos de peces y presas más manejables, lanzarse contra un animal que puede herirle no es buena idea. El posible beneficio de la comida no compensa el riesgo de perder una pieza dental o sufrir una lesión en el hocico, que en la naturaleza puede ser una condena a medio plazo.
Convivencia con depredadores y equilibrio ecológico
Eso no significa que los capibaras sean intocables. En determinadas circunstancias pueden caer en las garras de jaguares, anacondas, ocelotes, águilas harpías e incluso de caimanes que no encuentran nada mejor que llevarse a la boca. Pero en gran medida son presas ocasionales para muchos depredadores y no un objetivo prioritario.
En cambio, su presencia constante en los humedales los convierte en una pieza importante del ecosistema. Pastan hierbas y plantas acuáticas, abren pequeños caminos en la vegetación y sirven de alimento puntual para grandes carnívoros. En la práctica son esos vecinos tranquilos que mantienen cierto orden en la comunidad, aunque no hagan ruido.
La verdadera amenaza para el capibara
Quien más peligro representa para estos animales no es el caimán, sino el ser humano. En varias regiones de Sudamérica se cazan y se consumen capibaras silvestres, incluso donde existen prohibiciones. Para aliviar la presión sobre las poblaciones salvajes han aparecido granjas específicas y la especie ha demostrado adaptarse con relativa facilidad a la cría comercial.
Esta vía puede reducir la caza furtiva, pero abre otros debates. Cómo se gestionan esas explotaciones, qué impacto tienen sobre los ecosistemas cercanos o cómo se garantiza el bienestar de los animales. Al final, la imagen del capibara tumbado en la orilla junto a un caimán nos recuerda que muchas veces la naturaleza encuentra su propio equilibrio y que somos nosotros quienes lo desajustamos.
Un aviso para los humanos curiosos
La fama de animal tranquilo no debe llevar a engaño. Si se siente acorralado o molesto, un capibara puede morder con fuerza. No existen datos oficiales detallados sobre ataques, pero hay vídeos y testimonios de ataques a mascotas y personas que se han acercado demasiado confiadas. Incluso el vecino más pacífico tiene sus límites.
Para quienes viven o viajan en zonas donde habita esta especie, la clave es la misma que con cualquier fauna silvestre. Observar, disfrutar y respetar la distancia. Ni selfies pegados al animal, ni intentos de tocarlo, ni alimentar capibaras salvajes junto a ríos donde también descansan caimanes.
En resumen, los cocodrilianos rara vez se comen a los capibaras adultos porque el coste y el riesgo de la caza superan la recompensa, sobre todo cuando tienen a mano presas más fáciles. La aparente amistad entre ambos no es un pacto de paz, sino una cuenta de riesgos y beneficios que, de momento, juega a favor de este gran roedor.
El Maipo/Ecoticias



