Investigadores, organismos públicos y organizaciones de conservación analizaron las amenazas que enfrenta el felino silvestre más pequeño de América. El diagnóstico apunta a que su protección no puede limitarse a parques y reservas: la fragmentación de los bosques, carreteras, incendios, perros, gatos y la expansión de actividades humanas también están condicionando su supervivencia.
La conservación de la güiña (Leopardus guigna) enfrenta un desafío que va más allá de proteger los bosques donde todavía habita. Esa fue una de las principales conclusiones del seminario binacional “Avances y desafíos para la conservación de la Güiña en Chile y Argentina: presente y futuro”, realizado en el Campus San Joaquín de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
El encuentro reunió a especialistas de ambos países para analizar el estado de la especie y discutir medidas frente a un escenario marcado por la fragmentación del paisaje, pérdida de conectividad, transformación de los bosques y creciente interacción con comunidades humanas.
La jornada fue organizada por el Güiña Working Group y contempló exposiciones sobre genética, monitoreo, transformación del hábitat y coexistencia, además de una mesa de trabajo participativa destinada a priorizar amenazas y construir propuestas de acción.
Una especie que necesita paisajes conectados
La güiña es considerada el felino silvestre más pequeño de América, con un peso aproximado de entre 1,5 y 2,5 kilos. Su distribución se concentra principalmente en el centro y sur de Chile, mientras que en Argentina aparece de manera mucho más restringida, en sectores del suroeste del país próximos a la cordillera.
Aunque suele asociarse a bosques nativos, investigaciones muestran que la especie también puede desplazarse por paisajes productivos y áreas fragmentadas, siempre que existan parches de vegetación y corredores que permitan conectar esos ambientes.
El problema aparece cuando esa conectividad comienza a desaparecer.
La subdivisión de predios, la transformación de los bosques y la reducción de los corredores vegetales pueden aislar las poblaciones. De acuerdo con especialistas que participaron del encuentro, la presencia de perros y gatos domésticos agrega nuevas presiones sobre estos pequeños felinos.
A estas amenazas se suman carreteras, atropellos, incendios forestales, sequías y degradación del hábitat, configurando un escenario que obliga a pensar la conservación fuera de los límites tradicionales de las áreas protegidas.
Cinco grandes amenazas sobre la mesa
Durante la instancia participativa se trabajó sobre distintos escenarios de riesgo para la especie. Entre ellos estuvieron los incendios y las sequías; la pérdida, fragmentación y degradación del hábitat; la interacción con perros y gatos; los atropellos; y la persecución y caza.
La discusión permitió avanzar en modelos situacionales y posibles estrategias para enfrentar estos problemas según las características de cada territorio.
Entre las alternativas priorizadas apareció con fuerza la necesidad de crear y mantener corredores biológicos, particularmente dentro de paisajes donde conviven actividades productivas, asentamientos humanos y fragmentos de bosque.
La idea es relevante porque la conservación de la güiña no depende solamente de aumentar la superficie de parques nacionales. También requiere mantener conectados los espacios naturales que quedan entre ellos.
La amenaza también está en los territorios rurales
Uno de los puntos abordados durante el seminario fue precisamente la relación entre la especie y las comunidades.
La güiña puede desplazarse por zonas agrícolas cuando todavía existen parches de vegetación capaces de mantener la conexión entre los distintos sectores de bosque. Sin embargo, esa posibilidad disminuye cuando el territorio se fragmenta y aumentan las barreras para el desplazamiento.
La presencia de perros y gatos sin supervisión representa además un riesgo adicional, tanto por ataques como por la posibilidad de transmisión de agentes patógenos. El propio Güiña Working Group identifica entre las principales amenazas para la especie la pérdida de hábitat, la caza en represalia y los impactos asociados a animales domésticos.
Por eso, las medidas de conservación requieren incorporar también a propietarios rurales, comunidades, municipios y sectores productivos, además de los organismos dedicados directamente a la protección de la biodiversidad.
Un cambio en la categoría internacional que no significa que el problema esté resuelto
El estado de conservación de la güiña también ha generado discusión recientemente.
La evaluación más reciente de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) modificó su clasificación global desde Vulnerable a Preocupación Menor. Sin embargo, el investigador Nicolás Gálvez, quien participó en el análisis, advirtió que el cambio debe interpretarse con cautela: no necesariamente representa una recuperación real de la especie, sino también un avance en el conocimiento científico y en la calidad de los datos disponibles.
En Chile, en cambio, la clasificación oficial continúa reconociendo distintos niveles de riesgo según la zona. El Ministerio del Medio Ambiente registra a la güiña como Vulnerable desde la Región de Los Ríos al norte y como Casi Amenazada desde Los Lagos hacia el sur.
Esto vuelve especialmente relevante el monitoreo de las poblaciones y de los cambios que experimentan sus hábitats.
Chile y Argentina buscan coordinar esfuerzos
La distribución transfronteriza de la especie hace necesario que las estrategias de conservación no se desarrollen de manera aislada.
El seminario reunió a investigadores, universidades, organizaciones y servicios públicos de ambos países para avanzar en una mirada común sobre genética, monitoreo, conservación del hábitat y coexistencia con las comunidades.
Las propuestas surgidas de la jornada serán sistematizadas en un documento destinado a autoridades, con el objetivo de transformar los resultados de la investigación y las discusiones territoriales en acciones concretas de conservación.
El desafío, finalmente, es que la protección de la güiña no quede restringida a los lugares donde todavía existe bosque continuo. Para una especie que también intenta sobrevivir en territorios rurales y paisajes cada vez más intervenidos, conservar los espacios que conectan esos fragmentos puede ser tan importante como proteger el bosque que permanece en pie.
El Maipo




