Por Yesid Achicue
La serie Voces desde el territorio reúne artículos de opinión escritos por pueblos indígenas de todo el mundo. A través de estos comentarios, compartimos nuestras realidades y reflexiones sobre temas urgentes que marcan nuestro tiempo: la destrucción ambiental, nuestra relación con la naturaleza y la injusticia sistémica. Escribimos desde el corazón de nuestras comunidades, donde se sienten profundamente los impactos de estas crisis urgentes, pero también donde se encuentran las soluciones. A través de esta serie, hablamos desde nuestros territorios y nos aseguramos de que nuestras verdades formen parte de la conversación global.
En los Andes colombianos, sobre los puntos más altos a nivel del mar he apreciado masas blancas con destellos deslumbrantes que reparten vida. Aquí arriba he podido sentir verdaderamente el agua, oler el aire puro y experimentar el pulso de la Tierra mientras contemplo las glorias de un ciclo de vida en el que el destino del planeta parece descansar.
No es de extrañar que hace muchos años, cuando mi hermano mayor me llevó a ver el amanecer que se abría paso entre picos montañosos entrelazados bajo una luz cambiante, pudiera comprender cómo una de las creaciones más asombrosas de la Tierra comenzó a elevarse: la Cordillera de los Andes, un lugar sereno que ha sido parte de un equilibrio perfecto, donde se crean vínculos simbióticos con todo lo que existe.
Los Andes, la cordillera continental más larga del mundo, se extienden como una serpiente gigante que abraza a toda Sudamérica. A lo largo de su inmensa presencia serpentean por distintos territorios y países, incluido el mío —el pueblo Nasa del Cauca—. En su abrazo albergan distintas formas de experimentar su presencia; de ella brotan culturas, pues moldea y define la identidad de nuestra pertenencia colectiva.

Sin embargo, este sueño de picos blancos —en especial los glaciares andinos de Colombia— contrasta hoy de forma dramática con la realidad: un proceso acelerado de deshielo que los arrastra hacia una desaparición inminente, en total antítesis con mi primer encuentro con ellos hace 15 años.
No podemos detener el tiempo, pero sí amortiguar su impacto creando valores que nos lleven más allá de la dicotomía de si una montaña es un montón de rocas o la morada de los espíritus y que nos orienten a comprender cómo nuestra percepción del mundo condiciona las acciones que emprendemos para cuidarlo.
Actualmente, tratar al mundo y a la vida como recursos para ser saqueados está generando la crisis climática y otros valores pueden transformarla.

Como resultado del rápido deshielo provocado por el cambio climático, hasta mediados del siglo pasado Colombia contaba con 14 montañas nevadas con sus respectivas áreas glaciares. Hoy, muchas han perdido rápidamente su cobertura de hielo: el Cumbal (en Nariño, desaparecido en 1950), el Chiles (cerca de Nariño, desaparecido en 1950), el Sotará (en Cauca, desaparecido en 1948), el Pan de Azúcar (en Boyacá, desaparecido en 1960), el Nevado del Quindío (en Quindío, desaparecido en 1960), la Sierra Nevada de los Coconucos (sin registro de la fecha exacta del deshielo) y el Púlpito del Diablo, que aunque aún conserva un hermoso manto blanco a su alrededor, en el pasado estuvo completamente cubierto de nieve.
Hoy, seis de ellas libran una lucha agotadora por sobrevivir.
Esto resulta sumamente alarmante si se considera el papel crucial que cumplen las montañas nevadas en los ecosistemas: son esenciales para la creación y regulación del agua, la vitalidad y la salud del equilibrio ecológico, además de ser indicadores de los cambios ambientales y climáticos.

Pero su importancia va más allá de nuestra realidad física: las montañas nevadas poseen un valor simbólico, espiritual y sagrado, como los pueblos indígenas han reconocido desde tiempos inmemoriales.
Este es el caso del pueblo nasa, al que pertenezco, que ha habitado desde siempre las empinadas laderas de Nxadx Wila —Nevado del Huila en español— uno de los seis templos montañosos que aún permanecen blancos en el corazón de los Andes colombianos.
Cabe resaltar los beneficios que Nxadx Wila ha brindado a nuestra región: provee aguas que fluyen como arterias hacia los mares, atravesando bosques, valles y comunidades en incontables encuentros e interacciones vinculadas al surgimiento mismo de la vida.
Sin embargo, hoy sentimos el suspiro angustiado e implacable de una montaña como Nxadx Wila.

En la memoria colectiva del pueblo nasa se le recuerda rebosante de nieve y en el círculo de la palabra de nuestras comunidades se le describe como “la montaña luminosa” por su brillo incesante bajo la luz del día y de las noches de luna.
Pero ahora carga con una sombra. Es un contraste abrupto de nieve y roca, cada vez más teñido de ocre, donde antes había gigantescas masas de hielo blanco y ahora hay un vacío que amenaza el patrimonio cultural de quienes habitan aquí. Esto nos obliga a detenernos y reflexionar sobre el presente, sobre esta imagen y símbolo que siempre ha sido un marcador de identidad para nuestra comunidad, pero que hoy parece formar parte de un grito perdido entre las montañas entrelazadas de la cordillera central.
Con base en lo que observamos, podemos afirmar que la desaparición temprana de los glaciares abre la puerta a la sed y a la vulnerabilidad de los seres vivos de la región. Esto es preocupante porque amenaza con romper la interconexión entre todos los seres de este lugar, unidos en este mundo andino que forma parte de un todo mayor, interdependiente y consciente. Parte de esa conexión somos nosotros, y también lo son la identidad, la cosmovisión y la espiritualidad de mi pueblo.
Crear valores para prevenir más impactos
Esta conexión entre las personas y el entorno no puede detener la muerte anunciada de los glaciares.
Pero sí puede abrir alternativas sostenibles para las comunidades. También puede crear un escudo que proteja ecosistemas clave como los páramos, las lagunas y los ríos, y que regule el agua, cumpliendo un papel vital en el cuidado de la vida.
En mi opinión, son nuestros valores —y la forma en que estos sistemas de creencias se manifiestan en nuestras sociedades y culturas— los que determinan si podemos ralentizar o amortiguar los impactos del deshielo. Nuestras percepciones condicionan nuestras acciones.

La industrialización global de los países “desarrollados” y de las grandes empresas, bajo un paradigma imperialista y capitalista, está destruyendo los sistemas de vida, sin importar el costo ambiental y cultural. Este saqueo irracional y excesivo reduce nuestra visión de la vida a simples “recursos”, lo que conduce a enormes emisiones de gases de efecto invernadero y a la quema desmedida de combustibles fósiles, acelerando así el derretimiento y la desaparición de los glaciares.
Esto revela una desconexión con las consecuencias morales de las acciones extractivas y depredadoras, impulsadas por una ideología y unos valores que priorizan el crecimiento económico y la acumulación de capital por encima de todo. Como resultado, las personas, las culturas, las comunidades, los seres vivos e incluso la propia tierra que habitamos son vistos como medios para un fin y no como fines en sí mismos.

Esta cosmovisión rompe la conexión espiritual y física con los territorios ancestrales, afecta las prácticas de subsistencia y amenaza los saberes tradicionales.
En suma, no se trata de dominar, sino de coexistir en un ritual donde los valores se convierten en una expresión tangible de ideas profundas y de acciones al servicio de las relaciones entre los seres humanos y el mundo de las montañas. Hoy los glaciares se derriten y, con ellos, se desvanece un capítulo de nuestra memoria colectiva. Y lo que permanezca también dependerá de lo que hagamos hoy.
Imagen principal: Yesid Achicue, guía indígena de montaña de la región del Cauca, Colombia. Foto: cortesía Yesid Achicue
El Maipo/Mongabay



