Un equipo de la Universidad Autónoma de Chile, con apoyo de FIA, desarrolla un bioinsumo a partir de semillas de uva para combatir la pudrición gris y reducir el uso de fungicidas en la poscosecha de cerezas.
La Región del Maule es uno de los grandes bastiones de la producción y exportación de cerezas en Chile, pero conservar la fruta en buen estado durante el almacenamiento, el transporte y la comercialización sigue siendo uno de los mayores dolores de cabeza para el sector. El principal enemigo tiene nombre científico: Botrytis cinerea, el hongo responsable de la pudrición gris, capaz de arruinar cargamentos completos entre el campo y los mercados de destino.
Frente a este problema, un equipo de investigación de la Universidad Autónoma de Chile trabaja en una solución que conecta dos actividades clave de la región: la vitivinicultura y la fruticultura. El proyecto, bautizado “Tecnología Verde para la Fruticultura del Futuro: Aceites Ozonizados de Semillas de Uva contra la Pudrición Gris de la Cereza”, cuenta con el respaldo de la Fundación para la Innovación Agraria (FIA), dependiente del Ministerio de Agricultura.
Un subproducto del vino, transformado en escudo para la cereza
La idea central es aprovechar las semillas de uva —un residuo habitual de la industria vitivinícola— para extraer un aceite que luego pasa por un proceso controlado de ozonización. El resultado es un bioinsumo con potencial para limitar el desarrollo del hongo que provoca la pudrición gris, tanto en el campo como durante el embalaje y el transporte de exportación.
Se trata de una propuesta enmarcada en la economía circular: en lugar de desechar un material de uso limitado, se le da una segunda vida como herramienta de protección para un cultivo de alto valor comercial como la cereza.
Pruebas de laboratorio y validación en condiciones reales
El equipo realizará ensayos tanto en laboratorio como en cerezas almacenadas bajo condiciones controladas, con dos objetivos en paralelo: comprobar la capacidad del aceite ozonizado para reducir la pudrición, y verificar que su uso no afecte atributos clave de la fruta, como firmeza, color, peso, sabor y apariencia.
La directora del proyecto, la Dra. Yaneris Mirabal Gallardo, investigadora de la Universidad Autónoma de Chile, explicó el sentido de la iniciativa: “Estamos investigando cómo transformar un subproducto de la industria vitivinícola en una herramienta útil para la fruticultura. Queremos aportar una alternativa que ayude a proteger la calidad de las cerezas, a reducir pérdidas y a avanzar hacia procesos productivos más limpios y sustentables”.
Menos fungicidas, menos exposición para los trabajadores
Desde FIA, su director ejecutivo, Andrés Gálmez, valoró el aporte del proyecto al desarrollo de nuevas alternativas para el sector frutícola, orientadas a responder a necesidades concretas de la producción de cerezas.
En la misma línea, Angela Blanco, ejecutiva de innovación de FIA, puso el foco en un beneficio adicional que va más allá de lo productivo: hoy la exportación de cerezas exige aplicar fungicidas antes del embalaje, y avanzar hacia soluciones más limpias no solo ayudaría a reducir pérdidas, sino también a disminuir la exposición de los trabajadores a productos químicos.
Mirando más allá de la cereza
El trabajo no se detiene en evaluar la eficacia del bioinsumo. El equipo también analizará las condiciones necesarias para escalar su aplicación a mayor tamaño, considerando factores técnicos, económicos y logísticos en centros de empaque.
La expectativa es generar evidencia que, a futuro, permita contar con nuevas alternativas para el manejo poscosecha no solo de cerezas, sino también de otros frutos vulnerables a hongos, como arándanos, frutillas y uvas de mesa.
Con el respaldo de FIA, la iniciativa pone en valor la ciencia que se hace en la Región del Maule y muestra cómo la innovación puede unir agricultura, conocimiento y sostenibilidad para resolver problemas muy concretos del territorio.
El Maipo




