Saliendo de Melipilla,
corriendo por Talagante,
cruzando por San Fernando,
amaneciendo en Pomaire.
Pasando por Rancagua,
por San Rosendo,
por Cauquenes, por Chena,
por Nacimiento:
por Nacimiento, sí,
desde Chiñigüe,
por todas partes viene
Manuel Rodríguez.
(Tonada de Manuel Rodríguez- Letra Pablo Neruda Música Vicente Bianchi)
Proemio
Hay hombres y mujeres a lo largo del devenir de la historia que se sitúan en un límite extremo entre la verdad y el mito. Frente a tal dilema, no podemos hacer más rescate que volver a leer entre líneas los retazos añosos de otros tiempos con los ojos y las necesidades del presente. Esas zonas grises donde las medias verdades y las mentiras se cruzan dan paso a las leyendas urbanas, comúnmente aprovechadas hasta el infinito por la narrativa histórica, para dar paso a paradigmas necesarios que sirven para forjar la identidad e idiosincrasia nacional: así se van armando los países cuando nacen. No importa cuál sea la verdad exacta sobre algunos próceres; acá aplica el dicho de un trovador cubano: ¿Hasta dónde debemos practicar las verdades?
Tal sigue siendo el caso de la figura de Manuel Rodríguez, «El Guerrillero». Si de objetividad se trata, su historia —y las fuentes— navegan más en el campo de la duda que en el de la certeza. Sin embargo, con el tiempo, la enseñanza, la leyenda, la historiografía y la memoria histórica sitúan a este atractivo hombre de la Reconquista como uno de los personajes más relevantes y mejor posicionado entre muchos otros que lo merecen con creces. A menudo nos topamos con su tradición en los nombres de calles, pasajes, avenidas, colegios, series de televisión, afiches, canciones y una larga lista que hace que su memoria se siga perpetuando.
En el artículo de hoy, su legado será dividido en dos: primero habrá una suerte de semblanza para alimentar aún más el mito y, en segundo lugar, recordaremos el primer caso de enfrentamiento abierto contra los españoles durante la Reconquista: «El asalto de Melipilla», que marcó la pauta para el inicio de la rebelión orquestada por el propio Rodríguez en Chile y, en las sombras, por José de San Martín, uno de los generales que más lo quería y respetaba.
Una pequeña semblanza
Como si de un oráculo se tratara, el rostro de Manuel sale en el billete de dos mil pesos: la analogía perfecta para sus dos mil rostros, haciendo alusión a su capacidad para esconderse, actuar, escabullirse, ser el mejor espía, ocultarse en el pueblo que lo amaba como a uno más o cruzar los Andes para llevar noticias al ejército libertador.
Antes de morir en Tiltil efectuó un rito de lo más cotidiano que nos recuerda al hombre normal de carne y hueso que fue: pidió un plato de cazuela de ave, la cual comió en una vieja habitación en la soledad de quien sabe que se inmolará por sus ideas de libertad. Luego lo mataron por la espalda; según cuentan, al morir nace de inmediato el mito. Sobre sus restos mortales: ¿dónde están? Nunca sabremos con certeza exacta el lugar de su descanso, ya que está cubierto por un halo de misterio, aun cuando su larga descendencia pida su exhumación. ¿Convendría saberlo?
Amigo de los Carrera, yunta inseparable con José Miguel aun cuando fue su prisionero un par de veces, al final pesaba la amistad desde los tiempos en que eran compañeros de banco en el Convictorio donde estudiaron juntos; entonces lo perdonaba. No fue de la élite, esto está más que claro: su paso por el exclusivo colegio fue gracias a una beca, por méritos y sus buenos contactos rodeados de un aura de coraje. Llegó a ser diputado y secretario de José Miguel Carrera, evocando la hermandad que se forjó en medio de fusiles de palo cuando jugaban a la guerra. Uno de los fantasmas de Carrera fue justamente perder a Manuel Rodríguez.
Su existencia y su forma de ser alimentaron el mito: se escondía, cruzaba la cordillera, podía cambiar el rostro, el vestuario, impostar la voz y, en definitiva, siempre tendremos una estampa romántica y legendaria de sus muchas acciones. Indisciplinado y tozudo, los Húsares son una muestra de ello, pues al final la mayoría de las veces eran montoneros, como lo fueron en Melipilla. Fue militar a su manera, llegando a ser admirado por el «Che» San Martín, quien lo defendía de O’Higgins. Como buen humanista, se tituló de abogado para ser un hombre de leyes, llevando algunos litigios en la Real Audiencia, institución del bando enemigo: estrategia pura, al fin y al cabo.
Ser clandestino es lo que mejor le calzaba o, al menos, el aspecto que la historicidad más alimentó. Murió a la edad de Cristo, treinta y tres años, la misma cronología en la que también falleció el chileno del billete de mil —Ignacio Carrera Pinto, nieto de José Miguel—. Su hijo Juan Esteban Rodríguez fue fruto de un romance secreto al límite de los prohibido —como su vida— con Francisca de Paula, una aristócrata. Nunca lo vio nacer, ya que lo asesinaron en Tiltil, pero su retoño le dio catorce nietos y aún más, bisnietos, como el presidente -el radical- Juan Esteban Montero Rodríguez. La semilla de este inquilino de las milicias germinó en tierra fértil.
Por cierto, se ganó un lugar en el podio de los grandes en la memoria colectiva y puede descansar tranquilo en Tiltil o en el Cementerio General, ya que, como en su vida, su descanso es también motivo de especulación. Finalmente, Manuel fue un pionero en el montañismo y conocía los pasos más secretos hacia Mendoza, lugar donde informaba y preparaban el cruce de la cordillera. Todo partía en la iglesia de los dominicos —hoy Registro Civil de Las Condes—, donde algunos sacerdotes adictos le tenían listas las cabalgaduras para el trayecto, que incluía el Cajón del Colorado, en esos parajes sus amigos los arrieros le prestaban ayuda para cruzar allende los Andes.
El asalto a Melipilla
Melipilla fue fundada en plena era colonial de los reyes Borbones; por lo tanto, ya era una población reconocida por estar asentada en un lugar estratégico y, como tal, allí se establecieron los peninsulares bajo las añosas instituciones de la burocracia que venían arrastrando el poder desde el siglo XVI. Su primer gobernador fue nada menos que José Antonio Manso de Velasco, quien forjó como objetivo controlar el paso entre Santiago y Valparaíso.
El asalto a Melipilla —o también conocido como el «Asalto al estanco»— es famoso porque fue la primera vez que alguien hizo frente al poderío de Casimiro Marcó del Pont: un déspota a todas luces.
Para comprender mejor el contexto, hay que situar brevemente al lector en dos temas: en qué época transcurría la Reconquista (a partir de 1814) y qué significaba el estanco.
Partamos por la Reconquista. La independencia fue un proceso largo y complejo: no se consolidó en un día único ni su hito es el 18 de septiembre, como muchos creen. Tampoco es solamente viajar al día de la firma del acta de la independencia, que comenzó a ser redactada en Talcahuano para ser ratificada en Talca. La independencia es un proceso de maduración largo donde el convencimiento de la emancipación fue paulatino y muy complejo de socializar. Quizás el mayor fondo ideológico descansa en los ideales de la Revolución Francesa, pasando por el descontento general de los criollos hacia los peninsulares.
Pese a lo anterior, luego de la junta del Tribunal del Consulado, la élite nacional y los ciudadanos más acomodados nunca remaron para el mismo lado; esto dio pie para que los españoles dinamitaran la Patria Vieja ya desde Lircay. El líder que más sufrió en carne propia estos descontentos fue José Miguel Carrera. Luego vendría la Reconquista tras el desastre de Rancagua, donde Manuel Rodríguez cimentó su leyenda. Es en este momento donde se desarrolla este asalto a Melipilla (1817), pues todas las acciones de los patriotas encubiertos y valerosos como Rodríguez van a sumar para la conciencia e identidad que se comenzaría a forjar en Argentina hasta el cruce de los Andes y la revuelta de Chacabuco. Pese a lo anterior si de identidad se trata falta mucho siglo aún para llegar a un punto de equilibrio.
El estanco era un monopolio comercial que recaudaba mucho dinero – vía impuestos – para el erario real; por ende, el asalto no solo fue doloroso para los españoles, sino además estratégico. Los que poseían los derechos del estanco ganaban a manos llenas, pues se trataba de productos altamente rentables —hoy lo siguen siendo con altos aranceles—: nada menos que el alcohol, el tabaco, los naipes y el té. A todas luces, los dueños se beneficiaban gracias al vicio de muchos. Uno de los estanqueros más famosos fue Diego Portales, pero por el momento no hablaremos sobre él.
El asalto de Melipilla estaba circunscrito en la idea de San Martín mediante «La Guerra de Zapa», pero para llevarla a cabo necesitaba hombres únicos: en Chile, Manuel Rodríguez era el mejor. A este punto se preguntarán: ¿qué es esa guerra? Era, en definitiva, una oleada de desinformación, espionaje, sabotaje y confusión política para moverle el piso a los españoles en Chile; en otras palabras, mantenerlos ocupados picando el anzuelo mediante conflictos locales mientras en Mendoza las fuerzas se entrenaban para preparar el asalto mayor. En ese sentido, era una política global más que las solas andanzas del Guerrillero. En esa subordinación a una causa mayor podemos encontrar el sentido ético de Manuel.
El asalto al estanco de Melipilla fue un 4 de enero —otros historiadores dicen que fue un 6—: ¿importa la fecha? Para nada; lo que interesa es el proceso y la acción. No se trataba del típico asalto a un correo español ambulante ni del bandidaje rural; fue el primer acto insurgente contra la institucionalidad española. Pese a esto, hay dos cuerpos bien definidos: por un lado, está Rodríguez y su núcleo de soldaos leales armados con un actuar disciplinado, y por otra parte el resto de la gente que se va sumando en el camino por miles de motivos: las ganas, el botín, la animosidad… estas personas son los montoneros. Estos montoneros el día del asalto no tenían mayor preparación ni armas, pero iban tras la estela del mito al frente del pelotón y lo seguían con lo que tenían a mano: palas, piedras, clavos, azadones, muchas ganas y las picas que les robaron al ejército de Melipilla.
Este asalto fue exitoso y se pudo replicar en San Fernando y luego en Curicó. Como dijimos, fue el primero con Manuel a la cabeza y, a medida que avanzaba, se fueron sumando estos montoneros sin aviso previo; llegaron a ser unos ochenta. Empero, Rodríguez y tres hombres más fueron los líderes insurgentes, si era necesario se bajaban de los caballos cambiando las armas de fuego por la lucha cuerpo a cuerpo, exponer la vida sin titubeos. La motivación para los montoneros y campesinos que se iban agrupando en enero de 1817 no era menor: «era el reparto del estanco», que fue generoso e incluso benefició a algunos habitantes de la villa.
«¡Viva Chile y mueran los godos!», gritó Manuel Rodríguez cuando tomó preso al delegado de los españoles, forzando las puertas del edificio del Estado y la Tesorería General, donde hoy día se pueden sentar a almorzar en el «Gallo Claudio» o pedir una hora al doctor en el edificio de la ACHS: por esos mismísimos lados fue el asalto, en la esquina de Merced con Silva Chávez.
Epílogo
Manuel y sus secuaces principales se retiran de Melipilla en silencio, sin dar aviso, con lo cual separan las acciones como insurgentes, mientras que los montoneros seguían ya libres en la fiesta del reparto del botín; pero, tal como se unieron, se iban a los campos. La captura del dinero del estanco no fue el único objetivo; también lo era la toma de armas, tan escasas para los patriotas de la Reconquista, quienes tenían en contra una ley que prohibía cargarlas bajo pena de cárcel y destierro. No era sencillo ser un montaraz audaz; conllevaba peligros insospechados que nuestro guerrillero burlaba con éxito. Carrera, en su época de jefatura durante la Patria Vieja, exigía un mínimo de armas a sus hombres que se desplazaban a caballo: «Un soldado de caballería ligera, que ha de cuidar, conocer y usar por principios: una tercerola, dos pistolas, sable, montura y caballo».
En el clímax del asalto, Manuel Rodríguez toma preso a Julián Yécora, el representante español de Melipilla, libera el depósito del estanco a merced del pueblo y saca todas las puntas de hierro (moharras) de las astas de los españoles y las lanza al río Maipo para disminuir su capacidad ofensiva. En ningún momento se cometen atrocidades ni represalias, ni con el ejército ni con los españoles residentes: el sentido ético del respeto es irrestricto en este abogado; solamente se lleva a los jefes para dar un golpe a la moral realista y abandonar el lugar de forma rápida.
Las interpretaciones sobre Manuel Rodríguez Erdoíza son variadas e inagotables; su figura sigue siendo inspiradora hoy, a casi exactos 209 años del asalto de Melipilla. Manuel representa un arquetipo necesario como ejemplo para la alicaída clase política. Hoy más que nunca, afinemos el oído cuando en los recovecos de Melipilla el viento suene más fuerte que de costumbre y levantemos la vista, que viene galopando Manuel Rodríguez.
*Álvaro Vogel Vallespir, historiador y profesor, colaborador permanente del elmaipo.cl
El Maipo




