De Colombia a Argentina: cómo El Niño podría intensificar los incendios forestales en 2026 y 2027

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Por Ana Cristina Alvarado

En Latinoamérica, el fenómeno de El Niño causa cambios en los patrones de lluvias y temperaturas. Mientras en algunas regiones esto conlleva inundaciones, en otras se crean escenarios con mayor temperatura y sequía, donde se incrementa el riesgo de incendios forestales. La comunidad científica predice que en 2026 y 2027 podría desarrollarse un “Súper El Niño”, por lo que los impactos serían mayores.

El término «Súper El Niño» no existe en el campo científico, aclara Mario Salgado, oficial de Conocimiento del Riesgo y Cambio Climático de la Oficina de Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastre (UNDRR). “Lo correcto es hablar de un El Niño posiblemente muy intenso. La palabra importa porque buscamos que la gente se prepare, no que se asuste”, enfatiza en diálogo con Mongabay Latam.

Los incendios son la “mayor amenaza” para los bosques y el carbono que almacenan, de acuerdo con un artículo del World Resources Institute (WRI). En áreas donde El Niño provoca condiciones más cálidas y secas, se reduce el umbral de ignición, es decir, es menor la cantidad de energía, calor o temperatura necesaria para que un material se encienda.

Imagen satelital que muestra un cambio en las temperaturas de la superficie marina a la altura de la línea ecuatorial en el océano Pacífico. Foto: cortesía NOAA Satellites

Los especialistas consultados por Mongabay Latam coinciden en que la mayoría de los incendios son iniciados por personas o tienen origen en actividades humanas.

Ana Alencar, directora de ciencias del Instituto de Investigación Ambiental de la Amazonía (IPAM, por sus siglas en portugués), una organización no gubernamental brasileña, explica que esto sucede en un contexto de cambio climático, que ocasiona un aumento en los niveles de calor, incrementando la línea base de las temperaturas y contribuyendo a sequías cada vez más frecuentes e intensas.

Al mismo tiempo, la deforestación fragmenta los bosques, causando una reducción en el reciclaje de la humedad, una de las principales funciones de los bosques, explica la experta. Así se crean paisajes más inflamables. “Entonces, estos tres elementos juntos [El Niño, el cambio climático y la deforestación) hacen que los ecosistemas sean más vulnerables al fuego”, subraya.

Frenar la deforestación es uno de los mayores retos que enfrenta Bolivia. Foto: cortesía Edwin Caballero

Esto genera un bucle de retroalimentación fuego-clima, según el WRI. Es decir, los incendios liberan masivas cantidades de carbono almacenado, lo que acelera el calentamiento global y vuelve a los bosques aún más vulnerables al fuego.

Sudamérica presenta la respuesta más fuerte y consistente ante este fenómeno, de acuerdo con un artículo científico de 2020 que analizó los incendios globales asociados a El Niño en 2015 y 2016. En esos años, el fenómeno provocó un aumento global del 4 % en el área quemada. Sin embargo, en la región el incremento alcanzó el 13 %.

Bajo las condiciones de El Niño, los países más expuestos en la región suelen ser Bolivia, Perú, Brasil, Colombia y Venezuela, además de partes de Centroamérica, principalmente dentro del Corredor Seco, añade Salgado de la UNDRR.

Los incendios en Chile han dejado hasta ahora un saldo de al menos 21 personas fallecidas, 333 heridas y miles de damnificados. }
Los incendios de enero de 2026 en Chile dejaron decenas de personas fallecidas, cientos de personas heridas y miles de damnificados. Foto: cortesía AP/Javier Torres

El WRI advierte que los impactos más severos suelen tener un desfase de un año o, en otras palabras, se prevé que el pico de incendios ocurra en la segunda mitad de 2027, tras el desarrollo del fenómeno en 2026.

El experto de la UNDRR dice que El Niño es uno de los fenómenos que mejor y con más anticipación se pueden prever. “Esto significa que generalmente tenemos buen tiempo para actuar antes, y no solo para responder cuando ocurren los desastres”, agrega.

Colombia enfrenta una deuda legislativa

La pérdida de bosques y la frecuencia de los incendios forestales aumentaron en Colombia. Foto: Jorge Contreras

En Colombia, El Niño genera una temporada seca extendida, de acuerdo con María Meza, subdirectora de la Unidad Nacional para la Gestión de Desastres. Una de las áreas más susceptibles es el llamado “arco de la deforestación” de la Amazonía, conformado por los departamentos de Putumayo, Guaviare y Caquetá.

“Las causas de los incendios no son botellas, cigarrillos o fogatas, están asociados a procesos de transformación de bosque, degradación ambiental y cambios en el uso de suelo”, dice.

Otra zona susceptible es la Orinoquia, donde las sabanas presentan una alta recurrencia de quemas históricas que se prolongan con El Niño. Los bosques secos tropicales y los ecosistemas andinos y de alta montaña también muestran vulnerabilidad. Con base a datos de años anteriores, se estima que las zonas más afectadas serán el Caribe y los Andes. Preocupa la pérdida de vida silvestre y la amenaza a las infraestructuras en las interfaces urbano-forestales.

Más de 40 hectáreas de frailejones quemadas en el páramo de Berlín. Foto: Corporación para la Defensa de la Meseta de Bucaramanga.
Más de 40 hectáreas de frailejones quemadas en el páramo de Berlín en 2024. Foto: cortesía Corporación para la Defensa de la Meseta de Bucaramanga

El contexto se agrava en varias zonas del Caribe y el Pacífico que recientemente sufrieron inundaciones provocadas por frentes fríos, explica Meza. Ocho departamentos fueron golpeados y Córdoba fue uno de los más afectados.

Hubo daños a la infraestructura y deterioro de cultivos, problemas que pueden ahondarse con la llegada del fenómeno climático. Esto podría resultar en la pérdida de cultivos y desabastecimiento de agua potable, causando inseguridad alimentaria en diferentes comunidades.

Además, después de las inundaciones queda más material vegetal seco, que en una estación prolongada de sequía se convierte en material combustible, incrementando el riesgo de incendios.

Incendio en la Serranía de La Lindosa 2023. Foto: Caracol Radio.
Incendio en la Serranía de La Lindosa, en 2023, en Colombia. Foto: cortesía Caracol Radio

En 2024, Colombia enfrentó incendios de gran magnitud fuera de la Orinoquía, de acuerdo con Meza. Para la especialista, quedaron lecciones que han permitido plantear el fortalecimiento de capacidades y de la coordinación técnica y operativa a multiescala, desde la municipal, siguiendo a la escala departamental y por último la nacional.

Finalmente, asegura que Colombia tiene una deuda legislativa. El uso técnico del fuego está restringido a fines agrícolas y mineros. Esto limita su aplicación para reducir de manera controlada la vegetación seca combustible y para generar contrafuegos con el fin de detener grandes incendios.

“El fuego se puede gestionar en los ecosistemas, pero la gente todavía confunde fuego con incendios”, subraya. Por eso se trabajó en un decreto que continúa en trámite.

Bolivia, en vulnerabilidad extrema

Bolivia, Colombia, Perú, Venezuela y Brasil suelen ser los más afectados por El Niño en Sudamérica. También, el Corredor Seco en Centroamérica. Foto: cortesía Ministerio de Planificación y Desarrollo

La llegada de El Niño, más aún si se trata de un evento fuerte, proyecta un escenario alarmante para Bolivia. Los grandes incendios de las últimas décadas han estado directamente relacionados con el fenómeno de El Niño, dice Stasiek Czaplicki, economista ambiental boliviano.

En El Niño de 2024, el país ya sufrió una temporada récord, con más de 12.6 millones de hectáreas afectadas por quemas e incendios forestales, según datos oficiales. Además, más de un millón de hectáreas se perdieron por los incendios, lo que representó un incremento del 114 % respecto a su máximo anterior, de acuerdo con el WRI. La expansión de la frontera agrícola y la sequía han contribuido al aumento de los incendios en las últimas dos décadas.

El Niño llega en un momento en el que el país ya está experimentando déficit de lluvias. Un análisis del ingeniero Luis Fernando Sánchez revela que más del 70 % de municipios recibió menos lluvia de lo normal entre enero y abril de 2026.

Mientras tanto, en las zonas que han recibido lluvias se ha generado material combustible, es decir, ha crecido la vegetación, explica Czaplicki. Estos factores generan las condiciones propicias para que este 2026 haya más incendios que en 2025.

Estudio encuentra incremento de casos de neumonía en la Amazonía boliviana asociados al aumento de deforestación por quema de árboles
Bolivia perdió más de 12 millones de hectáreas de bosque en 2024 producto de los incendios forestales. Foto: cortesía Gobernación de Santa Cruz

Si el impacto de El Niño es severo, en los próximos meses aumentará el déficit de lluvia, generando un efecto acumulativo que crearía el escenario para que 2027 sea un año “extremadamente propicio a incendios”, de acuerdo con el experto. Preocupa especialmente el periodo seco, de junio a noviembre.

Esto sucede, resalta, en un contexto de crisis económica y social y con un gobierno que “no se enfoca” en los temas ambientales. El Plan de Prevención de Incendios, que se publicó hace unas semanas, no cuenta con presupuesto ni estrategia, asegura.

En Bolivia, el 80 % de la deforestación ocurre en sitios que no han sido afectados por incendios en los últimos cinco años, sin embargo, Czaplicki asegura que los gobiernos han propagado la idea contraria. El objetivo sería criminalizar a los productores que usan fuego en lugar de repensar el modelo de la deforestación realizada por las industrias ganaderas o sojeras.

No hay capacidad de lucha contra los incendios”, afirma Czaplicki. “Las lluvias post periodo seco es lo único que apaga incendios”, concluye.

En Brasil hay un cambio de paradigma

Incendios ardiendo en la Amazonía el 17 de agosto de 2020, junto a los límites del Territorio Indígena Kaxarari, en Labrea, estado de Amazonas. Los bosques talados se encienden intencionalmente para despejar tierras para la cría de ganado. Imagen de Christian Braga / Greenpeace.
Incendios en la Amazonía brasileña en 2o20. Foto: cortesía Christian Braga/Greenpeace

“El Niño es uno de los principales moduladores climáticos y está asociado con temporadas de incendios bastante severas en Brasil”, señala Alencar, la científica del IPAM. Durante los años de El Niño, gran parte del país experimenta temperaturas más altas y menor precipitación, especialmente la Amazonía, añade. El Pantanal y el Cerrado también sufren impactos significativos.

El cambio climático y la deforestación se suman a la fórmula y vuelven más vulnerables a bosques que han sido históricamente húmedos. Una vez quemados son más propensos a incendios recurrentes, generando un ciclo de degradación y de disminución de resiliencia.

Vista aérea de la deforestación en el Bosque Nacional Jamanxim, en Pará, Brasil. Foto: cortesía PARALAXIS/Shutterstock.com

Alencar enfatiza que el fenómeno de El Niño no origina los incendios, sino que crea las condiciones que permiten que se propaguen. Los focos suelen iniciarse por causas humanas, como deforestación o quemas de pastizales ganaderos que se salen de control, y se propagan más fácilmente hacia la vegetación nativa cuando está seca.

Tras los incendios simultáneos en múltiples biomas en 2024, Brasil aprobó su Política Nacional de Manejo Integrado del Fuego. “La Ley reconoció que reducir el riesgo requiere más que el combate de incendios”, subraya.

Incendios en la Amazonía. Novo Progresso, Para, Brasil. Incendio en Jamanxim APA. Foto: Victor Moriyama / Greenpeace.
Incendio en Novo Progresso, Para, Brasil. Foto: cortesía Víctor Moriyama/Greenpeace

El instrumento incorpora prevención, participación comunitaria y reconocimiento de las quemas culturales. También se ampliaron los recursos para brigadas a través del Fondo Amazonía. Sin embargo, Alencar indica que persisten limitaciones de capacidad operativa y coordinación interinstitucional.

La especialista advierte que, de confirmarse un El Niño de moderado a fuerte, Brasil podría enfrentar otra temporada de incendios desafiante en 2026-2027, por lo que insiste en priorizar la prevención por encima de la respuesta reactiva. Esto incluye reforzar sistemas de alerta temprana, monitoreo y brigadas locales.

Necesitamos continuar con el esfuerzo de reducir la deforestación porque es uno de los principales factores que incrementan el riesgo de ignición”, asegura.

Chile está condicionada por una “megasequía”

Chile enfrenta uno de sus peores incendios en años: 19 fallecidos, miles de evacuados y megafuegos aún activos
Por los incendios forestales, Chile enfrentó una de las emergencias ambientales más graves de los últimos años a inicios de 2026. Foto: cortesía AP/Javier Torres

El contexto chileno está condicionado por una megasequía que se ha extendido por más de una década, explica Mauro González, profesor titular de la Universidad Austral de Chile. A esto se suma que se ha registrado un incremento en las olas de calor veraniegas que favorecen su ocurrencia y propagación.

Más del 90 % de los incendios son de origen humano, ya sea de manera accidental o intencional, señala el especialista. Los incendios intencionales representan más del 35 %, mientras que los causados por rayos no superan el 1 %, aunque han aumentado en los últimos años.

Las interfaces urbano-forestales son las zonas que más preocupan, debido a la cercanía de las viviendas a la vegetación, lo que aumenta el riesgo de tragedias humanas.

Mientras tanto, en la zona central, el aumento de precipitaciones en invierno y primavera, asociado a El Niño, fomenta un crecimiento de pastos y arbustos, material que en verano se deseca con rapidez, convirtiéndose en un combustible altamente inflamable. En la zona sur, El Niño puede generar veranos más secos y calurosos que, junto a tormentas eléctricas y vientos Puelche, propician incendios de gran magnitud.

Chile enfrenta una de las emergencias ambientales más graves de los últimos años a causa de los incendios forestales. Foto: AP Foto / Javier Torres
Bomberos chilenos luchan contra los incendios que afectaron a zonas urbanas a inicios de 2026. Foto: cortesía AP/Javier Torres

El investigador señala que la mayor frecuencia y severidad de los incendios recientes ha disminuido la capacidad de recuperación natural del bosque nativo. Esto ha sido agravado por la tala de árboles quemados, el ingreso de ganado a zonas recién quemadas y la invasión de especies exóticas como el pino, lo que genera un ciclo que favorece nuevos incendios y la degradación del ecosistema.

“En vista de las catástrofes ocurridas desde 2017, claramente no estamos suficientemente preparados para la ocurrencia y consecuencias de eventos climáticos extremos”, dice González.

Señala que se requieren medidas urgentes de ordenamiento territorial, como la creación de franjas de terreno sin vegetación que sirvan como cortafuegos y zonas alrededor de viviendas o infraestructura donde se disminuya la vegetación seca y otros materiales inflamables. También recomienda continuar fortaleciendo la coordinación entre el Gobierno, propietarios forestales y comunidades locales para evitar o reducir el impacto material y en vidas humanas observados en los últimos años en Chile.

En la Patagonia argentina, el fuego llegó para quedarse

Incendios en Chile y Argentina: el cambio climático alimentó los incendios forestales en la Patagonia | ESTUDIO
Brigadistas caminan por una carretera mientras un incendio forestal arde en El Hoyo, Patagonia, Argentina, el jueves 8 de enero de 2026. Foto: AP/Maxi Jonas

En el noroeste de la Patagonia argentina, El Niño tiene una influencia “marginal” sobre el riesgo de incendios en comparación con la Oscilación Antártica, de acuerdo con Juan Paritsis, docente en la Universidad Nacional del Comahue. Sin embargo, la interacción de este fenómeno con el cambio climático, que mantiene al sistema en un estado de mayor temperatura y menor precipitación, predispone a los combustibles vegetales a incendios de mayor magnitud.

Paritsis detalla que El Niño tiende a generar inviernos y primaveras más lluviosos en la región, favoreciendo el desarrollo de la vegetación en zonas de estepa y ecotono donde la precipitación es típicamente escasa. Al llegar el verano, este material se deseca rápidamente, convirtiéndose en un combustible altamente inflamable.

Los incendios registrados en la Patagonia este año han sido los peores en seis décadas. Foto: Cortesía Mariano Sylvester.
Los incendios registrados en la Patagonia este año han sido los peores en seis décadas. Foto: cortesía Mariano Sylvester

Sobre la preparación, el también investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) destaca que se busca que el enfoque ya no sea reactivo, sino preventivo. Los gestores del manejo del fuego están implementando tecnología de detección con cámaras digitales e inteligencia artificial para identificar columnas de humo en tiempo real y mejorar el ataque temprano de focos.

La efectividad de las estrategias de prevención para incendios de fase urbano-natural, advierte Paritsis, depende de la planificación territorial y la educación de los habitantes para manejar los combustibles en la proximidad de los hogares. Pese a estos esfuerzos, modelos climáticos para los que colaboró proyectan que la frecuencia y severidad de los fuegos en la Patagonia podrían duplicarse o incluso sextuplicarse. “El fuego llegó para quedarse y eso exige una preparación extra, un cambio de mentalidad”, concluye.

*Imagen principal: en Colombia, los Andes y el Caribe pueden ser las zonas más afectadas este 2026 y 2027. Foto: cortesía UNGRD. 

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