La confirmación de la muerte del dibujante Alejandro Montenegro, más conocido como Rufino, volvió a poner en relieve el papel que tuvo el humor gráfico durante los años de la dictadura militar en Chile. Su trabajo, desarrollado principalmente en la revista Hoy, convirtió la caricatura en una herramienta de crítica política en una época marcada por la censura, la persecución y el miedo.
La noticia fue dada a conocer por el periodista e investigador Jorge Montealegre, quien destacó el impacto que tuvieron las ilustraciones de Rufino en la sociedad chilena de los años ochenta.
“El humor de Rufino contribuyó a que la ciudadanía le perdiera el miedo a la dictadura”, señaló Montealegre al referirse a una obra que trascendió el ámbito artístico para convertirse en un acto de resistencia cultural.
Durante los años más complejos del régimen encabezado por Augusto Pinochet, las caricaturas publicadas en medios opositores lograron abrir espacios de crítica donde muchas veces el lenguaje directo era imposible. En ese contexto, Rufino destacó por representar de manera satírica a los agentes de seguridad del Estado, particularmente a los integrantes de la Central Nacional de Informaciones (CNI), quienes aparecían recurrentemente en sus viñetas con oscuros lentes negros, una imagen que terminaría convirtiéndose en un símbolo reconocible de la época.

Más que simples dibujos humorísticos, sus trabajos reflejaban la tensión política y social que vivía el país. A través de la ironía y la sátira, exponía contradicciones del régimen y situaciones cotidianas que muchos chilenos experimentaban bajo un clima de vigilancia y represión.
Su trayectoria estuvo ligada a importantes medios de comunicación nacionales. Además de la revista Hoy, colaboró en publicaciones como Ercilla y La Castaña, así como en diarios de circulación nacional. También desarrolló proyectos editoriales propios y participó en espacios televisivos vinculados al humor.
A lo largo de su carrera recibió diversos reconocimientos, entre ellos el premio Pedro Joaquín Chamorro otorgado por la Sociedad Interamericana de Prensa en 1986. Su obra también fue exhibida fuera de Chile, consolidando una trayectoria que combinó creatividad, crítica social y compromiso con la libertad de expresión.

Para investigadores del humor político chileno, el legado de Rufino radica en haber demostrado que la caricatura puede cumplir un rol mucho más profundo que el entretenimiento. En tiempos donde la crítica abierta implicaba riesgos, el dibujo humorístico se transformó en una forma de cuestionar al poder y de preservar espacios de libertad.
La partida de Rufino reabre además una reflexión sobre el reconocimiento que reciben quienes contribuyeron, desde la cultura y las comunicaciones, a mantener vivas las voces críticas durante la dictadura. Su obra permanece como testimonio de una época en que reírse del poder también era una forma de enfrentarlo.
El Maipo




