Una académica y madre de familia turca descubre una nueva vida entre abejas.
En las tranquilas y verdes afueras de Düzce (Turquía), donde el aire huele a castaños y resuena el zumbido de las abejas, Nurcan Tekneci se ajusta el velo de apicultora y levanta la tapa de la primera colmena. Las abejas se elevan en una suave oleada —atareadas, organizadas, incansables— y ella sonríe.
Es difícil imaginar que hace solo unos años, esta apicultora —ahora formadora, empresaria y fuente de inspiración para su comunidad— llevaba una vida muy diferente.
Nurcan, de 36 años, creció en Izmir, estudió Lengua y literatura latinas en Estambul, obtuvo un máster y se labró una brillante carrera en el mundo de la empresa. Ejercía funciones directivas, ganaba un buen sueldo y seguía el ritmo bien conocido de la vida urbana: largas jornadas, viajes en transportes públicos abarrotados y prisas constantes. “Así pasaron casi 10 años”, recuerda. “Ni siquiera me daba cuenta del poco tiempo que pasaba con mi hijo”.
Hizo falta una pandemia mundial y 45 días ininterrumpidos en casa para que algo en su interior cambiara. Su hijo tenía entonces dos años. “En aquellos días, estreché con él lazos como nunca antes había tenido oportunidad de hacerlo”, explica. “Me di cuenta de que podíamos vivir con menos. Que el consumismo, el caos y el estrés no eran la única alternativa”.
Una mañana, durante el desayuno, su marido, Lokman, repitió algo que había dicho a menudo pero que ella nunca se había planteado seriamente: “Vayámonos a vivir a la aldea”. Esta vez, ella dijo que sí.
Un nuevo comienzo
Dejar la ciudad fue una decisión radical, y no todos la aprobaron al principio. “Mi padre fue el primero en oponerse”, dice riendo. “A sus ojos, yo tenía dos títulos universitarios, un buen empleo y un sueldo elevado. ¿La apicultura? Pensó que me había vuelto loca”.
Sus amigos también se burlaban de ella: “¿Vas a ir a ver cómo vuelan las moscas?” Nurcan siempre respondía lo mismo: “Moscas no. Abejas”.
Pero la transición a la vida rural no fue solo un cambio de aires. Era un cambio de rumbo. Para Nurcan, la decisión de trabajar con abejas se convirtió en algo profundamente personal. Cuando, algún tiempo después, su padre falleció de cáncer de pulmón, su decisión se hizo más urgente. Quería construir una vida centrada en el aire limpio, la producción natural, la inocuidad de los alimentos y una vida saludable, valores que podría transmitir a su hijo.
“Tenía un objetivo”, dice. “Cerré los oídos a todo lo demás”.


La apicultura no es una actividad sencilla, pero Nurcan se lanzó a aprender. Estudió métodos científicos, fue aprendiz de apicultores experimentados y siguió cursos de formación profesional. Ella y su marido trabajaban codo con codo. Su hijo pequeño, que ahora tiene ocho años, al principio no estaba interesado, pero poco a poco empezó a participar también en el negocio familiar. Incluso le regalaron su propia colmena.
“Queríamos que creciera vinculado a la naturaleza”, señala Nurcan. “Eso me hace muy feliz, porque un día querrá ir a la universidad, y tener un ‘brazalete de oro’ extra —como decimos en turco, para indicar una habilidad valiosa— es algo maravilloso”.
Cuando termina la jornada laboral, la familia se queda en el colmenar. Traen té, aperitivos y sillas de camping. “A menudo nos quedamos aquí hasta bien entrada la noche”, dice. “Se está tranquilo. Es donde nos sentimos más felices”.
A medida que la experiencia de la familia crecía, también lo hacían sus ambiciones. Nurcan creó su propia marca y la expandió más allá de la miel. Las velas de cera de abeja se convirtieron en un punto de inflexión. “Aprendí que la cera de abeja libera iones negativos que ayudan a limpiar el aire”, explica. “Debido a la enfermedad de mi padre, esto cobró mucho sentido para mí”.
Temporada tras temporada, se diversificó: cera de abejas, luego jalea real y después propóleo. Cada nuevo proyecto estaba basado en investigación científica y era supervisado por expertos.
Una senda hacia el crecimiento
En 2025, Nurcan se apuntó a una serie de cursos de apicultura apoyados por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y destinados a reforzar la producción local, la sostenibilidad y los medios de vida rurales. Incluso después de años sobre el terreno, afirma que los cursos transformaron su enfoque.
“Estas sesiones de capacitación me ayudaron a entender los errores que estaba cometiendo”, explica. “Con un trabajo más detallado y meticuloso, puedo aumentar mi capacidad y elaborar productos de mayor calidad y más sostenibles. La FAO me dio una hoja de ruta”.
Las sesiones abarcaban la gestión de las colmenas, los cuidados estacionales, la lucha contra las enfermedades, la diversificación de los productos y las prácticas sostenibles: instrumentos que Nurcan puso en práctica de inmediato. Y lo que es más importante, la pusieron en contacto con una red de otros apicultores.

En una cálida tarde de verano, otro visitante llegó al colmenar de Nurcan: Dilara Koçak, una de las expertas en nutrición más destacadas de Türkiye. Como colaboradora de la FAO, Dilara lleva años concienciando sobre los sistemas agroalimentarios, la sostenibilidad y la vida sana.
Pero aquí, en Düzce, encontró algo que la sorprendió incluso a ella.
“Estamos en la granja de criaturas milagrosas que proporcionan nutrición”, asegura Dilara, rodeada de miles de abejas que emiten un suave zumbido. “Las abejas son esenciales para la sostenibilidad de los sistemas agroalimentarios, para la polinización, para la biodiversidad”.
Durante su visita, las dos mujeres se remangaron y fabricaron juntas velas de cera de abeja, lo que permitió a Dilara experimentar el arte que Nurcan domina. Las velas –símbolos de luz y naturaleza— eran una metáfora adecuada de su misión común de promoción de la sostenibilidad y del empoderamiento de la mujer.
“Aquí hay una mujer líder”, afirma, “que inspira a las mujeres, inspira a los jóvenes y hace todo lo que puede por la continuidad de la vida de las abejas. Ser testigo de esto es algo muy especial”.
Una granja, un festival, una comunidad
En la actualidad, Nurcan gestiona unas 70 colmenas y solo este año ha cosechado 200 kilos de miel. Pero sus sueños son mayores.
“Quiero crear una granja apícola”, subraya. “Un lugar donde niños, mujeres, jóvenes —incluso oficinistas hartos de la vida en la ciudad— puedan venir, aprender sobre las abejas y producir su propia miel”.
Prevé talleres, cursos de formación y un festival de recolección de miel en el que las familias se lleven a casa la miel producida ante sus ojos.
“Mi objetivo es mejorar la alfabetización alimentaria”, dice. “Quiero que la gente sepa exactamente lo que come”.
Nurcan concluye que no abandonó su vida profesional: la transformó. Las habilidades que perfeccionó en las oficinas de empresas ahora dan forma a su negocio: organización, control de calidad, comunicación.
Y a través de la capacitación apoyada por la FAO, continúa reforzando sus conocimientos apícolas y ampliando su visión. Entre las colmenas de Düzce, rodeada de su familia y del zumbido constante de las abejas, Nurcan ha encontrado un sentido a su vida y un hogar.
Este artículo forma parte de una serie dedicada a las agricultoras de todo el mundo, desde productoras, pescadoras y pastoras hasta comerciantes, científicas agrícolas y empresarias rurales. El Año Internacional de la Agricultora (2026) reconoce su contribución esencial a la seguridad alimentaria, la prosperidad económica y la mejora de la nutrición y los medios de subsistencia, a pesar de la mayor carga de trabajo, las condiciones laborales precarias y el acceso desigual a los recursos. Con él se exhorta a la acción colectiva y a la inversión para empoderar a las mujeres, en toda su diversidad, y construir un sistema agroalimentario más justo, más inclusivo y sostenible para todos.
El Maipo



