Por Adrian Villellas
Durante décadas se ha hablado de las Galápagos como un museo de la evolución. Hoy empiezan a funcionar más bien como un taller de reparación de la naturaleza. Más de 1.500 tortugas gigantes reintroducidas en islas como Española, Pinzón o Santa Fe están derribando matorrales, abriendo claros, dispersando semillas y reactivando procesos ecológicos que llevaban alrededor de siglo y medio casi apagados.
La idea, sobre el papel, suena sencilla. Se devuelve al paisaje al gran herbívoro que lo moldeó durante miles de años y se deja que haga su trabajo. En la práctica detrás hay décadas de cría en cautividad, erradicación de cabras y ratas, planes de manejo y mucha ciencia de botas llenas de polvo.
¿Y qué significa todo esto para alguien que solo ha oído hablar de Darwin y de unas tortugas muy viejas en mitad del Pacífico? Que una solución basada en animales está devolviendo funciones al ecosistema que ni la mejor obra de ingeniería sería capaz de copiar con la misma eficiencia.
De icono turístico a pieza que faltaba en el puzle
Las tortugas gigantes sufrieron un desplome brutal con la llegada de balleneros, colonos y especies invasoras. En la isla Española, la población pasó de varios miles de ejemplares a solo catorce o quince individuos en los años sesenta. Esos últimos supervivientes se llevaron a un centro de cría y se convirtieron en los padres de toda la población actual.
Según datos de Galápagos Conservancy , en unos sesenta años se han criado en cautividad y liberado más de nueve mil tortugas en el archipiélago. Aun así, las poblaciones actuales representan en torno a una décima parte de las históricas y ocupan algo más de un tercio del hábitat disponible.
Solo con tres islas se entiende de dónde sale la cifra de más de 1.500 reintroducciones recientes. En Pinzón se han repatriado más de mil juveniles. Santa Fe, donde la especie original desapareció hace más de 150 años, alberga ya 732 tortugas introducidas como análogo ecológico. A eso se suman las liberaciones continuas de juveniles en Española, como las 86 tortugas soltadas en 2023 en una nueva zona de la isla.
Lo que hacen las tortugas sobre el terreno
Un estudio reciente publicado en la revista científica Conservation Letters ha seguido durante ocho años parcelas valladas y abiertas en Española y ha comparado fotos aéreas tomadas a lo largo de quince años. La conclusión es clara. Donde las tortugas entran, la cobertura de arbustos jóvenes baja, la vegetación se abre y aumentan las zonas de hierbas, un paisaje más parecido a una sabana que a un matorral cerrado. El trabajo apunta además a una densidad clave de entre una y dos tortugas por hectárea para frenar el avance de plantas leñosas.
Ese cambio no es solo estético. Al despejar matorrales, las tortugas facilitan que vuelvan a crecer los grandes cactus de Opuntia, fundamentales como alimento y sombra para muchas especies. Además crean pistas de aterrizaje naturales para el albatros de Galápagos, un ave que solo cría en Española y que necesita espacios abiertos para despegar sin chocarse con las ramas.
El Maipo/Ecoticias



