Una red de 310 predios demostrativos se ha consolidado en el país como motor de cambio hacia una producción de alimentos más saludable y adaptada al cambio climático. Se trata de los llamados faros agroecológicos, impulsados desde 2023 por el Instituto de Desarrollo Agropecuario (INDAP), con el objetivo de promover prácticas sustentables en la Agricultura Familiar Campesina e Indígena.
Uno de estos espacios pioneros es el predio Newen Folle, en la comuna de Vilcún, Región de La Araucanía. Allí, la ingeniera agrícola Georgina Toro decidió dar un giro a su trayectoria laboral —tras años vinculada a la agroindustria— para dedicarse a cultivar hortalizas, granos y berries sin agroquímicos, aplicando técnicas que regeneran el suelo y protegen el entorno. En 2024 abrió su campo a visitas de otros productores, transformándolo en un punto de encuentro para el intercambio de saberes.
Una red que crece desde los territorios
La estrategia de INDAP ha sido identificar experiencias exitosas y convertirlas en espacios de aprendizaje colectivo. A través de programas como Transición a la Agricultura Sostenible (TAS), Prodesal, PDTI y SAT, se han articulado instancias de capacitación y Escuelas de Campo que fomentan el uso de bioinsumos, compostaje y lombricultura, entre otras prácticas.
Actualmente, La Araucanía lidera con cerca de 100 faros, seguida por Los Lagos con 70. También destacan Valparaíso, Coquimbo y Tarapacá, reflejando una expansión que abarca distintas realidades productivas y climáticas del país.
Según explican desde la coordinación nacional de Agroecología de INDAP, la iniciativa busca visibilizar soluciones locales frente a desafíos como la degradación de suelos, la escasez hídrica y la necesidad de producir alimentos libres de contaminación. La clave está en el aprendizaje entre pares y en demostrar que es posible aumentar la productividad reduciendo costos y riesgos ambientales.
Regenerar la tierra y fortalecer comunidades
En Padre Las Casas, José Trangol ha visto cómo su predio familiar, que en los años 70 era un terreno erosionado, recuperó fertilidad tras abandonar los insumos químicos. Hoy combina bosque, frutillas y hortalizas en un sistema que, asegura, no solo es rentable, sino que ha permitido el regreso de fauna nativa.
Una experiencia similar vive Karla Llancacura en Teodoro Schmidt, quien hace tres años dejó la agricultura convencional para adoptar un enfoque agroecológico. Destaca que reutilizar residuos orgánicos y aprovechar los ciclos naturales ha reducido considerablemente sus gastos en insumos externos, además de mejorar la calidad de sus productos.
Más que producción: soberanía alimentaria
Desde INDAP subrayan que estos faros no solo promueven técnicas agrícolas, sino también una mirada territorial que integra cultura, identidad y gestión del riesgo climático. Muchos de los predios están vinculados a comunidades indígenas y a mujeres rurales, actores clave en la promoción de la soberanía y seguridad alimentaria.
El primer ciclo del programa TAS (2023-2025) incorporó 61 predios demostrativos adicionales, permitiendo que cada región cuente con referentes concretos en transición agroecológica.
Así, los 310 faros que hoy iluminan el campo chileno representan mucho más que unidades productivas: son espacios vivos donde se combinan conocimiento ancestral, innovación y compromiso ambiental para avanzar hacia sistemas alimentarios más resilientes y saludables.
El Maipo




